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Opinión

El pecado ortodoxo

Si la inflación fuera un fenómeno estrictamente monetario, entonces una política monetaria restrictiva sería suficiente per se para controlar la inflación. Éste fue, a mi entender, el “pecado ortodoxo” de un gobierno heterodoxo en sus primeros 9 meses de gestión. La única verdad es la realidad: la inflación acumulada desde noviembre de 2015 (anuncio de la devaluación) compensó gran parte de la devaluación nominal inicial, por lo que el atraso cambiario es ya muy similar al de Cristina. El error de diagnóstico luce pues evidente, a menos que pensemos que el gobierno hizo semejante devaluación nominal para no poder corregir los precios relativos de su economía (tipo de cambio real). Sería absurdo.

Dado que la inflación no es “sólo” un fenómeno monetario, la política monetaria per se no pudo controlar la inflación tanto como el gobierno lo hubiera deseado y es por ello que, por un lado, el tipo de cambio real se volvió a atrasar y, por el otro, el salario real cayó más de lo deseado acentuado la recesión. Con mucho tino, el gobierno cambió de caballo en la mitad del río, y “anticipó” políticas de demanda expansivas no planeadas ex ante al poder como, por ejemplo, la reparación histórica a los jubilados (nunca anunciada en la campaña -aunque siempre bienvenida). 

El contra-argumento ortodoxo de una parte del gobierno (con epicentro en el BCRA) y del fundamentalismo local, es que la política monetaria tiene un “rezago” para ser efectiva. Lo cual es cierto. Lo cómico es que para justificar su teoría el fundamentalismo vaya ajustando el tiempo de ese rezago hasta que la realidad encaje en la teoría. Debería ser al revés.

Afortunadamente, la política económica del gobierno ha tenido en estos 9  meses, a mi entender, muchos más aciertos que errores y, además, el gobierno ha demostrado tener capacidad para corregir errores sobre la marcha. A veces con algún “rezago”, es cierto. Después de todo, a la salida de semejante crisis llamar “error” a tal cosa es un exceso de lenguaje. Las crisis son un sistema de reparto de pérdidas, y las marchas y contramarchas de la política económica para salir de semejante crisis son entendibles. Al menos así ocurre en la mayoría de las crisis, cuando la política económica se parece bastante a un juego de ensayo y error. El gobierno parece haber aprendido la lección: la inflación “no siempre” es un fenómeno monetario, sino un fenómeno multicausal (que incluye a la emisión de dinero entre sus posibles causas), en el que el proceso de formación de expectativas (un factor real, no monetario) juega un rol central. Al menos, ese reconocimiento parece estar implícito en el pedido del Ministro de Hacienda para llevar adelante un acuerdo social de precios y salarios, tal como el que fue llevado adelante en el exitoso plan antinflacionario chileno.

El paradigma de Inflation Targeting, recitado todos los días por el BCRA, sostiene que la política monetaria debe tener un objetivo excluyente: controlar la inflación. Sin embargo, la Reserva Federal de USA está obligada por Ley a informar trimestralmente, al Congreso de USA, sobre sus metas de inflación y de empleo (crecimiento). Es decir, no tiene una sola meta, sino dos, lo que se constituye en la negación del paradigma Inflation Targeting. La economía es una disciplina muy curiosa, en donde el mainstream ortodoxo (muy bien) formado en las universidades de USA sugiere una política económica, y la FED (USA) hace la opuesta. Por su parte, los gobiernos de economías pequeñas y abiertas involucran tanto la política monetaria como las políticas cambiaria, fiscal y de ingresos en sus planes antinflacionarios. No llevan a cabo sólo política monetaria porque, precisamente, la inflación no es sólo un fenómeno monetario.

Y aún en el caso de países que combaten la inflación sólo con política monetaria, de ello no se deviene que la inflación sea un fenómeno estrictamente monetario: las causas de inflación pueden ser tanto monetarias como no monetarias y aún así una política monetaria contractiva puede ser efectiva como instrumento antinflacionario, tanto por ser monetaria como por ser contractiva. El razonamiento ortodoxo es del tipo “non sequitur” (de una afirmación no se deviene la otra, aunque ambas sean verdaderas). No es una cuestión ideológica esta vez, sino tan sólo un fallo lógico: del hecho (correctamente) observado por el cual la correlación entre base monetaria e inflación se parece a 1, no se deviene que haya sido la emisión monetaria causa de inflación. 

Si la inflación fuera causada por razones no monetarias, aumentaría la demanda de dinero y, luego, si los Bancos Centrales decidieran no inducir una recesión, convalidarían con mayor oferta de dinero la mayor demanda. La correlación entre base monetaria e inflación nada nos dice respecto de la causalidad, precisamente porque se trata de eso: apenas correlación. Lo que no nos dice tal correlación es si la expansión monetaria fue impulsada desde la demanda o la oferta de dinero. Es decir, tal correlación no nos dice cuál es la causa y cuál la consecuencia. Si la emisión monetaria es consecuencia, y no causa, de inflación, no estamos ante un fenómeno monetario, sino ante un proceso inflacionario inducido por causas no monetarias como, por ejemplo, una sobre-expansión cíclica, inercia inflacionaria, cuello de botella en el balance de pagos, push de oferta desde el mercado laboral, otro shock de oferta (aumento del precio del petróleo), aumentos de tarifas de servicios públicos, aumento del precio de las commodities de alimentos, o una devaluación, entre otras tantas posibles razones no monetarias. Luego, que la política monetaria decida convalidad la inflación, o inducir una recesión para combatirla, es una decisión de política económica ex post, que no explica las causas del fenómeno inflacionario, sino sus consecuencias. No es sano confundir las cusas de un fenómeno con sus consecuencias. Sugiero leer al respecto, entre otras tantas cosas, las contribuciones del padre de los economistas argentinos, el profesor J. Olivera. 

Estamos muy a tiempo, una vez apagados ya los primeros incendios macroeconómicos, para construir un modelo con precios relativos acordes a un sendero de crecimiento sustentable, llevando la relación tipo de cambio-precios-salarios en el tiempo hacia un tipo de cambio real competitivo. No hacerlo, y enamorarnos de un atraso cambiario populista, sería un grave error, que nos llevaría a un escenario como el que se produjo cuando hubo niveles de atraso cambiario similares al actual: los períodos de Martínez de Hoz, Cavallo y Kicillof. Estimado lector, me tomaré la atribución de ahorrarle la argumentación por la que creo que éstas fueron experiencias fallidas. 

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