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Opinión

¿Debemos ir hacia un billete de 500 pesos?

​A partir de las declaraciones del nuevo ministro del Interior, Rogelio Frigerio, se volvió a discutir sobre las razones por las cuales sería necesario un billete de mayor denominación y sobre cuáles serían sus consecuencias. Una segunda discusión es quién debería estar en el billete, pero en estas líneas solo nos vamos a enfocar en la primera parte.


En primer instancia, ¿para qué sirven los billetes? En cuanto al tema que aquí importa, su función es la de facilitar las transacciones entre consumidores y vendedores. La idea es que con esos papeles de colores se pueda conseguir algo a cambio y así a lo largo de toda la cadena. A su vez, esto debe ser cómodo y aquí es donde aparece una de las primeras razones por las cuales surge la idea de un billete de 500 pesos. 


En 2003, el 50% de los trabajadores cobraba, como máximo, $400. Según el último dato de INDEC, el 50% de los trabajadores cobraba un máximo de $6.500 a mediados de 2015. Es decir, se pasó de cobrar cuatro billetes de $100 a sesenta y cinco. También, hace una década, un billete de $100 tenía un poder de compra al menos diez veces más alto que el actual. El papel de $500 debería incorporarse para ser consistente con los altos niveles de inflación y pérdida de valor del peso, tanto con respecto a los bienes como a las otras monedas. Por ejemplo, para ir a un extremo, hace 15 años, el billete de mayor denominación equivalía a US$100 mientras que, actualmente, equivale a menos de US$10 al tipo de cambio oficial y a cerca de US$6,6 al paralelo. La pérdida de valor del peso en los últimos años es la principal causa de que haga falta un billete de mayor denominación.


¿Qué consecuencias puede tener? 


Entre las negativas podemos pensar en que la economía informal se maneja con efectivo y que reducirle los costos de transacción al sector informal no es algo deseable. Introduciendo un billete de mayor denominación se reducen los costos de logística de la economía informal y de las actividades delictivas. Otro de los efectos negativos es el que genera sobre la percepción de las personas debido a que, más allá de que la inflación es algo de lo que todos nos damos cuenta, no llegamos a dimensionar su magnitud instantáneamente, algo que Keynes llamaba "ilusión monetaria" y que significa que nos fijamos más en la cantidad de dinero que tenemos que en su poder de compra. Es decir, nos molesta más que nuestro sueldo pase de $100 a $90 sin inflación que una inflación de 10% que baje nuestro poder de compra de $100 a $90 pero recibiendo un billete de cien pesos, aún cuando el resultado es el mismo. Sin embargo, un billete de $500 nos haría chocar contra la pared y ver que, en efecto, nuestro poder de compra no aumentó y que los billetes ya no valen lo mismo que antes.


Del otro lado, lo positivo sería que se reduciría la cantidad de billetes que debemos cargar para hacer una compra medianamente grande en efectivo, volviendo más seguras ciertas transacciones. A su vez, se reduce el costo de emisión y de los bancos, que deben reponer los cajeros cuando se vacían. Con billetes de $500 se vaciarían más lento debido a que la capacidad de almacenamiento podría multiplicarse hasta por cinco.


El problema, sin embargo, será si esto queda solo en la emisión de un nuevo billete de mayor denominación. Este es necesario porque se ha desfasado el poder de compra de nuestra moneda con el nivel de precios, eso no debería estar en la discusión. Lo que sí debe buscarse a partir de su incorporación es la mayor bancarización de la economía, que haga nulas las consecuencias negativas de un billete más grande. Una vez que se amplíe la cantidad de transacciones hechas por vías digitales (la SUBE, por ejemplo), los riesgos de la economía informal quedarán limitados y se podrá reducir la evasión. El problema con esto es que no puede ser impuesto por el gobierno, sino que debe surgir de los consumidores, debido a los beneficios de las transacciones bancarias y a lo poco cómodo que es estar buscando cambio cada vez que se quiere comprar algo. A su vez, se reduce la posibilidad de robos de efectivo en la calle o en un local. La bancarización debe ser el objetivo último y no un billete de mayor denominación.


El nuevo ministro del Interior, Frigerio, declaró que la emisión debería darse y el candidato a presidir el Banco Central, Federico Sturzenegger, declaró hace unos meses que no, que solo habría que buscar una mayor bancarización y hasta eliminarse los demás billetes. El problema es que se toman como opciones sustitutas y no como un proceso en el cual ambas opciones son útiles. Un problema aparte es la presión impositiva, que incentiva la evasión de impuestos y, entonces, demanda efectivo. Hasta que no se alivie la presión que los impuestos tienen en cada transacción y que no se incentive la bancarización, el billete de $500 debe ser introducido. Luego, los billetes y las monedas irán desapareciendo solas.


¿Debemos ir hacia un billete de 500 pesos? Sí, pero solo como primer paso en un proceso de bancarización y reducción de la economía informal. La pérdida de valor de la moneda nos ha traído hasta acá, ahora solo queda volver más eficiente el uso del dinero.

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