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Opinión

Inflación y coordinación de expectativas


“La inflación es un fenómeno monetario; la emisión de dinero –usualmente derivada del déficit fiscal- es la única causa de inflación”. Cuesta entender cómo este antiquísimo postulado ortodoxo sigue siendo repetido en Argentina por unos cuantos economistas mediáticos y periodistas, pese a las toneladas de evidencia empírica en su contra, en todo el mundo.

La biblioteca heterodoxia, por el contrario, sostiene que existe una correlación cercana a 100% entre emisión monetaria e inflación, aunque tal correlación nada dice sobre causalidad. Cuando la causalidad ocurre desde la oferta de dinero hacia la inflación, estamos efectivamente en presencia de inflación de origen monetario; por el contrario, cuando la causalidad se da desde la inflación hacia la demanda de dinero, la inflación obedece a otras causas. La negación de la hipótesis ortodoxa podría ser entendida como: “la emisión de dinero no es la única causa de inflación”.

Finalmente, la falsa teoría heterodoxa K parte de una errónea construcción del contrafáctico lógico de la hipótesis ortodoxa: “la emisión de dinero no genera (nunca) inflación”, tal como sostuvo el ex Ministro Kicillof, apoyado por la ex Presidente C. Fernández.

La historia económica argentina reciente ofrece abundante evidencia empírica. La hipótesis ortodoxa no se sostiene: entre 2007 y 2010 existió un amplio superávit fiscal, y no obstante ello la tasa de inflación rondó el 25% anual (excepto 2009, cerca del 15%), la tercer tasa de inflación más alta del mundo en el período. Y la falsa hipótesis heterodoxa K no resiste un análisis sintáctico: si así fuera, ¿podríamos sobrevolar con el helicóptero de Friedman el conurbano bonaerense regalando dinero, y así alcanzar la meta de Pobreza 0 en pocos días? Complicado.

Volvamos pues a la biblioteca heterodoxa. La emisión de dinero es una de las causas de inflación, aunque no la única; la inflación es un fenómeno multicausal. Un grupo de estas causas están vinculadas al rol de las expectativas en los procesos inflacionarios. Y una de ellas es el hecho de que la tasa de inflación sea “desconocida”, es decir, no conocida con certeza.

En este caso la tasa de inflación se transforma en una variable aleatoria, estimada mediante una muestra de distintas tasas de inflación de dudosa reputación (estimadas lejos de las buenas prácticas en la materia –consultoras, provincias), variable aleatoria caracterizada por su esperanza matemática, que pretende reemplazar a la tasa de inflación “desconocida”, y su varianza.

La incertidumbre generada por la ausencia de una tasa de inflación cierta ha sido en sí misma una causa de inflación desde Enero de 2007 hasta hoy en Argentina. Los agentes económicos formadores de precios y salarios, al no conocer la “verdadera” tasa de inflación, deben tomar una cobertura frente al riesgo del error de estimación, cobertura proporcional a la varianza, haciendo que la tasa de inflación finalmente observada (25%) sea mayor a la “verdadera” tasa de inflación -que hubiera ocurrido si la tasa de inflación fuera una variable cierta-.

La cobertura frente al riesgo de los agentes económicos formadores de precios agrega algunos puntos de inflación anual, algún porcentaje del histórico 25% K. Dicho de otro modo, la misma política económica K, pero aplicada sobre una tasa de inflación cierta –estimada por un INDEC creíble- hubiera arrojado una tasa de inflación observada algunos puntos menor (imposible determinar cuántos).

Es por esta razón por la cual es indispensable que el INDEC ofrezca un IPC provisorio en marzo-abril, acotado al menos a la tasa de inflación agregada y los primeros 9 capítulos, tal como la que le ofrecimos a la sociedad junto a Graciela Bevacqua desde Buenos Aires City (UBA) en 2008-2011, lo que contribuiría en forma decidida al target inflacionario oficial para 2016, 25%. Tal vez, la ausencia de un IPC oficial explique buena parte de la diferencia entre dicho target 25% y la inflación finalmente observada en 2016 –hoy esperada-, cercana al 30%.

El reemplazo del IPC oficial por algunos índices alternativos, tal como sugiere el INDEC, no parece ser el camino apropiado para reducir la varianza. Como muestra basta un botón: el IPC San Luis arrojó 6.5% para diciembre 2015, mientras que el IPC CABA arrojó 3.9%. Una diferencia enorme. No le aconsejo al lector utilizar alguno de los dos, por una razón, entre otras: uno de los dos está (muy) mal estimado, y no sabemos cuál es. Y un promedio entre los dos sería obviamente dramático. Para profundizar en este punto, sugiero leer Bevacqua y Salvatore (2008), “La reconstrucción de la serie de inflación”, Buenos Aires City, UBA.

La tasa de inflación promedio del trimestre Noviembre 2015-Enero 2016, explicada por la histórica inflación K 25% más el pass through (descontado) de la devaluación, arroja un ritmo inflacionario anual cercano al 40%, al que se sumarán en Febrero-Septiembre el costo del aumento de tarifas y las paritarias. El ambicioso objetivo de reducir el ritmo inflacionario al 25% anual en 2016 requiere, en forma urgente, de un IPC provisorio que reduzca sensiblemente la varianza derivada de una tasa de inflación “desconocida”.

En síntesis, el costo (económico) de que el INDEC no estime un IPC provisorio es, a mi entender, largamente superior a los beneficios institucionales y políticos de no hacerlo. Ante la ausencia de este indispensable mecanismo de coordinación de expectativas, un IPC oficial, será especialmente costoso llevar adelante un programa antinflacinario de metas, tal como el que propone el gobierno, debido a la ausencia de un mecanismo para observar, con certeza, el cumplimiento de dichas metas, indispensable para coordinar expectativas de inflación decrecientes. No se ha visto aún, en la historia del capitalismo (últimos 400 años), un plan antinflacionario heterodoxo, gradual y exitoso, llevado adelante en secreto.


* Nicolás Salvatore es economista, profesor e investigadore de la UBA

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