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Opinión

Estamos perdiendo

Por Martín Tetaz

Se conoció estos días el dato de inflación del mes de marzo, que dentro de lo previsto por los analistas cerró en 2,3 por ciento, acumulando 6,7 por ciento en los tres primeros meses y 25,4 por ciento en los últimos 12 meses.


Hasta ahí ninguna novedad. La economía tiene un poco menos de inflación que la que había en 2015 (ese año cerró en 28 por ciento), pero buena parte de esa inflación obedece a la actualización de las tarifas que se congelaron de manera demagógica, en el gobierno anterior. Esto quiere decir que estamos sufriendo los aumentos de luz, gas y transporte que corresponde hacer por efecto de los aumentos de costos que produce la inflación actual, pero también los de años anteriores.


Por eso, para entender lo que realmente está pasando con la inflación generada por este gobierno, los economistas miramos la core inflation o inflación núcleo. Este no es un invento argentino, sino que es práctica habitual de los Bancos Centrales de todo el mundo, concentrarse en la inflación núcleo, que es la que responde directamente a la política de la autoridad monetaria.


Justamente, el problema es que el dato de la inflación núcleo de marzo es muy preocupante, porque ascendió a 2,6 por ciento y sube sin prisa, pero sin pausa, desde diciembre pasado, cuando el Banco Central, a instancias de Jefatura de Gabinete, cambió las metas de inflación y relajó su política monetaria. Si pensamos a la inflación como la velocidad a la que va un auto, hasta noviembre ese auto se venía frenando y desde entonces se acelera. Previo a los cambios en las metas, en el promedio trimestral, la inflación núcleo venía corriendo al 18,3 por ciento anual y el resto de los aumentos eran culpa de las actualizaciones tarifarias, pero en los últimos tres meses esa velocidad trepó al 27,7 por ciento anual.


CÓMO FUNCIONAN LAS METAS


De manera muy simplificada; un programa antinflacionario es como una dieta. La meta, es el objetivo del nutricionista. Es cierto que hasta diciembre esa meta era muy ambiciosa y que nuestro paciente no estaba cumpliéndola, pero también es verdad que la dieta, que en la analogía del Banco Central es la política monetaria, era bastante estricta y que el paciente se estaba desinflando.


La razón por la cual la inflación núcleo se estaba frenando es que el Banco Central mantenía altas las tasas de interés de su política monetaria de corto plazo. Con tasas reales altas, el que apostaba al dólar perdía y por eso los pesos se iban a Lebacs y colocaciones en moneda nacional, pinchando el valor del dólar, que en los doce meses anteriores solo había aumentado un 8%.


Con el dólar abaratándose en términos reales, los precios que se fijan en esa moneda funcionaban como un ancla del resto de los precios, empujándolos para abajo.


En ese contexto, la decisión de relajar la política monetaria anunciada paradójicamente el día de los inocentes, equivale a relajar la dieta, permitiéndose una medialuna por las mañanas. Obviamente si usted relaja la dieta, la balanza le pasará factura y ya no adelgazará como lo venía haciendo.


En términos monetarios, la baja de tasas, combinada con el anuncio de que habría más inflación hacia delante, hizo que ya no resultara tan atractivo quedarse en pesos; los ahorristas se volcaron a los dólares y la moneda norteamericana subió $3 en un mes y medio, empujando la inflación núcleo hacia arriba.


Cuanto de la devaluación se traslada a precios es materia de debate, porque no sabemos todavía cuánto tiempo se mantendrá alta la inflación núcleo. En términos físicos, el impacto en la aceleración es innegable, veremos qué pasa con la inercia.


 ¿Y SI RETOMAMOS LA DIETA?


Con las expectativas de inflación de los próximos meses acelerándose y las tasas de política monetaria sin movimiento, la rentabilidad esperada de quedarse en pesos se cae. Concretamente, si el mercado espera 20,3 por ciento de inflación para los próximos doce meses y la tasa de Lebacs es 26,5 por ciento, dividiendo lo segundo por lo primero, la tasa de retorno esperada es del 5,1 por ciento. Para peor, en las licitaciones de Lebacs la mayoría apuesta a la colocación más corta y el mercado da por descontado que en abril la inflación será superior a lo que paguen esos instrumentos.


Por eso vimos en el último mes un vuelco fuerte al dólar, aunque ahora que el BCRA anunció que no permitirá mayores depreciaciones en el corto plazo, deja de tener sentido el posicionamiento en moneda extranjera.


La apuesta del Central es que pasado el tarifazo de abril y con el dólar nuevamente congelado, las expectativas de inflación caigan, de suerte tal que sin tener que subir nominalmente las tasas, aumente el premio por quedarse en pesos y se recomponga la demanda de moneda local.


En mi humilde opinión esa es una estrategia sumamente peligrosa, porque si la inflación núcleo persiste alta, hay un riesgo importante de que las expectativas de inflación no bajen hacia delante y no se recomponga nada la rentabilidad esperada de quedarse en pesos.


En ese contexto resistirse a la suba de tasas, es equivalente a si la policía se resistiera a usar armas para combatir el delito. Todos queremos un nutricionista que nos diga que podemos comer más, pero todos sabemos que si la dieta pierde rigor y la balanza muestra que empezamos a inflarnos de vuelta, hay que volver a ser estrictos con la dieta.

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