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Especial de la Semana

Cómo enseñar ciencias: "La escuela debe mantener encendidas la curiosidad y las ganas de saber"

​Melina Furman es Ph.D. en Science Education por la Universidad de Columbia, Estados Unidos, y Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires. Además, es Profesora Adjunta e Investigadora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés e Investigadora Asistente del CONICET. Pero también es autora de muchos trabajos y de varios libros, y conduce el programa de ciencia para niños La Casa de la Ciencia, en Paka Paka. A lo largo de su carrera, se interesó por las ciencias y por cómo se enseñan.


-¿Cuáles son las estrategias que hay que adoptar en la actualidad para enseñar ciencia?
-No creo que haya recetas ni estrategias únicas, sino que cada docente tiene que tener un repertorio de abordajes que le permitan ir guiando a sus alumnos para construir una mirada científica del mundo, que capitalice la curiosidad que los chicos traen y fomente tanto la comprensión profunda de las ideas como el aprendizaje de habilidades de pensamiento científico. Algunos de los abordajes más potentes son, en mi experiencia y de acuerdo a lo que muestra la investigación educativa, hacer investigaciones con los chicos sobre preguntas asociadas a los temas del currículum pero ancladas en la vida cotidiana, trabajar con casos y debates y aprovechar los relatos de la historia de la ciencia como recursos para hacer vivos en el aula los debates e interrogantes de cada época. 


-¿Cómo se puede atraer a los chicos al pensamiento científico?
-Los chicos conocen el mundo probando, haciendo mini experimentos, preguntando sin parar. En ese sentido, creo que el rol de la escuela es mantener encendida esa curiosidad y ganas de saber, y canalizarla hacia hábitos del pensamiento más rigurosos, más sistemáticos, pero sin perder esa chispa inicial. Para eso, las clases de ciencias tienen el desafío de ser espacios donde haya lugar para las preguntas, debates y construcción colectiva de ideas, en un marco de exploración constante.


 -¿La escuela está dispuesta a innovarse?
-Yo creo que es difícil hablar de la escuela como algo monolítico. Desde siempre ha habido innovadores en educación. Y al mismo tiempo innovar a nivel masivo siempre fue difícil. Hoy hay escuelas que están buscando innovar en la didáctica, en la organización, en la relación con la comunidad. Y hay muchas otras en las que esto no sucede, por supuesto. Pero yo veo cada vez más gente que está buscando maneras de renovar la educación. Soy optimista en ese sentido.


-¿Cuáles son los problemas más comunes que deben enfrentar los profesores en el aula?

En Argentina, los profesores suelen tener condiciones de trabajo que hacen muy difícil, en algunos casos casi imposible, pensar en oportunidades de desarrollo profesional. En la escuela primaria hay muchos docentes con más de un cargo, y en el nivel secundario hay profesores que dan clases en varias escuelas distintas, sin anclaje institucional ni horas pagas para dedicar a la planificación de clases, la evaluación o la formación profesional. Esas condiciones hacen muy difícil pensar en la innovación educativa o en cualquier tipo de mejora en la enseñanza, que requiere que los docentes se apropien de nuevos abordajes didácticos, profundicen los contenidos disciplinares y desarrollen herramientas de gestión de grupos para trabajar con aulas cada vez más numerosas y heterogéneas.


-¿Cuán importante es el rol de las nuevas tecnologías a la hora de hablar de la enseñanza?
-Yo creo que son importantes, siempre y cuando se integren a las clases con un propósito claro, al servicio de los aprendizajes que se quieren lograr. La tecnología abre enormes posibilidades a la enseñanza de las ciencias naturales, tales como la de realizar experimentos simulados, de interactuar con estudiantes de otros países y compartir datos y experiencias o de comunicar lo aprendido en formato audiovisual. 


-¿Siguen siendo los exámenes tradicionales la mejor forma de evaluar a los alumnos?
-Yo creo que nunca lo fueron. Los exámenes tradicionales, entendidos como evaluaciones escritas donde los alumnos debían reproducir conocimiento fáctico, no suelen permitir conocer qué ideas profundas y habilidades han aprendido los chicos porque en esas evaluaciones el conocimiento se declara, no se usa. Otras estrategias de evaluación como el trabajo con casos y problemas, o las evaluaciones de desempeño en las que los alumnos deben diseñar una experiencia para responder una pregunta, o muchas otras que se inscriben en la línea de la evaluación auténtica, son más potentes para comprender aquello que los alumnos han aprendido (y lo que todavía les falta).