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Opinión

¿Ganarás el pan con el sudor de tu frente? Cambios y permanencias en el mundo del trabajo actual

¿Por qué trabajamos? 


Si nos hacemos rápidamente esa pregunta, podemos quedarnos perplejos al tratar de responderla. ¿Sólo para ganar dinero? ¿Sólo para pagar aquello que necesitamos para vivir? Si lo que hacemos es nuestra pasión o nuestra vocación, ¿deberíamos ganar dinero por ello? 


Desde los tiempos bíblicos el trabajo aparece asociado al esfuerzo, al dolor, a lo no placentero. Pero también el encontrar aquello que nos hace bien hacer, sea un oficio, un arte o un proyecto, cuando lo encontramos verdaderamente, atraviesa nuestra identidad y da sentido a nuestra vida. No sólo porque hace sentirnos dignos, útiles o nos da sentido de pertenencia. Nos permite principalmente algo muy importante: dar sentido a nuestra vida, a nuestro paso por el mundo. 


Lo que hacemos, cuando encontramos un propósito que nos hace sentir plenos, da sentido a nuestra vida y el esfuerzo, la disciplina o las horas dedicadas a él sentimos que valen la pena. 


Encontrar ese propósito no es fácil, y es poco probable que lo encontremos de brazos cruzados, esperando que algo en nosotros se ilumine. Requiere que exploremos, que probemos, que nos perdamos y que volvamos a buscarnos en eso que queremos ser y dejar como huella. 


Por ese motivo es tan preocupante pensar que en el mundo actual del trabajo y su impacto en el futuro. Hoy en día, 2000 millones de adultos en edad de trabajar no trabajan ni buscan activamente trabajo. Un número que merece nuestra atención, si los comparamos con la cantidad de personas que trabajan por un salario (1600 millones) o con los cuentapropistas y agricultores (1500 millones). 


Si lo proyectamos a futuro, es probable que esta situación se agrave. Por un lado, porque las empresas no están en condiciones de generar la cantidad de empleos que se necesitan para mantener las tasas de empleo actuales. Por otro, porque hay cada vez más jóvenes que ven sesgada la oportunidad de trabajar. 


Hoy en día hay 621 millones de jóvenes en el mundo que no estudian ni trabajan. En Latino América, estos jóvenes representan el 20% del segmento etario. Es decir, que 1 de cada 5 de nuestros jóvenes ve minada su posibilidad de explorar y buscar ese sentido de vida que da el trabajo. 


Y es aún más preocupante cuando nos detenemos a ver que la mayoría de los adultos que están fuera del mundo del trabajo son mujeres y que en América Latina el 65% de esos jóvenes que ni estudian ni trabajan son también mujeres.


Has recorrido un largo camino muchacha, pero…


Cuando hablamos de la igualdad de género, además de la dimensión legal, social y política que hace a tener iguales derechos y obligaciones que un hombre, la desigual participación en el mundo del trabajo afecta, a nivel individual, la oportunidad de desarrollar un propósito que las identifique y las movilice más allá de los mandatos sociales que siguen aún hoy en día atando sus destinos a la vida doméstica y a las tareas de cuidado. 


La plena participación de la mujer en el trabajo es una asignatura pendiente. El mundo laboral de las mujeres aún hoy se define desde el “equilibrio” con las tareas domésticas y de cuidado. Como si los platos, la plancha o el orden de la casa estuviesen desde la cuna, o aún antes, etiquetados de rosa y esperando que una mujer se haga cargo. 


Redefinir el rol de la mujer en el mundo del trabajo requiere repensar también en una redefinición profunda de la vida doméstica y de las tareas de cuidado como una responsabilidad no atravesada por el género. Hay cambios sutiles en el entorno que dan cuenta de esta toma de conciencia, como es el caso de licencias laborales similares para hombres y mujeres en relación con el nacimiento de un hijo o su cuidado; o cambiadores para bebés en baños unisex, o en baños de hombres (y no exclusivamente de mujeres). 


El empoderamiento económico de la mujer, sólo alcanzable con una plena participación de la misma en condiciones de igualdad en el mundo del trabajo, es fundamental para garantizar, a nivel individual, que cada niña que nace, cada joven y cada mujer en cualquier etapa de su vida tenga la posibilidad de elegir quién es, qué quiere ser y cuál es su propósito. Sin miedo al rechazo o la crítica despiadada por no complacer lo que se espera de ella por ser mujer; sin sentirse condicionada por los mandatos o por responder a los estereotipos. 


Esta agenda debe acompañar e ir de la mano de la lucha contra la violencia de género, entre otras aberraciones que aún permanecen en relación con el dominio del cuerpo de la mujer. Porque sin la plena participación de la mujer como agente productivo (y no meramente reproductivo) en la sociedad, no será posible una modificación profunda de la matriz androcentrista. 


Es también un trabajo muy difícil y profundo de las mujeres sobre sí mismas el que requiere este cambio. Sin este trabajo, las medidas sociales, políticas y económicas serán insuficientes. Es necesario la toma de conciencia, en cada uno de nosotros, de cómo el género nos atraviesa, nos limita, nos impone sutilmente formas de ser, de actuar, de expresarnos. Encorseta nuestras posibilidades de elegir quienes somos, qué queremos hacer, cómo queremos vincularnos a los demás. 


Cuando un hombre lava un plato, “no ayuda” en la casa; se hace cargo del mantenimiento de la casa en que habita, que puede ser responsabilidad de los dos. No está inscripto en nuestros genes quién debe lavar los platos ni nuestra habilidad para hacerlo. Un hombre viril y fornido puede hacerlo con solvencia, sin romperlos o dejarlos mal lavados. Sí, aunque parezca fantástico y sea motivo de sorpresa en comerciales donde las mujeres aparecen maravilladas o indulgentes ante esta proeza. Algún hombre pudo poner un pie en la Luna, y algún hombre ha podido lavar un plato. ¡Guauuuu!


Es también interesante ver cómo esta misma tarea no despierta asombro cuando se trata de un hombre en una cocina profesional y cobrando por lavarlos. Porque cuando hablamos del terreno profesional, aún hoy en día, las tareas asociadas con lo femenino (costura o cocina, por ejemplo) están en manos mayoritariamente de hombres y son quienes lideran mayoritariamente las grandes casas de moda y los restaurantes más prestigiosos. Cuando se trata de dinero, dejan de ser tareas reservadas a lo femenino.


Y aquí aparece otro de los condicionantes más importantes para la igualdad de género en lo económico. El hombre está “naturalmente” habilitado a ganar dinero por lo que hace y es valorado por hacerlo. El dinero en la mujer siempre tiene algo de pecaminoso; pasa por sus manos como medio para administrar el hogar y es bien vista cuando lo usa con decoro. Lo podemos ver en la interacción cotidiana, en las que exalta la capacidad de ahorro de la mujer, cualidad que remarca la comunicación masiva y la publicidad. El acceso limitado al dinero y los condicionantes sociales, individuales y familiares para producirlo y gastarlo retroalimenta la desigualdad de género y condiciona el acceso pleno al mundo del trabajo.


Además de desatar y poner a la luz estos nudos de la trama de la que formamos parte, se requieren políticas públicas y planes de acción que promuevan y contribuyan al cambio. Sobre todo, porque la plena participación de la mujer en el mundo del trabajo tendrá efectos económicos altamente positivos que se unen a los propios de vivir en una sociedad más justa y respetuosa de los derechos de todos los individuos que la integran. Diversos estudios demuestran el impacto económico positivo que tiene la plena inclusión de la mujer en las mesas de decisión de las empresas actuales sobre su rentabilidad y el PBI.


Reinventando el trabajo para el siglo XXI


Sabemos que independientemente del género, la edad y/o la condición social, el empleo tradicional no será la principal fuente de trabajo en el futuro. 


Más allá de las brechas de género y los desafíos de inclusión que hacen al objetivo del acceso universal al trabajo digno, es importante repensar el mundo del trabajo base cero y ayudar a que cada persona cuente con herramientas y recursos para crear sus propios proyectos y dar forma a sus emprendimientos. 


La escuela del siglo XX fue el gran motor de la economía industrial; su objetivo era preparar masivamente para el mundo del trabajo asalariado, y selectivamente para las profesiones liberales. 


Hoy en día el desafío es formar para el trabajo independiente y desarrollar la capacidad emprendedora, de cara a enfrentar escenarios de cambios veloces, impredictibles y con demandas polarizadas. 


Es fundamental también fortalecer los dispositivos públicos y privados orientados a ayudar que los emprendimientos puedan permanecer en el tiempo y crecer. 


Seguramente no lo harán con el formato tradicional en el que se desarrollaron las grandes empresas del siglo XX. Tampoco no todas seguirán el camino de las startups tecnológicas de este siglo. 


Pero seguramente desde la necesidad de economías más sustentables y a escala humana, donde la producción de algunos bienes y servicios sea repensada en procesos más artesanales, a baja escala y con trazabilidad probada, encontrarán oportunidades de innovar, generar valor compartido y dejar huella con un propósito que les de sentido a su paso por el mundo. Sueños que nos incentivan a hacer y crear; ideas que se recrean y cocrean en el trabajo con otros que comparten ese propósito; maneras de ganarse la vida que nutren el bolsillo a la vez que el alma. 


Hoy el mundo gira su mirada esperanzada a emprendedores y Pymes para generar negocios que sean viables en lo económico, pero que también generen impacto social positivo y cuiden el entorno. El desafío es que este nuevo mundo del trabajo que está emergiendo y que estamos construyendo no reproduzca la desigualdad de género ni adopte los mecanismos de exclusión en los  que se basó el trabajo del siglo XX. 


La meca emprendedora de hoy, Sillicon Valley, tiene fuertes desafíos en esta línea para que el corazón de la innovación tecnológica no sea sólo reino de jóvenes “nerds” revindicados, sino ejemplo de respeto a la diversidad en todas sus formas. Ojalá trabajen en esa línea y sean un faro que ilumine tanto por su innovación como por sus valores. Ojalá podamos crear entre todos un mundo del trabajo que valore las diferencias; que sea capaz de construir un bienestar sustentable; que no deje a nadie atrás ni a nadie fuera.

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