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Opinión

Dólar o Plazo Fijo: ¿es esa la cuestión?

Según el Banco Central, un dólar en 1940 costaba 4,37 pesos moneda nacional. En la actualidad, una unidad de moneda norteamericana se consigue por aproximadamente $ 13,5. Pero dado que un peso de hoy equivale a 10 billones de pesos moneda nacional de entonces, si nunca se hubiese cambiado el signo monetario, hoy habría que pagar 135 billones (135.000.000.000.000) de pesos de 1940 por cada billete emitido por la Fed.

Semejante aumento en el precio del dólar ha alimentado la idea de que los argentinos tenemos una adicción a la moneda yanqui. Sin embargo, detrás de este aumento aparece la brutal historia inflacionaria del país y la sistemática violación del derecho de propiedad. 

La desconfianza en la moneda local es producto de su desvalorización permanente derivada de la monetización del déficit fiscal, una práctica que en Argentina se remonta al siglo XIX. La desconfianza en las instituciones financieras, por su parte, es el resultado de tasas de interés que son negativas en términos reales y, además, de sucesivos eventos traumáticos en donde la riqueza ahorrada se vio confiscada por medidas del gobierno como el “Plan Bonex” de 1989, o el “Corralito” de 2001.

En este contexto, la compra de dólares por parte de los argentinos no es más que una natural búsqueda de refugio frente a tan inclementes condiciones. La consecuencia, sin embargo, es que ese ahorro en dólares no tiene forma de ser canalizado hacia el sector productivo local, lo que restringe el crédito de largo plazo y, por tanto, la inversión y el crecimiento económico.

Ahora bien, a pesar de cargar con semejante historial, esto no quiere decir que a futuro tenga que pasar siempre lo mismo. 

Si nos enfocamos en lo que sucedió después de la salida del cepo, hay dos motivos para la esperanza. Por un lado, el precio del dólar, que se mantiene estable en el entorno de los $13,5. Por el otro, el crecimiento de los depósitos a plazo fijo, que acumula $ 35.500 millones en el último mes y avanzó un 46,3% en términos anuales.

Lo que se extrae de estos datos es que los ahorristas están pensando que en 2016 la tasa de interés les ganará al dólar y a la inflación, algo que, dado el cambio de enfoque de la política económica y las declaraciones del presidente del BCRA, es probable que suceda.

Pero la cuestión no pasa por cuál alternativa será mejor en el corto plazo, sino más bien por si el nuevo gobierno será capaz de recrear un marco de confianza en que los argentinos no estemos pensando en cómo evitar que los gobernantes saqueen nuestra riqueza, sino en cómo invertirla de manera productiva.

Para esto se necesitará una mayor profundización de las medidas liberalizadoras tomadas hasta ahora (como la eliminación de retenciones, trabas para exportar, la reforma del impuesto a las ganancias o la desregulación de las tasas de interés de los bancos) pero también un ajuste por el lado fiscal, ya que ningún país puede crecer de manera sostenible si el estado gasta sistemáticamente más de lo que ingresa.

Si esto efectivamente sucede, podemos ilusionarnos con un país en crecimiento y un ahorro que se vea incentivado y dé sus frutos, no solo para los ahorristas, sino para el conjunto de la sociedad. Pero si el nuevo gobierno, por evitar hacer las reformas necesarias, elige el atajo y se enfoca nuevamente en el corto plazo, entonces nos veremos condenados a repetir la historia. 

Es decir, a seguir agregándole ceros a los billones y trillones de pesos moneda nacional que habrá que poner para comprar un dólar.

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