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Opinión

Chicas poderosas, o porqué todo lo que brilla no es oro…

Por Laura Gaidulewicz

El crecimiento económico acelerado a partir de la industrialización, la globalización y las nuevas tecnologías nos permitió a algunos de nosotros a acceder a una vida de mayor confort. Pero ese confort se fue desdibujando en nuestra cultura actual en una forma de felicidad, de plena realización, en la que “tener” ganó paso al “ser”. “Si lo que tengo es lo que soy, entonces más pleno tengo que sentirme con todo lo que logré tener”, pensamos. Pero rápidamente vemos que esa forma de felicidad es un barril sin fondo, al que tendemos a seguir llenando compulsivamente, para ver si logramos ese estado de bienestar, de plenitud que buscamos. Las mujeres hemos sumado a los mandatos tradicionales el ser las principales decisoras de compra del planeta, tras la quimera de lograr tener aquello que nos permita ser lo que soñamos. Camino falaz que sólo genera nuevas imposturas que son armadura y corset de las chicas poderosas de hoy. Pero también podemos asumir un rol crucial: ser motor de sociedades más viables, más vivibles y más justas.

“Ser” versus “Tener”, esa es la cuestión
 
A nivel mundial, el impacto del crecimiento económico post globalización ha sido una sociedad cada vez más desigual. Según El Informe de Desarrollo Humano “Consumo para el desarrollo humano” del año 1998,  20% de los países de mayores ingresos representaban el 86% del consumo privado total, mientras que el 20% mas pobre representaba apenas el 1,3%. Este frenesí por consumir, por “tener para ser”, que signa nuestra cultura en todos los estratos sociales especialmente en los últimos 30 años, de la mano de la creciente urbanización, implica por un lado, ejercer una presión cada vez mayor sobre el medio ambiente, y por la otra, contar al 2014 con 2.200 millones de personas viviendo en situación de pobreza. 

A nivel individual, el resultado fue el aumento de la ansiedad, del estrés, del vacío existencial que queda tapado en la vorágine de una sociedad que nos exige ir siempre por más. El problema es que la plenitud, la búsqueda permanente de estar satisfechos con nosotros mismos, no está atado a las cosas. Implica recorrer el camino del ser, no del tener. Conlleva a estar dispuestos a sumergirnos en la aventura de saber quién somos; un paseo que nos lleva a explorar los más intrincados laberintos en una búsqueda que jamás se agota, o al menos, mientras estemos vivos. 

Hoy en día aparece una nueva conciencia bajo el paraguas verde de la sustentabilidad, que nos recuerda que el tener no alcanza, y que la locura por acumular tiene un precio: un planeta dañado, el creciente número de personas en situación de pobreza, la violencia extrema. 

Sin embargo, bajo el lema de una vida más sustentable que promueve un estilo de vida más relajado y la búsqueda de un bienestar no basado en los bienes materiales, muchas veces se termina “comercializando” esa búsqueda de quienes somos, llevándonos a adquirir libros, cursos, gurús, que nos prometen una espiritualidad tan fácil de consumir como una cartera o un helado. 

El camino de la búsqueda interior, del aprendizaje sobre uno mismo, no es sencillo, ni rápido, ni muchas veces placentero. Transformarnos siempre implica una cuota de dolor, que debemos tolerar, que debemos transitar para poder crecer como personas. 

Ojalá que el despertar de la conciencia de muchos que creemos que es posible construir sociedades más tolerantes, más inclusivas, más equitativas y justas, nos lleve a preguntarnos verdaderamente sobre el sentido de nuestras vidas; a pintar de rojo ese umbral que, al traspasarlo, las posesiones materiales se vuelven cada vez más incapaces de llenar ese vacío interior que sentimos por no habernos realizado plenamente en nuestro más profundo ser. 

Todos hemos sido, y somos, víctimas de un entorno que nos promete vendernos aquello que nos falta para ser más felices, más “cool”, más jóvenes, y en definitiva, más queridos o admirados (porque también los lazos de afecto se truecan por un séquito que asiente y aplaude lo que hacemos o lo que tenemos, poco preocupados por conocernos en profundidad; Twitter y Facebook han ayudado mucho en ello). 

El granito de arena de las mujeres a la confusión general

Las mujeres hemos sido especialmente arrastradas en esta economía que nos colocó, sobre todo desde los ochenta, como consumidora dilecta, orientando las empresas todos sus esfuerzos en convencernos que podíamos salir al mundo y comprar una vida de éxito, igual que los hombres. 

¿Dolor premenstrual? Te lo calmamos en cinco minutos para que nadie lo note y puedas seguir activa como siempre. ¿Poco busto? Corpiño milagroso, cremas mágicas o implantes de todos los tamaños. ¿Arrugas? Un arsenal de cremas y tratamientos se abre en infinitas posibilidades que hacen que conservar las patas de gallo sea una herejía o una negligencia. ¿Pocas ganas de cocinar? Comida lista en el freezer, viandas llevadas a tu casa, o alguna tortilla práctica para rellenar en cinco minutos. ¿Hijos? Siempre contentos, con pañales secos, ropa lavada fácilmente y con perfumito, ungüentos para cuando se caen, repelentes para posibles mosquitos que los ronden, y una lista interminable de soluciones que los acompañan hasta la que ya son grandecitos, vienen con sus novios, y hay que comprarles algún electrodoméstico para su vida de solteros. 

En fin, las mujeres no tienen excusas para sentirse infelices o para no darle pelea a la gordura, al paso del tiempo o a cumplir con los mandatos que la sociedad le impone (buena madre, buena amiga, buena esposa, sensual y complaciente siempre). 

En el caso de las mujeres que se incorporaron al mundo de los negocios, adoptaron en general los parámetros del éxito vigentes, donde la acumulación de “cosas” se utiliza para reflejar su poder y su status. Así, la educación se cosifica en un título, los hijos se convierten en un bien, y los logros personales se trastocan en posiciones alcanzadas. 

Las mujeres no supimos, no pudimos o no quisimos hasta el momento cambiar las reglas de juego. Hemos logrado mayor presencia en el mundo empresario, en los foros políticos y en general en el ámbito de lo público, pero lo hemos hecho muchas veces jugando a partir de la lógica imperante, o incluso exacerbándolas, ejerciendo el poder desde imposturas que se atribuyen al género masculino y de un modo netamente fálico, atándose a sus símbolos. Así, el peso de los resultados desdibuja el cuestionamiento de los medios para lograrlo. Y la preocupación por un desarrollo sustentable es, finalmente, un cuestionamiento a la legitimidad de los medios para alcanzar un resultado económico, que en sí mismo puede ser legítimo.

El resultado carece de valor por sí mismo. El logro sólo tiene sentido por cómo se lo obtuvo; sino se convierte en estandarte vaciado de sentido. El desarrollo sustentable trae como desafío un fuerte cuestionamiento a los modos de funcionamiento de las sociedades actuales, donde la desigualdad y la destrucción de los recursos no renovables atraviesa desde las sociedades económicamente más desarrolladas hasta los países más pobres, más allá de las diferencias políticas, culturales o religiosas. 

Pero… ¿todo está perdido?

Las mujeres hoy en día están dando pasos firmes y sistemáticos a una mayor participación en las mesas de decisión en todos los órdenes, que se monta sobre todo en la creciente presencia en el ámbito empresario y político que alcanzó en los últimos 30 años y en su rol en occidente como principal motor de consumo. Se abre entonces una oportunidad enorme para que estas mujeres sean capaces de cuestionarse a sí mismas, a poner sobre la mesa los estereotipos culturales en los que se afianzan las desigualdades de género, sin abrazar la lógica masculina que atraviesa el poder actual y sus tecnologías. 

El primer paso a la sustentabilidad implica entonces cuestionar el peso del logro, especialmente económico o social, por sobre los medios para lograrlo. Los “precios” pagados y los valores que están por detrás de acciones que llevaron a conseguirlo. 

Aprender a transitar y cuestionar los procesos, conlleva, antes que nada, ser concientes de nuestros puntos de vista, de aquello que tomamos como natural o normal y no lo es. Por tal motivo, si la mujer se compromete con la sustentabilidad e intenta liderar o promover economías bio miméticas, que acompañen los ciclos de la naturaleza, su enorme desafío es ser capaz de cuestionar los mandatos a partir de los cuales construyó su identidad femenina, para que cada una pueda encontrarse en su más profundo deseo como individuo, como persona. 


El cuestionamiento de quién somos, en lo individual y lo colectivo, se entrelaza inexorablemente con la capacidad de cuestionar lo que existe, desnaturalizarlo, reconstruirlo, para permitirnos construir algo nuevo a partir de poner en primer plano valores diferentes a los imperantes, a fin de modificar las relaciones de poder predominantes. Líderes como Ghandi o Mandela lo han hecho. Varias mujeres en el mundo están motorizando cambios y tratando de poner sobre la mesa una nueva agenda. Es tiempo entonces que alguna mujer sea capaz de liderar una verdadera revolución a nivel global en pos de la construcción de formas de convivencia más respetuosas, más viables, más justas.

* Directora de Binden Group.

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