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Opinión

Déme dos: la sociedad histérica

Estoy en Lincoln Road, Miami. Espero con dos prendas mi turno para entrar al probador de una conocida tienda española. En derredor, decenas de argentinas y chilenas se abalanzan sobre las pilas de remeras y jeans . Revuelven, se sirven unas cuantas y se ponen en la hilera. Escucho a una madre decir a su hija adolescente: "agarrá, agarrá", refiriéndose a un par de zapatos en extinción que corrían riesgo de ser alcanzados por otra maratonista más veloz.

Mi malestar crecía al ritmo de mi cansancio hasta que me pregunté mirando las dos prendas que colgaban de mi brazo: ¿realmente necesito esto? ¿realmente están tanto más baratas que en Buenos Aires? ¿tengo ganas de hacer una fila de banco para comprar en una tienda en la que ni siquiera alguien me ayuda a encontrar mi talle y color?

En una  gran tienda impersonal donde -al igual que en el casino- no se ve la luz del día y el tiempo se detiene , donde ningún vendedor se acerca a asistirte , pero apura el paso para darte su nombre y cobrar la comisión, las ofertas parecen encandilar a los apostadores que van por más.  Dejé las prendas a un lado y salí por Lincoln liberada, liviana. Como un jugador que decide irse del casino sin haber gastado sus fichas y las vuelve a canjear por dinero.

La escena, repetida en cada negocio de Miami, en cada niño que gritaba  que quería helados, hamburguesas, jueguitos para la Play, en cada hombre desesperado por el modelo de Smartphone del mes que viene, de la  notebook que escribe sola y habla, de las mujeres desesperadas por la lingerie de la marca de los Secretos...

¿Qué nos pasa? ¿nada alcanza? La insatisfacción es la marca más vendida por estos tiempos. El mercado logra colarse en un fenómeno de época: la sociedad histérica.

La histeria mal entendida se refería a una enfermedad femenina (la palabra viene del griego, útero) y el mito popular la atribuye a aquellas mujeres que coquetean y muestran sus encantos y se retiran a la hora de los bifes.

No. La histeria no es de exclusividad femenina y es algo ligeramente diferente. Tiene que ver con la insatisfacción. La personalidad histérica quiere estar siempre deseante y no satisfacerse jamás. Logra algo y ya no le interesa. Se aburre, es indiferente, su deseo está en el lugar en donde no está la satisafacción.

Algo de esto parece ocurrir con el consumo desmedido. Comprar por comprar, por el simple acto de "encontrar la ventajita" aunque después quede archivado en un rincón del placard.

La sociedad del vacío al igual que la personalidad histérica nunca encuentra lo que busca: por eso hace zapping de una cosa a la otra sin encontrar jamás aquello que le dará sentido. Y así consume cualquier cosa: desde viajes hasta indumentaria, desde tecnología hasta objetos para la casa, desde relaciones amorosas hasta delivery sexual.   

Nuestra sociedad  gasta, acumula, desordena y luego tira sin usar aquello que ya no le gusta porque se arrepintió. ¿Cuántas veces te pasó que habrás comprado algo en un arranque impulsivo y cuando llegás a casa te das cuenta de que no te gusta? 

La tarjeta de crédito se asemeja a la ficha del casino: no ves lo que gastás. Cuando gastás con efectivo pagás menos y además, con la tarjeta del Ahora 12, del  25 % y el miércoles Super financiás sin pensar cuántas cuotas vas acumulando.

Finalmente, te pregunto: ¿fuiste más feliz cargando tu valija, pagando el exceso de equipaje y haciendo fila en la tienda? ¿Cuántos amaneceres te perdiste? ¿Cuántas charlas con tus hijos? ¿cuántas noches de amor con tu pareja? ¿cuántas caminatas por la playa?

En todo caso lo que importa es que , hagas lo que hagas, compres lo que compres, gastes lo que gastes, siempre  puedas elegir. Y elegir implica poder pensar, evaluar y decidir. La compulsión es enemiga de la libertad y por eso te deja un sabor amargo.

Así que no digas "déme dos". Disfrutá de a uno.  A sorbos, despacito y a conciencia.

Columnista