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Opinión

#MiráCómoNosPonemos: la anécdota personal, el hilo rojo que nos hermana 

Por Carina Onorato 


La primera vez que el mundo se puso hostil yo tenía 8 meses de gestación. La panza de mi mamá era el mejor lugar para vivir, hasta que mi papá decidió que le interesaba ver rodar por las escaleras de la pensión la redonda barriga de su mujer. 


La segunda vez, tenía 15 días de vida y nos mudamos. Se ve que mi mamá decidió que su espalda no seguiría siendo el cenicero de mi papá, por lo que tomó a su bebé -o sea yo-, cuatro pañales -de tela, por supuesto- y partió a la casa de mi abuela para nunca más volver. 


La siguiente ya era re grande, tenía como 9, salí a la puerta de la casa de mi abuela y el vecino de enfrente estaba con su bebé recién nacido. Era verano. Me acerqué a darle un beso al chiquito, siempre me gustaron los bebes. Mi vecino, mientras sostenía a su hijo con una mano, con la otra me agarró la cara y me dio un beso en la comisura de los labios. En simultáneo, con la mano que sostenía a su hijo, en un rápido movimiento tijera de los dedos, tocó repetidamente mi incipiente lola derecha. 


Otra, ya era más que grande, tenía 13, siesta sanjuanina y había quedado en visitar a una amiga. Un ciclista que me vio bajar del colectivo decidió que era buen momento para presentarme a su miembro. Me rodeó haciendo piruetas durante las dos largas cuadras que separaban la parada del micro de la casa de mi amiga, flameando su pene y susurrando obscenidades que yo ni siquiera sabía qué significaban.


Y hay más. Esa vez estaba tan feliz. Tenía 23 años e iba hacer algo que nunca me había imaginado posible: ¡vería a los Rolling Stones en vivo! ¡Increíble! Y así, una noche que prometía ser mágica se convirtió en la noche en que más me tocaron el culo en mi vida. No se trató de un descontrolado encuentro sexual. No, no. De hecho, ni siquiera fui capaz de confesárselo a mi acompañante al concierto porque me moría de vergüenza. ¿Cómo iba a arruinar el disfrute del voodoo lounge jaggeriano?...


Otra vez, y ya poco importa el orden, fue un novio. Un novio celoso. Un novio de esos que te quieren tanto, tanto, tanto, que no soportan tu ausencia. No soportan que te ausentes para ir a una despedida de un compañero de trabajo sin él. Y entonces el regreso se hace intenso, va subiendo el volumen al ritmo de mi incredulidad, hasta que finalmente sucede. Y serán  los genes, la educación, el recuerdo del mantra favorito de mi maravillosa madre: "la primera independencia es la económica, la segunda es la potestad sobre tu cuerpo". O la combinación de todos, pero la primera trompada es el último gesto. Guardar todo y desaparecer para nunca más volver. Nunca más. 


Hay otras imágenes que se me aparecen ahora como un loop imparable. Un preceptor cuya mano reposa peligrosamente por debajo del cinturón de mi guardapolvo. Un mostrador en una farmacia en el que entra corriendo un chico, probablamente cumpliendo una apuesta acordada con los amigos que lo esperan en la esquina, y mete la mano por debajo de mi minifalda para salir corriendo de inmediato. Un albañil de súper confianza para estar a mi regreso de la escuela, que decide ponerse excesivamente cariñoso cuando solo se me ocurre tomar la leche y ver Tom y Jerry. Una sorpresa descalificadora del tipo "no creí que podrías", "lo que vos tenés que hacer es esto y esto", "sos una histérica", "increíble que lo hayas logrado", "no me podés dejar así",...


Hoy miro a los hombres de mi vida -y a las mujeres- y entiendo que tuve instinto, fuerza, oportunidad, pero también suerte, mucha. Porque conectar con personas que te miran como persona, que te valoran como persona, que te tratan como persona, que te desean como persona, que te aman como persona, te convierte en tu mejor versión de persona. 


Mis hijos -de ambos sexos- levantan la mesa, cocinan, hacen mandados, se hacen favores, se cuidan entre ellos, comparten responsabilidades, tienen valores, defienden sus convicciones, construyen un mejor mundo, un mundo lleno de personas. Sin embargo, no puedo evitarle a mi hija de 20 el miedo que siente cada vez que oscurece y anda sola por la calle. Un miedo que los varones de 24 y 15 nunca sintieron. Tampoco el miedo a que si habla, no le crean...

*Periodista, persona, feminista 

Columnista