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Opinión

El proteccionismo como forma de eternizar la pobreza


En los últimos días hubo debate sobre la vuelta del "puerta a puerta" y acerca del impacto que puede tener en la industria local. Desde la CAME llegaron a decir que "volvieron los 90" por el solo de hecho de permitir traer algunos bienes del exterior. En definitiva, lo que están proyectando es el miedo a competir.

Como país, nos debemos una profunda discusión acerca de cuáles serán las políticas industriales de largo plazo. La idea de producir todos los bienes es totalmente impracticable, sobre todo en un país con bajo nivel de educativo y con una alta informalidad. La mayoría de los sectores no son productivos. 

Proteger cualquier sector de la economía no tiene sentido. Lo único que genera es una reducción en la competencia, permitiendo que el mercado en cuestión se estabilice en un nivel de precios mayor. Es decir, la protección hace que pagues más por lo que comprás. Por otro lado, si bien se está generando empleo en ese sector en particular, es a costa de que todos los habitantes del país paguen mayores precios. En definitiva, sería como si entre todos pagáramos mayores impuestos para que ese sector pueda funcionar. En el sector de la industria manufacturera, por ejemplo, un 27,5% de los trabajadores se encuentra en condición de informalidad, por lo que, luego de décadas de protección, no se ha podido llegar al resultado deseado.

Desde el punto de vista de los empresarios, la protección es algo muy beneficioso ya que los impulsa a ganar mercado sin alguien más competitivo que te pueda hacer dudar de tu poderío. Entonces, se generan vínculos poco transparentes entre la política, que protege, y los empresarios, protegidos. Esta relación pasa a ser crucial para que se mantengan los beneficios a estos empresarios, en general millonarios, a costa de los consumidores, que deben resignarse a comprar productos caros y de mala calidad.

Ahora bien, esto no es así para todos los consumidores. Los de mayores ingresos, cuando viajan al exterior, pueden traer los productos que aquí no pueden comprar. Son mejores y son más baratos. Para tener noción de la hipocresía que se da: ¿Cuántos empresarios o políticos de alto nivel usan celulares hechos en Tierra del Fuego? Ellos comprar cosas buenas, bonitas y baratas mientras los consumidores deben comprar por un alto precio algo de mala calidad.

CAME publicó un listado de precios que incluye marroquinería (carteras), textil (vestidos), productos para el hogar (tazas y platos) y juguetes, entre otras. En el total de 12 productos que seleccionaron, aun con un arancel de 50%, los precios locales son más de 50% más caros que los traídos de China. Es decir, aun con una transferencia de recursos de los consumidores a los productores equivalente al 50% del precio original de un producto, todavía siguen costando más del doble de lo que podríamos pagar por el mismo bien. Si no fuera por esta transferencia de recursos, podríamos comprar unos Ladrillos para jugar, según los precios publicados por CAME, a $305 y no a los $1.200 que nos cobran los empresarios locales que se benefician de la protección. ¿Quién protege al consumidor?

Este problema es consecuencia del manejo político de la industria, que busca la generación rápida de empleos poco productivos porque son rentables políticamente. Pensar en fomentar industrial productivas de largo plazo, como la tecnológica o alguna diversificación industrial, no aparece como opción, dado que no va de la mano del ciclo electoral. A su vez, más allá de la diferencia salarial existente entre China y Argentina, la estructura impositiva hace que sea aun más dificil producir localmente de forma competitiva.

En el medio, los consumidores tienen un nivel de compra mucho menor. Comprar algún producto local les insume una gran porción de sus ingresos. Los que consiguen trabajar en los sectores protegidos acceden a trabajos que innovan poco, dado que no tienen necesidad ¿Para qué mejorar si nadie nos compite?¿Cuál es el incentivo?

La protección pega de lleno a los consumidores, los vuelve más pobres y los obliga a trabajar en sectores que no compiten, segregándolos y haciendo que sean víctimas del enriquecimiento de los dueños. Así es como se genera la desigualdad que tanto molesta. Los que pueden, viajan y compran bienes baratos y de buena calidad, potenciando su nivel de compra. Es una decisión política. El "puerta a puerta" es solo un comienzo de un camino en el cual el consumidor puede aprovechar un mercado de 7.200 millones de personas con ganas de vender. Esa increíble competencia permite precios más bajos y mayores niveles de riqueza. ¿Y si probamos?

Columnista