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Opinión

El desafío de la competitividad

El World Economic Forum (WEF) publicó recientemente el informe anual de competitividad global correspondiente al período 2015-2016. En esta nueva edición Argentina se ubicó en el puesto 106 entre 140 países, lo que indica que el país perdió 36 posiciones entre 2006-2007 y 2015-2016. La dramática caída en este ranking internacional es un llamado de atención que nos lleva a reflexionar, en primer lugar, sobre la ausencia de una mirada de largo plazo en el debate de nuestras políticas públicas. Argentina se cae de este ranking al mismo tiempo en que el contexto económico global ha sido excepcional para la región y en buena parte de ese período el país logró crecer al ritmo de las famosas tasas chinas. Hoy se puede ver que ese crecimiento, impulsado en buena medida por factores exógenos, hizo que se postergaran discusiones de fondo sobre cómo encaminar a Argentina al desarrollo y que, entre otras cosas, la debacle de la competitividad sistémica del país pasara inadvertida. Pero además, un análisis de cuáles son las variables que se utilizan para confeccionar este índice, da la pauta que el término competitividad, naturalmente asociado a la jerga empresarial y de los negocios, tiene implicancias sociales importantísimas.


El índice que elabora el WEF no es una verdad absoluta ni mucho menos. Es simplemente un indicador que ayuda a sistematizar la comparación entre países en variables que hacen a la competitividad integral de sus economías y permite tener un diagnóstico de cuáles son los principales limitantes o facilitadores del desarrollo de esas economías. Lo interesante de este índice es que permite una mirada más amplia del término competitividad, ausente en el debate local. Cuando los medios de comunicación, los referentes políticos y empresariales y los productores hablan de competitividad suelen referirse al tipo de cambio. Como mínimo, el ranking permite ver que el foco en el atraso cambiario atrasa el debate, y limita la discusión al corto plazo. 


Las variables que mide el Índice de Competitividad Global (ICG) van más allá del tipo de cambio y se dividen en tres grandes grupos: los pilares de requerimientos básicos, los pilares dinamizadores de la eficiencia y los pilares de la innovación. Dentro del subíndice de requerimientos básicos figuran el entorno macroeconómico, las instituciones, la infraestructura y la educación primaria y la salud. Excepto por las categorías de salud y educación primaria, se podría decir que en Argentina faltan las bases para el desarrollo. El entorno macro (puesto 114 de 140) y las instituciones (135 de 140), son los pilares más débiles. En el pilar de educación primaria y salud Argentina figura en el puesto 68 de 140 países y específicamente en educación primaria en el puesto 79. Pero ese buen resultado relativo se debe a una buena posición (55) en cuanto al acceso, mientras que en calidad educativa el país se ubica en el puesto 98 de 140. 


El segundo subíndice agrupa los pilares dinamizadores de la eficiencia, pilares que necesitan las economías en vías de desarrollo para continuar creciendo y mide aspectos como la eficiencia de los mercados de bienes, la eficiencia del mercado laboral y el desarrollo del sistema financiero. En el pilar de eficiencia en el mercado de bienes, Argentina ocupa el puesto 138 de 140 economías. La carga tributaria y la ineficiencia burocrática son los aspectos más problemáticos. En cuanto al desarrollo del mercado financiero, Argentina se ubica en la posición 132; y uno de los factores que más afecta a este indicador es el costo del crédito: el país se ubica en el puesto 137. Por último, en el subíndice relacionado con la innovación, el motor para avanzar de las economías desarrolladas, Argentina se ubica en el puesto 99, y se incluyen variables como la inversión en I&D, acceso a tecnologías, etc.


Esta mirada rápida sobre la competitividad argentina nos deja ver que en estos últimos años no sólo no logramos fortalecer los pilares básicos que necesita el país para crecer y desarrollarse, sino que además, postergamos discusiones clave. La calidad educativa, las habilidades del futuro, la innovación, la igualdad de oportunidades, no lograron hacerse un lugar en la agenda pública, y hoy, acorralados por el corto plazo, el eje del debate sigue pasando por la competitividad del tipo de cambio. Por eso, de cara al futuro, Argentina no sólo tendrá que llegar a un consenso político y social para garantizar los pilares básicos del desarrollo, sino que además deberá replantearse conceptualmente lo que significa competitividad. Hay que dejar de creer que la falta de competitividad es una deuda con los inversores o empresarios. La falta de competitividad es una deuda con todos los argentinos, es una deuda social. Vivimos en un mundo donde la globalización dejó de ser una opción para convertirse en una realidad inexorable. Seguir postergando las discusiones relevantes es condenar a las generaciones futuras a competir vía tipo de cambio, que no es otra cosa que competir por salarios bajos. Por eso normalizarnos y consensuar una agenda de futuro que incorpore los pilares de la competitividad son dos grandes desafíos que le esperan a la Argentina que viene.

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