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Especial de la Semana

El mensaje de las urnas es claro

Este fin de semana terminó un modo de hacer política. Pase lo que pase en la segunda vuelta electoral, le pese a quien le pese, con este domingo 25 de octubre hay fin de ciclo.

Terminó la intolerancia como pretendido valor de construcción. Terminó el concepto fundamentalista de conmigo o en mi contra. Terminó la fantasía de que alguien pueda creerse el dueño de lo que está bien, de lo que es nacional y, sobre todo, de lo que es popular. Terminó el desprecio al disenso. Terminó el amañar las elecciones con colectoras, lemas, desdoblamientos, boletas de 7 cuerpos, testimoniales o sábanas. Terminó el modo militante de hacer periodismo. Terminó la convicción de que a nadie le importa la división de poderes o el control institucional. Terminó el mensaje iluminado de la prepotencia disfrazada de encuestas. Terminó la convicción de que la alternancia republicana se expresa en el capricho de la sangre propia o de la bendición de un líder. Terminó el desprecio a los debates presidenciales. Terminó el bochorno de esconder los resultados electorales vaya a saberse con qué intenciones. En realidad, está por terminar luego de que se conozcan las renuncias de los autores del papelón de 6 horas sin datos oficiales. Terminó la convicción de que la provincia de Buenos Aires es de los patoteros que arrían voluntades sin importar los medios. Allí están los traicionados con las mismas armas que se ponderaban para traicionar. Porque los obsecuentes del poder de turno son los primeros traidores. Terminó el dedo decisor que firmaba según su paladar las listas, las fórmulas y hasta los silencios de los candidatos. Terminó el doble discurso de ser la continuidad y parecer alguna diferencia.

Pase lo que pase el 22 de noviembre, hoy terminó el kirchnerismo ontológicamente definido por sus creadores como el tener todo el poder todo el tiempo. Terminó el vamos por todo. No hay sucesión infalible, no hay discurso en cadena que esconda la realidad que duele, no hay voces destituyentes en cada disenso. Eso, terminó.

Hay padres y madres de este fin. Allí están los que no entendieron en 12 años de poder que, aún con aciertos enormes de la gestión, la infalibilidad no es humana. Y convencerse de poseerla, propio de alienaciones. Las urnas repudiaron ampliamente ese modo de enajenación. Allí también están los hábiles declarantes de puertas de gobiernos que subestimaron todo otro modo de pensar que no fuera el propio.

El mensaje de las urnas es claro. Pero no tiene un solo destinatario. El fin de este modo de hacer política vale para los perdidosos de una noche eterna y para quienes van a gobernar. A ellos también les vale la advertencia de que el poder es relativo, transitorio y, sobre todo, un servicio público.

Columnista