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Análisis Semanal

La estrategia para arreglar con los “buitres” por primera vez luce correcta

La estrategia del gobierno para resolver el problema con los Holdouts parece sensata. El Gobierno primero buscó lograr un acuerdo con los bonistas italianos quienes celebraron el preacuerdo elogiando a Macri. Es difícil llamar “buitres” a 50.000 ciudadanos italianos que prestaron dinero a nuestro país confiando en que Argentina pagaría sus compromisos. Es fácil observar que estos ciudadanos no son los culpables de nuestros problemas, más bien son los gobiernos argentinos culpables de no haber pagado en tiempo y forma. Lo primero que les debemos es una disculpa y de inmediato acordar una forma de pago. Esto fue lo que hizo Prat Gay.


La segunda parte de la estrategia es negociar separadamente con el resto de los holdouts, empezando con los que suponen más flexibles primero, de manera de llegar acuerdos rápidos. Además, esto se hace bajo la órbita y con el beneplácito del juez Griesa y su mediador Pollak quien ya ha elogiado al nuevo gobierno. De ese modo van quedando aislados los holdouts más duros como el Fondo Elliott, de Paul Singer; el NM Dart de Kenneth Dart y el Aurelius, de Mark Brodsky.


La estrategia consiste en ofrecer pagar 100% de capital más un interés que empieza en el 3% anual acumulado y solicitar el perdón de los punitorios, en lugar del 9,8% anual aceptado previamente por Griesa.  Los acreedores tienen un incentivo a firmar rápido un acuerdo, porque saben que debe ser aprobado por el Congreso y esto es más fácil en los primeros meses de gobierno y luego será cada progresivamente más difícil. Y si no lo consiguen corren el riesgo de que el próximo gobierno sea también populista y demoren otra década antes de cobrar un centavo. Para la Argentina también es importante llegar a un rápido acuerdo, para lograr reducir el riesgo argentino y facilitar el acceso al mercado de capitales; no solo para el gobierno sino también para el sector privado.


Para terminar el análisis falta resaltar que el origen de la deuda pública es siempre una decisión política de gastar más de lo que le ingresa al Estado. La deuda es el acumulado de los déficits fiscales más sus intereses. Segundo, a menor deuda menor interés, porque hay menos riesgo país. Tercero, no pagar la deuda es la política más cara. Argentina pagó durante 14 años una tasa de interés tres veces superior a la de Chile o Brasil, y no solo para el sector público, sino para el sector privado, para comprar casas, autos o televisores, etc. Y esto repercute también en una fuerte caída de inversiones en relación al resto de Latinoamérica.


Por eso está bien oponerse a la acumulación de deuda. Pero estar en contra de la deuda y oponerse al mismo tiempo al ajuste fiscal, es simplemente una contradicción típica de la izquierda. O bien quieres deuda y déficit (propuesta keynesiana); o bien quieres deuda baja o nula, con equilibrio fiscal (propuesta ortodoxa). Déficits altísimos y deuda baja es la típica mentira populista.


Herencia pesada


Cabe recordar que el gobierno de Macri heredó un déficit fiscal de 7,1% del PIB, una deuda de aproximadamente US$ 274.000 millones (aunque una parte no está registrada aún) y una alta inflación que se acercó al 28% el año pasado. Además, tiene una porción de deuda que sigue en default desde hace 14 años. Hoy vemos un Gobierno que empieza a resolver los problemas en medio de un contexto internacional que ya no es tan favorable, con China creciendo menos, Brasil en profunda recesión, y los precios de nuestras exportaciones en baja.


Esperemos que los argentinos no seamos demasiado ansiosos y sepamos poner el hombro. Si todo sale bien, en 2016 seguiremos con alta inflación, entre 25% y 30% y alto déficit fiscal y crecimiento de deuda. La inflación podrá ser la mitad el año próximo, y el déficit fiscal debiera caer progresivamente hasta ser menos del 3% en 2018. Con suerte, la deuda dejaría de crecer y empezaría a bajar el año siguiente. Entonces, recién 2019 sería un año de fuerte crecimiento económico, baja inflación y cuasi nulo déficit fiscal. 


La duda es si este programa gradualista funcionará o si en el algún momento las circunstancias forzarán al Gobierno a hacer un ajuste mucho más duro.  


* Agustín Etchebarne es Director General de la Fundación Libertad y Progreso

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Columnista