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Opinión

Así hablaba Zarathustra

Por Alejandro Fidias Fabri

Los argentinos somos una cuerda tendida sobre el abismo entre el mito de un pasado dorado y el mito de un futuro dorado. Estamos en una constante y tensa situación de sobrevivir o caer. Y este es mi balance del año, el sentirme absolutamente parado en el presente, sin el espacio emocional para nostalgias del pasado o para representaciones idealizadas del futuro. Y no hay aquí un juicio de valor. Para que esta cuerda tendida no se corte y caiga al vacío es necesario que conformemos una cadena de personas tomadas de la mano, una comunidad. 

Ahora bien, no hay comunidad posible cuando cerca del 30 % de la población se encuentra bajo la línea de pobreza. Y el presente de este año, además de la pobreza, nos ha dado experiencias muy fuertes que nos ponen en carne viva. Como sociedad estamos viviendo un proceso de transformación ética muy fuerte. Primeramente, vivimos en un contexto inflacionario inmanejable y con daños colaterales. Tiene en nosotros una suerte de efecto de gota china que horada la piedra. Cada mes tenemos que hacer más malabares y sacrificios para pagar los servicios básicos, los impuestos, la vitualla. Tenemos que ir al supermercado con una lupa para no dejarnos embaucar por la letra chica de las ofertas. Y cuando vamos a tomar un transporte público es menester calcular si usamos la SUBE o vamos caminando. Y así se siguen naturalizando aspectos que cada vez nos alejan más del fin planteado por Aristóteles para una comunidad política: el vivir según el bien.

Otro concepto aristotélico que nos ha atravesado este año ha sido un estado permanente de catarsis. Y visto que nuestro sistema de Justicia es naturalizadamente paupérrimo, se lo ha suplantado por un rudimentario y arcaico linchamiento mediático de algunos chivos expiatorios. La fallida Ley de despenalización del aborto, los cuadernos Gloria de la ruta de la corrupción, afamadas y respetadas empresas argentinas con accionares delictivos, la conferencia de prensa del colectivo de Actrices Argentinas para denunciar el caso de violación de la actriz Thelma Fardín, la visibilización de los femicidios, las manipulaciones políticas a través de las redes sociales, la relativización de los acontecimientos mediados por las fake news, los llantos presidenciales de impotencia.  Y ninguno es un tema menor. Podremos discutir las formas, pero no el contenido. En las formas, vivimos sumergidos en linchamientos mediáticos donde la muchedumbre y los medios vienen a ocupar el lugar que la Justicia deja vacío. En lo referente al contenido, el planteo es serio: hay empresas relacionadas con beneméritas instituciones educacionales y culturales que no son ni más ni menos que huevos de serpiente; hay una necesidad de la mujer de ejercitar un igualitarismo fáctico y real, de apoderarse de su propio cuerpo y de sus propios deseos; hay un replanteo del lugar del hombre, el temor frente a la disolución del patriarcado naturalizado; hay un temor a los límites, a que haya un feminismo que más allá de construir una nueva subjetivación femenina, venga a ocupar el lugar que tiene hoy el patriarcado. 

Y no pueden faltar ciertas acciones que han interpelado a ciudadanos devaluados, a un mundo que tiende a la división en pocos ricos y muchos pobres, pocos poderosos y muchos impotentes: hemos tenido a una ministra de seguridad que nos invitó a retirarnos de nuestras viviendas en la CABA para dejar lugar al disfrute de los poderosos representantes del G20; hemos tenido a los dueños del dinero y del poder de Nordelta que se interponen al derecho al transporte público de los empleados porque ven amenazadas sus situaciones de confort. Y todas estas experiencias son una sinécdoque del modelo de sociedad que impera hoy en día. Es la naturalización de la desigualdad y de la injusticia.

Y para cerrar sin dejar de lado el terreno personal, este año tuve una experiencia muy linda, gratificante y formativa: por cuestiones laborales trabajé con personas ciegas. La enseñanza que me deja es que a un colectivo que consideraba un otro ahora lo incorporé como un igual. Y seguramente todavía no he sabido procesar la implicancia de tamaña experiencia, la implicancia de poder ver mis propias discapacidades. Y compartirlas.

Y es así que pienso que el componente que resuelve las imperfecciones humanas es siempre el paso del tiempo, y las experiencias que se dan en ese lapso. El paso del tiempo es la puesta en valor de que cada generación tendrá la capacidad de preservar a la especie humana y de comprender que para ello es necesario que actuemos comunitariamente. Y de que el fin final de la vida humana es ese y no otro: la preservación en comunidad. Y no es necesario que exista un grandilocuente para qué.

Así hablaba Zarathustra.


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