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Especial de la Semana

El carácter inmortal de los Juegos Olímpicos

Año 776 a.C. Ciudad de Olimpia. Las ciudades estado de la antigua Grecia se reúnen para rendir tributo a Zeus, su Dios supremo en un evento político, religioso y social.


Entrando en contexto imaginemos esto: una cita donde cada ciudad del mundo conocido reúne y convoca a sus “héroes” para medirlos en contiendas deportivas/militares.


Pensemos en Esparta, la ciudad del gran Leónidas, con su inmensa y reconocida tradición bélica, exponiendo cuerpo a cuerpo a los mejores guerreros que la Tierra haya visto. Rostros serios, cubiertos de cicatrices de batallas en sus cuerpos torneados, cual medallas de contiendas. O Atenas; ciudad de filósofos pero con la mejor flota marítima de la época, presentando a los mejores remeros, veleros o nadadores que el mar Egeo ha dado. Sabios y pensantes, como intimidantes.


Imaginemos Macedonia, descendientes de Aquiles, tierra que regalará a la historia al gran Alejandro: mostrando las destrezas de grandes  lanzadores de jabalinas, discos o balas, con sus pieles castigadas por el sol, instruidos en las grandes y aridas planicies de su tierra, o a los que heredaron la habilidad del arco y flecha de los antiguos troyanos, hijos del valeroso y respetado Héctor, con sus miradas penetrantes e inmutables. Insuperables en el arte de la arquería debido a las altas murallas que defendían la ciudad.


Intentemos hacernos una idea de Itaca, ciudad de Odiséo, con atletas de un temple inquebrantable, ágiles en estrategia y cooperación, criados bajo el mito del inagotable espíritu de la lucha de sus antecesores. O en la fortaleza física de los descendientes de Ajax, rey de Salamina, dotado de músculos enormes y una talla de dos hombres, levantando pesos asombrosos, demostrando la herencia del gigantesco titán y haciendo temblar la tierra a cada paso y arder en euforia a los espectadores.


Pensemos en los grandes saltadores, corredores, luchadores. Imaginemos el asombro del público. Sintamos los colores, los olores, los uniformes, los bailes y los cantos. Supongamos la preparación de los participantes, su alimentación y trabajo. Hagámonos una idea de la coronación con laurel, que ponía a los ganadores a la altura de semi-dioses, vivamos esa fiesta!.


Eso es lo que Pierre Coubertin (1863 – 1937 pedagogo francés) quiso recuperar con el ambicioso proyecto de los juegos olímpicos modernos, que plasmó en Atenas 1836 con el primer evento.


Han pasado siglos, han cambiado los participantes, las banderas, sus himnos, las religiones, los deportes, los premios y las marcas (records), ha cambiado el mundo pero si hay algo que une a los antiguos juegos olímpicos con Río 2016 es la pasión  del deportista de representar el mito, formar parte de la fiesta. Son “guerreros” que batallan por el pasaje a la historia, porque quien es bendecido con la gloria de clasificar a un JJ.OO., deja su nombre tallado en la misma piedra de los héroes griegos. Deja la sangre, el sudor y las lágrimas en la misma arena. Mirá que grande será formar parte de este evento, que es el único torneo donde clasificar 1°, 2° o 3° tiene un valor preciado; para mí, el mundial de mundiales.


Por eso cuando vean a un nadador, un tenista, un judoca, un lanzador, un velocista, un basquetbolista o corredor como cualquier atleta en un juego olímpico, no sólo vean un deportista, vean un guerrero que se preparó años, sacrificó su vida y heredó el honor de “luchar” por ser el mejor de su era en lo suyo y codearse con la historia!!


Admiremos, apoyemos, disfrutemos de nuestros atletas...vivamos el espíritu olímpico!!!!


* Francisco Ozores es profesor de Educación Física, preparador físico, personal trainer y Classic Bodybuilding IFBB

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