Newsletter Semanal equipo bulat

Opinión

Cobrar por el aire que respiramos

Por Diana Mondino
 
“Imponer el llamado impuesto al viento o al sol realmente indigna”.  “Si se continúa así llegarán a cobrar por el aire que se respira” “Los inversores quieren aprovecharse de nuestros recursos naturales”, etc.   Las frases están entre comillas porque es lo que pareciera que dicen nuestros políticos y medios de comunicación.  Motiva este comentario la posibilidad de los mal llamados impuesto al viento en Chubut o al sol en La Rioja. 

Analicemos el tema:  Se puede poner impuestos a todo lo que sea, provenga o no de la Naturaleza. Se puede poner un impuesto por pez que se pesca o cría, por Kilovatio generado con energía eólica o solar, por tonelada de arena, por hora de uso de algún recurso, por entrar a un parque Nacional, por faenar un novillo, etc.   Asimismo, los impuestos pueden ser sobre los Stocks o los Flujos, es decir por disponer de un activo por el uso que se le da a ese activo.   Al fin y al cabo, los humanos – al menos eso creo- también formamos parte de la Naturaleza y pagamos impuestos a las ganancias o IVA  por nuestro trabajo y por el arroz que comemos. 

El problema no es poner un “impuesto a la Naturaleza” sino que debemos analizar los efectos de poner un impuesto cuando ya está realizada la inversión. Si el poder político de algún lugar quiere poner un impuesto por cada turbina eólica o lo que fuere, debe decirlo antes de que se realice la inversión. Lo mismo para todo otro tipo de impuesto que afecta la capacidad de producción o sus resultados.   Claro que un gobierno puede modificar la carga impositiva, pero hay que recordar que nuestra constitución indica que sólo las legislaturas definen cierto tipo de impuestos en ciertas condiciones.  Ya  existen impuestos a las ganancias y valor agregado a nivel nacional, ingresos brutos a nivel provincial (más una miríada de otros impuestos, sin olvidar a los municipales con ingeniosos nombres). Al ser conocidos previamente, el inversor puede decidir si hace su inversión o no, con qué tecnología, cómo habrá de financiarlo, y por cuánto tiempo estará trabajando en ese emprendimiento.  Ante la posibilidad de un impuesto, la empresa dedicará tiempo y recursos a tratar de disuadir al gobierno.  (Fíjese, querido lector, con qué elegancia me remito a las fuentes de corrupción y lobby). 

Una vez realizada la inversión, o “costo hundido”, las opciones de la empresa se reducen.  Es lo que coloquialmente llamamos cazar en el Zoológico. Como ya hay alguien que invirtió, y con los “nuevos” impuestos será más difícil que entre un competidor, vamos creando un país con pocas empresas que terminan negociando con los políticos de turno.  Siempre habrá algún precio que compense esos impuestos, con lo cual los argentinos terminamos con pocas empresas que cobran caro. ¡Quién sabe, tal vez el que ya invirtió tendrá una gran tentación de subir los precios! 

El impuesto al viento y la arena, sucundún sucundún, nos afecta a todos porque inhibe el crecimiento de Argentina.  

**La autora es economista UCEMA.

Columnista