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Especial de la Semana

Decime que me amás

Por Patricia Faur

​Intercambiaste mensajes. Siempre te quedás con la sensación de ser inadecuada. Escribiste mucho o muchas veces en el día, o no lográs cortar la conversación, te parece que abriste un tema de esos que hay que hablar en persona, cara a cara, pero no te aguantaste. No querés ser fastidiosa, pero tampoco distante, te preguntás cuál es la medida porque él responde de manera escueta o con un emoticón.

Siempre esa sensación de dolor en la panza, inexplicable, de algo que falta, que no alcanza. Tratás de ponerle nombre y no lográs entenderlo porque la razón te dice que no hay nada que esté mal. Pero la inquietud te arrasa y mirás la pantalla para cerciorarte de que todo está bien . Y no hay otro mensaje así que volvés a la carga para ver cuál es el tono, si es de distancia, de desinterés, de enojo o de aburrimiento. Y no alcanza. Otra vez estás esperando que te diga algo que no dice porque no es lo mismo – te decís- una palabra de cariño, un halago o un corazoncito que decir “te amo”. Y no lo dice.

¿Y te quedarías tranquila si lo dice? Sólo por un rato…. Porque se trata de otra cosa. No aprendiste el buen amor así que no reconocés con claridad sus señales y necesitás que todo el tiempo te lo reafirmen. Tu inseguridad no se calma con dos palabras. Ni con mil.

Se calma con la tranquilidad de escuchar tu cuerpo, de habitarte, de cambiar el foco y de sacar los ojos de la pantalla para volver a ponerlos en tu vida, para detener la obsesión, para dejar de esperar que te validen desde afuera.

Son dos palabras. ¿Te las dijiste a vos misma? ¿Sos capaz de amarte? Recién allí vas a sentir que alcanza y que el amor se demuestra de mil maneras. Y que cuando es de verdad, no necesitás diccionarios ni emojis ni psicólogos ni intérpretes que te lo traduzcan. El amor es una palabra que acaricia. Aunque no se la diga.


Columnista