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Análisis Semanal

La inevitable explosión de las tarifas eléctricas

Los controles de precios siempre terminan igual. A la larga, llega un momento en que los precios controlados son los que más suben, incluso haciéndolo de manera explosiva. 

Esto es lo que sucedió recientemente con las tarifas de la electricidad. Luego de años de inflación y congelamiento tarifario, los que viven en la Ciudad Autónoma y el Gran Buenos Aires tendrán que enfrentar incrementos de entre 400 y 600% en sus facturas de luz.


Claramente, dicha suba es superior a lo que ha subido el Índice General de Precios, superior al incremento del dólar en el mes de enero y largamente mayor a los aumentos de la leche o los fideos que, de acuerdo con una reciente presentación divulgada por el exministro Axel Kicillof, treparon un 30% promedio en los últimos 3 meses.


Es que la estrategia aplicada es análoga a la de tener, en una hornalla de la cocina, una olla con agua con la tapa puesta. A medida que el fuego caliente el líquido, el mismo tenderá a hervir, y la presión hará que la olla se destape. Claro que uno puede decidir apretar la tapa o bien colocar un ladrillo encima, pero finalmente algo tiene que ceder.


Ahora frente a este escenario de mayor sinceramiento, toda una pléyade de analistas, periodistas e incluso miembros del poder ejecutivo muestran su preocupación por el impacto que la medida pueda tener sobre la inflación y el nivel de actividad. Sin embargo, estas preocupaciones son infundadas.


En primer lugar, porque si bien el incremento en el costo de la electricidad afectará los bolsillos de familias y empresas, e impulsará al alza el promedio de precios medidos por los Índices Generales, no tiene por qué generar más inflación. 


De hecho, la inflación es un fenómeno monetario que depende de la cantidad de dinero emitida por el Banco Central y de su demanda en cada momento del tiempo. En este marco, y puesto que el cambio en las tarifas no altera ninguna de estas variables, queda descartado como motor detrás de la inflación correctamente entendida.


Es que, en realidad, el proceso es exactamente inverso. Primero viene la emisión monetaria y luego la depreciación del poder de compra del dinero que vemos reflejada en el aumento del precio de todos los bienes, los servicios de la economía y, por qué no, las tarifas de los servicios públicos.


Respecto de la actividad económica, llaman la atención los que advierten que el sinceramiento deprimirá la actividad. Quienes comparten esta visión deberían, previamente, explicar por qué, tras años de congelamiento, la economía está prácticamente parada.


Ahora por otro lado, también es discutible que el efecto del sinceramiento sea recesivo y no expansivo. Según el World Economic Forum, la infraestructura de un país es el segundo de doce pilares que hacen a la competitividad global. Dentro de ese rubro se encuentra la buena calidad de la provisión de energía eléctrica, insumo básico para que las empresas puedan producir eficientemente y sin interrupciones. Por su parte, el Índice Doing Business del Banco Mundial también hace un espacio para la electricidad e incluye a la “fiabilidad del suministro” entre los componentes que hacen a una economía amigable para los negocios.


Como puede verse, contar con energía confiable y en abundancia es un prerrequisito para el crecimiento de la economía. Sin embargo, en el caso argentino, el esquema de inflación y congelamiento derivó en una pésima infraestructura que generó cortes de luz constantes, cuyos costos contrarrestan los supuestos beneficios de la energía barata.


Por este motivo no cierra la idea de que el sinceramiento genere recesión. Al generar más incentivos para invertir en el sector, no solo habrá más dinamismo en esa área, sino que terminará mejorando la calidad del suministro eléctrico, lo que favorecerá a todo el entramado productivo nacional.


En conclusión, las críticas contra el aumento de tarifas son infundadas. El error no fue moverse gradualmente hacia una normalización del sector (que debería considerar una mayor desregulación aún) sino  aplicar allí el sistema de control de precios que, junto con la inflación, deterioraron las bases del crecimiento económico y nos condenaron a la estanflación que padecemos hace ya 4 años.


*Iván Carrino, analista económico de Inversor Global

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