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Opinión

El gran sonido

Por Alejandro Fidias Fabri

Todo pensamiento tiene algo que lo dispara. En este caso se trató de un video que se me cruzó en FB de unos chicos sordos explicando en Lengua de Señas la relevancia del 4º Campamento Mundial de niñas y niños sordos que recientemente se llevó a cabo en Argentina, y las emociones que estaban viviendo.

Me resultó absolutamente atractivo detenerme en sus expresividades y más atractivo todavía fue el silencio del video. Era como una invitación a una realidad estructurada de forma diferente, era el mundo del silencio. Pero ese silencio no implicaba un vacío sino, por el contrario, significaba el adentrarse en un canal de comunicación que me resultaba extraño, atractivo y novedoso.

No había lugar a otro camino que el ingresar en ese silencio. Ese silencio provocaba a un nuevo canal de comunicación. Y no se trataba de uno de esos silencios dolorosos o disciplinadores, o de un silencio estético o ético, era un silencio erótico, un silencio invitador. O quizá podía ser pensado como un silencio que se mantenía en tensión entre una esfera mística y otra estética. Pero en lo más profundo era un silencio puente, un silencio comunicador.


Bien, rápidamente ingresado a ese mundo del silencio, me omnubilaron la expresiones faciales, las plasticidades de las manos, y una cierta musicalidad insonora de la coordinación de gestos y señas. Y me sentí comunicado. Sin entender ni conocer la lengua de señas, percibí un mensaje. Quizá por mi iletralidad gestual se trató solo de un mensaje muy genérico pero a la vez muy amoroso. Indefectiblemente me sentí el otro que recepciona. No podía no serlo. Ese silencio y esos gestos me interpelaban.


Me pregunté entonces cuál era mi vínculo con el silencio. Pensé primero en esos silencios totalitarios y autoritarios, en esos silencios obligados e imperativos, en esos silencios que uno debe simular frente a los abusos e injusticias, en esos silencios frente al dolor propio y ajeno. Pero aquí no se trataba de eso, era algo muy diferente. Era un silencio que se integraba con el ser. Y como recorriendo esos caminos de bosque marcados por zapatos de otros que nos antecedieron, pero que no van a ningún lado y a la vez van a lo más profundo de uno mismo, busqué una referencia en mi pasado. 


Y me retrotrajo a un espacio y a un tiempo de algunas décadas atrás: fue en mis veintes durante una beca de estudios en el Instituto de Investigación Industrial de la Prefectura de Osaka, en Japón. Si bien había tenido un curso intensivo de japonés que había durado tres meses, mis habilidades lingüísticas eran muy limitadas. Todo ese mes, diariamente, antes de ingresar a las 8:30 al instituto, me detenía a tomar un jugo de manzanas en un rudimentario bar a media cuadra, atendido por una anciana de Osaka. Desde el primer día me cautivó cómo nos comunicábamos con la señora. Frente a la imposibilidad del lenguaje hablado, eran gestos que iban y venían, eran señas, eran miradas, eran manos que expresaban. Ella comprendía todo y yo comprendía todo. Y en realidad los detalles que a veces pretendíamos exponer eran despreciables, sobraban. Y llegamos a conectarnos emocionalmente. Y tal es así que ambos nos sentimos muy tristes el día que tuve que irme. Y creo que ninguno de los dos llegó a conocer mucho del otro, pero a su vez conocimos todo.


Cuando volví a la Argentina todos querían saber qué tecnologías había aprendido, qué costumbres había adquirido, cómo era la comida, cómo me comunicaba, si el japonés era difícil. Nadie me preguntó por el lenguaje del corazón que esa anciana de Osaka me había enseñado. Tampoco yo lo prioricé en ese momento.


Y no es que con este planteo le quite valor al lenguaje hablado, simplemente reflexiono sobre los silencios que muchas veces debiéramos agregar a nuestras comunicaciones, y el poner a estos silencios en valor. Muchas veces somos tomados por la cháchara y nos cuesta desprendernos de esta lógica banal que le quita ser a nuestro ser. Y no nos damos cuenta. Y si bien las lenguas de señas son sistematizadas, como oyente me veo extrañado y atraído por el componente gestual, y me lleva a pensar en los múltiples recursos que dispara la imposibilidad de la palabra, la imposibilidad del oído y, la posibilidad del corazón. Y, finalmente, a la necesariedad de comunicarnos, sea como sea. Y, paradójicamente, en un mundo sobresaturado de signos y palabras, en la relevancia del silencio y los silencios.


Columnista