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Opinión

Evitemos convertir al emprendedorismo en el ensalmo de los problemas económicos y sociales del país

La discursiva macrista se muestra cada vez más enfática en la idea, ahora en boga, vinculada al emprendedorismo.  En más de una presentación pública -en el foro de Inversión y Negocios, el mini Davos y hace pocas semanas en el World Economic Forum- el presidente hizo culto de la figura del emprendedor. Tal es el entusiasmo oficial, que hace pocas semanas promulgó la ley de emprendedores la cual permitirá abrir empresas en menos de veinticuatro horas y hace varios meses que la secretaría Pymes pasó a denominarse Secretaría de Emprendedores y Pymes.

A simple vista, no parece presentarse ningún elemento objetable, en esta noble intención presidencial, de alentar a quienes son capaces de encarnar esta figura. Menos aún, si se considera que en los mismos, se deposita la esperanza de la realización de tareas de innovación y creatividad, tan necesarias para países con rezago tecnológico como el nuestro. Sin embargo, vale revisar algunas implicancias que se derivan de convertir al emprendedorismo en el ensalmo de los problemas económicos y sociales vigentes. Me interesa destacar aquí, dos cuestiones que quedan invisibilizadas detrás de las “bondandes” emprendedoras: 

1) Se ignora el carácter desigual en la distribución de oportunidades de la estructura económica argentina. La noción del “empresario sobre sí mismo” es tributaria a la teoría neoclásica del capital humano que hace abstracción del hecho de que relaciones sociales de producción, están gobernadas por fuertes asimetrías. En términos generales, esta teoría busca concentrar su atención en el análisis de la racionalidad interna de los comportamientos humanos y no así de los procesos sociales. En esta perspectiva, se presentan a los individuos como empresas o bien, como potenciales individuos-empresas que cuentan con el capital trabajo, capaz de generar un flujo de ingresos. Sin embargo, tales ideas se sostienen sobre un supuesto falaz que es el vinculado al libre acceso al capital. ¿qué quiere decir esto? que si bien, el trabajo es la fuente por excelencia de generación de valor, éste precisa para desplegarse de soportes materiales, así sea de la plena disponibilidad de tiempo libre. Ahora bien, en economías de mercado, todo esto se compra -no cae mágicamente del cielo- lo cual conduce de manera inmediata a un desigual acceso y por lo tanto, una configuración desigual de tales oportunidades. En el caso argentino, tales desigualdades son contundentes: el cuadro social está signado por alarmantes niveles de pobreza que no sólo encuentran su razón en la falta de empleo sino que tienen origen en el mismo, como resultado de la incapacidad del salario para garantizar condiciones de vida dignas. Basta decir que actualmente, el 51,8% de la fuerza de trabajo transita algún tipo de precariedad en su inserción al tiempo que el 22% de los ocupados son pobres. Por lo tanto, en base a lo recién descripto, y considerando los efectos regresivos que en materia laboral ha tenido la política económica del actual gobierno, la respuesta oficial anclada en el emprendedorismo, sin un replanteo real de la base social sobre la que se asienta, sólo interpela a una minoría privilegiada favoreciendo un proceso de profundización de las desigualdades.

2) Se hace abstracción también, de las características del patrón productivo argentino dominantemente extractivista sobre la base de una estructura de mercado fuertemente concentrada. Este tipo de especialización devela, por otra parte, la existencia de un rol debilitado del Estado en materia de planificación estratégica. Si los sectores productivos de mayor dinamismo, no solo están en manos de pocos actores, sino que además éstos se asientan en ventajas naturales logrando la realización de rentas extraordinarias con dosis mínimas de inversión, resulta muy difícil la generación de un terreno fértil favorable al surgimiento y la integración de emprendedores. No obstante, las condiciones de posibilidad de su creación pueden darse en algunos reductos que de no mediar una estrategia pública capaz de integrarlos a un proceso económico de mayor dinamismo, quedarán tan sólo como enclaves de innovación y creatividad. Por lo tanto, no basta tan sólo con generar microclimas para los emprendedores sino que se precisa replantear las bases económicas sobre las que éstos, en definitiva, deben insertarse para que, además de favorecer su propio desarrollo, también pueda traccionar al resto de la economía. Al momento, la reducción presupuestaria en materia de ciencia y tecnología, la menor actividad industrial y las medidas de transferencia de ingreso al sector agroexportador, parecen ir en el sentido contrario.

Por lo tanto, en tanto la idea de emprendedorismo contiene estas dos grandes inconsistencias cuando se la confronta con la realidad argentina, la misma tiende a un reforzamiento de la subjetividad individualista, del exitismo, del “sí se puede”, que permite desplazar la responsabilidad de quienes detentan el poder del Estado frente al malestar, a un problema individual de falta de creatividad. 

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Sin embargo, más allá de la decisión inicial de crear una empresa con “familiares”, sean hijos, hermanos, primos o cónyuges, con el tiempo, a la hora que el emprendedor o los socios fundadores deban decidir el destino y la continuidad del negocio más allá de ellos, es inexorable que surja la pregunta sobre la herencia. Es decir, si esa empresa quedará en manos de los herederos, y en ese caso, qué rol asumirán los mismos en la nueva etapa.

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Columnista