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Opinión

La grieta en el trabajo y en la vida

Por Marilen Stengel

Pocos la mencionan. Nadie quiere escucharla. Ni siquiera las mujeres la discutimos ni lo suficientemente fuerte ni la cantidad de veces que hace falta. Lo cierto es que vivimos sobre una grieta que se agranda con rapidez y que amenaza tanto la sustentabilidad en el trabajo como en la vida familiar. ¿A qué me refiero? A que la conciliación vida personal-vida laboral es difícil tanto para varones como para mujeres, aunque estas lleven, lejos,  la peor parte. Y ese es el peligro.

Desde hace un siglo a la fecha, las mujeres demostramos que podíamos ser brillantes científicas, maestras, políticas, artistas, pilotos, ingenieras, matemáticas, ejecutivas, etc, sin descuidar nuestro rol doméstico. Sin embargo, hay algo en el corazón de nuestras vidas cotidianas que sigue sin ser equitativo. Porque si bien las  mujeres salimos exitosamente al mundo,  a pesar de todas las desigualdades que aún persisten, y muchas contribuimos con nuestros ingresos al sostén familiar,  los varones, nuestros compañeros de vida, no han hecho aún  una entrada equivalente al territorio doméstico. Ellos aún no han ingresado mayoritariamente a reclamar el lugar de “co equipers” que tienen dentro de la sociedad conyugal.

La realidad muestra que a pesar de que muchas mujeres aportan la mitad del efectivo para sostener los hogares, los hombres no están aún aportando la mitad del afectivo necesario para la gestión de la familia. Y no lo han hecho por desconocimiento (no saben cómo hacerlo y muchos siguen sin buscar instrumentarse), y también porque el mundo doméstico ofrece poco glamur respecto de las tareas a cumplir.

La presión por trabajar y contener a la familia lleva a demasiadas mujeres a estar al borde de la sustentabilidad. Lleva a otras a abandonar carreras potencialmente brillantes, a evitar ascensos que podrían reportarles mejoras salariales… Es por esto que las mujeres queremos y necesitamos hoy varones con coraje emocional y decisión para entrar en el mundo doméstico y volverse co gestores de la vida familiar. Necesitamos que más hombres no sólo cambien pañales, sino que acompañen a sus hijos, con presencia física y emocional, en el proceso que lleva a estos a convertirse en seres autónomos. Ninguna mujer puede ser madre y padre de sus hijos. Queremos y necesitamos compañeros de vida y parejas dispuestas a enfrentar con amor y presencia el desafío que asumen cada vez que fundan una familia, tenga esta la forma que tenga. Queremos y necesitamos varones con quienes podamos realmente ser socios en el cuidado y desarrollo de lo más precioso que vamos a dejarle al mundo: nuestros niños y jóvenes (tuyos, míos o nuestros).

A su vez, las empresas y organizaciones tienen ante sí un enorme desafío porque pueden contribuir y mucho para que esta realidad mejore. No sólo extendiendo la licencia por paternidad (hoy a un hombre le tocan por ley dos días ante el nacimiento de su hijo), o la flexibilidad para trabajar desde su casa cuando estos son pequeños, sino sobre todo combatiendo estereotipos que vuelven sospechoso a un varón que se va alguna vez del trabajo “más temprano” a su casa porque llegan los chicos del colegio o porque los tiene que ir a buscar. Hasta que no se haya trabajado suficiente sobre estos temas, las políticas de conciliación vida personal-vida laboral que tantas empresas desarrollan, seguirán haciendo agua con el consiguiente sufrimiento de todos los niños, mujeres y hombres involucrados.

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Columnista