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Opinión

Cruzando el Mar Rojo para llegar a la Tierra Prometida

Cuando Moisés separó las aguas del mar Rojo para cruzar hacia la Tierra Prometida, todos le aplaudieron y consideraron un milagro. Lograron así escapar de la esclavitud en Egipto.  Pero en el  desierto, y antes de llegar a la Tierra Prometida, estuvieron deambulando durante 40 años.

Ya sé que es muy exagerado asimilar la situación argentina a este episodio, ¡aunque sirve para pensar! Lejos de considerarse esclavos , la gran mayoría de los argentinos piensan que no estábamos tan mal.  Y los que sí se alegran de haber cruzado el Mar Rojo (perdón, haber ganado las elecciones), esperan llegar a la Tierra Prometida en un periquete.  No  tenemos líderes como Moisés dispuestos a ser contundentes en lo que se puede o no hacer.  Los 10 mandamientos son clarísimos. Pero las normas argentinas van y vienen, se contradicen, y nuestros dirigentes discuten sobre temas abstractos. Es difícil encontrar información y, sobretodo, discutimos hasta sobre el diagnóstico de la situación ¡Ni siquiera tenemos claro cuál sería la Tierra Prometida hacia que queremos ir!

No podremos quitarnos la esclavitud rápidamente: debemos pagar impuestos a tasas descomunales, para recibir servicios malos.  Y aunque los servicios fueran excelentes, al ser tan baja la retribución neta de impuestos que le queda al empresario y a los empleados, hay pocos incentivos a trabajar.  Al fin y al cabo trabajar durante medio año para pagar impuestos es como ser esclavo durante medio año  ¡todos los años! El Faraón o Estado dice que trata a todos por igual, ya que las malas rutas y la inseguridad o inflación nos duelen a todos. Pero también  hay nobles que reciben beneficios o gente cuyas retribuciones –aunque bajas- están aseguradas.

También tenemos ídolos como el Becerro de Oro.  Es casi como creer en fantasmas. Hay gente que considera que “un poquito de inflación no es mala”, o que cree que proteger a empresarios prebendarios mantiene fuentes de trabajo, aunque todos debamos pagar mucho por poco consumo. Los sindicatos dicen defender a sus afiliados pero nunca a los que no tienen trabajo o a los que intentan trabajar pero tienen problema hasta para llegar a su trabajo. Los políticos destacan defendernos a todos, pero en realidad perpetúan sus cargos y se reciclan eternamente.  

Deambulamos por el desierto sin tener claro el camino y cambiando políticas: la política que los argentinos votamos para insertarnos en el mundo es cuestionada sin cesar. Se critica que durante 15 años hemos consumido todo el stock de capital y cuando se reduce el consumo para empezar a invertir nadie está conforme.  Para invertir hace falta un retorno aceptable, pero se espera que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) fije tasas negativas.  Para crecer necesitamos producir más pero se mantienen retenciones a los sectores competitivos.  Para exportar se necesitan puertos y caminos pero en las encuestas la prioridad son las viviendas.  El interior tiene mayor capacidad de producción que las grandes ciudades, pero la infraestructura se genera en las urbes, fomentando el despoblamiento del interior. 

¿Cómo reconoceremos la Tierra Prometida? O más difícil aún, ¿cómo sabremos hacia donde ir?  Los economistas tienen una respuesta contundente: cuando la tasa de crecimiento de la economía sea mayor que la tasa de crecimiento demográfico.   Además quisiéramos que los frutos de ese crecimiento, más tarde o más temprano, alcancen a todos.  

Si repartimos algo antes de generarlo, será difícil crecer. Esas son las políticas distributivas vigentes, propias de los últimos años. Es evidente que la pobreza expone un gravísimo problema, y la única forma de resolverla será con inserción en el mercado laboral, para lo cual hace falta educación. Dar dinero es un paliativo, necesario pero no suficiente. Y sólo habrá mayor empleo productivo si las empresas encuentran negocios atractivos, en Argentina o el mundo. 

Fomentemos entonces la inserción de Argentina en el mundo. Excede a la economía y hay mil maneras, por ejemplo teniendo leyes de patentes, aislando  a los delincuentes, fomentando la innovación. Nótese que no  menciono el valor del dólar, la coparticipación federal u los temas con los que nos abruman los políticos.  Claro que son importantes, pero son instrumentos para lograr un objetivo, y es justamente el objetivo lo que no tenemos claro.  ¿Cuáles son los valores, pilares o  mandamientos que debemos respetar?   

Es fácil: la Argentina llegará a la Tierra Prometida cuando se respeten los derechos de propiedad. Felicitemos al que hace goles, al que inventa algo, al que es más rápido o eficiente, al que crea y genera lo que es útil a muchos, al que trabaja de sol a sol y ayuda a sus hijos con la tarea. No le quitemos el resultado de su esfuerzo con impuestos. No discutamos hacia dónde ir, sino cómo llegar más rápido.

Yo haré de ti una gran nación

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Columnista