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Opinión

La glovolización

Por Alejandro Fidias Fabri


​A menudo me pregunto qué sería de nosotros si anduviéramos por la vida, a la manera de las viñetas, portando globitos de diálogo por sobre nuestras cabezas que expusieran para los demás nuestros soliloquios con los pensamientos más profundos que tenemos. El mío no sería muy creativo, reproduciría algo del ser o no ser de Hamlet: “… ¿para qué soportar la brutalidad de estos tiempos, la injusticia del tirano, los insultos del soberbio, las angustias del amor despreciado, la demora de la justicia, la insolencia de los funcionarios, el rechazo que los hombres virtuosos reciben de los indignos, cuando uno mismo puede tener su descanso con un simple puñal?...”. Por suerte siempre tendremos la literatura universal que nos dará alguna respuesta a nuestras más profundas inquietudes. Alguien ya lo pensó.

Haciendo un breve recorrido, en los años 90 la preocupación y el interés estuvo centrado en la globalización. En épocas del uno a uno el lema era ser competitivos a nivel internacional. Y el que no lo fuera solo podía tener por destino su socialmente aceptada precarización. Y los hechos ratificaban el dicho de Hegel de que el carro de la Historia deja flores pisoteadas a la vera del camino. Siempre hubo, hay y habrá ganadores -los pocos- y perdedores -los muchos. Y las flores, aunque pisoteadas, no dejarán de ser flores. O dejarán de serlo de manera poética. Es parte de la preservación y la historia de la especie.

Han pasado casi dos décadas. La globalización transmutó dos letras. Ahora el tema es la Glovolización. Globalización, Glovolización. Y casi me termina de cerrar una duda: a diario veo niños que asisten a la escuela con enormes mochilas. Mochilas que los hacen doblar sus espaldas. Y siempre me pregunto qué bibliografía portarán en sus mochilas y de qué les servirá. Cuáles son las ilusiones que portan. Y veo que cuanto más elitista es la escuela, más grande es la mochila. Y me surge el doble juego de la hipocresía: padres que con enormes esfuerzos se sienten conformes con enviar a sus hijos a escuelas elitistas, escuelas que supuestamente les garantizarán un futuro, y que para poder solventarlo es posible que tengan que pactar con sistemas corruptos. Y la enorme mochila de sus hijos tendrá una doble lectura: el deseo de que alguna vez el saber sea poder y el entrenamiento para que, en caso de que no lo sea, estén preparados para llevar una mochila amarilla de Glovo. Y estos padres no serán ajenos al destino del bicicletear de sus hijos. Es el destino de su propia hipocresía. La contradicción de que para que sus hijos vivan un mundo diferente y mejor al suyo, ellos mismos crean un mundo que se los imposibilita.

Y me viene a la cabeza el lema latino de algún rey del Renacimiento: “Fiat iustitia et pereat mundus”, que se haga justicia y perezca el mundo. Y lo desplazo a “que se diga la verdad y perezca el mundo”. ¿Qué quiere decir esto? Que un mundo sin justicia y un mundo sin verdad no es un mundo experimentable. Más vale llevarlo al límite de que desaparezca. Desapareciendo la injusticia y la mentira, quizá dé lugar a un mundo vivible. Por debajo de esta situación siempre va a subyacer el instinto de preservación de la especie. Si la especie piensa que puede lograrlo, vivirá, si no, no. Y para el universo no significará nada.

A menudo veo estériles libros escritos sobre la forma de ser de la generación X, de los millenials, etc, como si fueran personas que salen del huevo con determinadas características que debemos comprender -y conocer y adaptarnos. Desde las Sagradas Escrituras se afirmó que la Tierra era el epicentro del Universo, que el Universo giraba en torno a nosotros. Con Copérnico nos vinimos a enterar que la Tierra gira alrededor del Sol. A este desilusionante cambio de lectura se lo llamó Giro Copernicano. Un cambio absoluto de paradigma y de eje de lectura. Mi giro copernicano es que las generaciones posteriores a la nuestra no vienen de una forma ex ovo, tan solo operan de manera reactiva a lo que nosotros mismos les hemos condicionado. Ellos han visto padres que (supuestamente) han fracasado al modelo de la familia feliz americana, (supuestamente) han visto despedazar el modelo de familia cristiano, han visto el surgimiento de nuevas subjetividades que reemplazan al modelo binario, han visto naturalizar la mentira y la corrupción. ¿Y qué esperamos?

Podemos esperar que la preservación de la especie sea la verdadera (y única) religión. Y que nuestra cruz y nuestro paraíso sea la caja amarilla de Glovo. O terminar como el príncipe Hamlet, defendiendo valores dudosos.

Columnista