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Opinión

La infancia no es un destino

Por Patricia Faur

La frase del título no me pertenece. Forma parte de uno de los trabajos del Dr. Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés, referente del tema de la Resiliencia y único sobreviviente de una redada de niños judíos en el sur de Francia en épocas de la Segunda Guerra.


Todos los días llegan a la consulta o vemos entre nuestros conocidos cientos de personas atribuladas por una dura infancia. Abandonos, abusos, privaciones, violencia y desamor son los tópicos más escuchados. ¿Qué es lo que hace que algunos de ellos emerjan como adultos resilientes, capaces de afrontar su vulnerabilidad y sus traumas infantiles mientras que otros se quedan prisioneros del pasado?.


La creencia de que una mala infancia determina un vida va perdiendo fuerza a la luz de los nuevas investigaciones en Psicología y Neurociencias. De hecho, si esto fuera cierto, el trabajo de la psicoterapia carecería de sentido.

Durante mucho tiempo se pensó que había personas que genéticamente traían alguna marca que los hacía "especiales". Sus rasgos de carácter, entonces, los hacían fuertes para atravesar las adversidades de la vida. Se pensaba que eran personas optimistas, esperanzadas y valientes por naturaleza.

El consenso científico actual no está de acuerdo con la "cajita de herramientas" que alguien puede traer de fábrica. Las "herramientas" se van obteniendo a lo largo de la vida con dos condiciones esenciales: que haya otros en los que puedas confiar y que puedas encontrar un sentido a lo que te pasó. 

Las heridas infantiles son, a menudo, incomprensibles, tortuosas y difíciles de asimilar. Y crecer no siempre garantiza la comprensión de semejantes atrocidades. Y mucho menos garantiza el alivio al dolor que ocasionaron. Los "secretos de familia", las vergüenzas ocultas, los silencios indignos,  van configurando una identidad compleja en los niños que crecen sin poder ser libres y auténticos.

Sin embargo, en el trayecto, algo puede ocurrir. Hay encuentros milagrosos. En las esquinitas de la vida se te aparecen personas o situaciones que te van cambiando totalmente el rumbo. Son personas que confían en vos, que te aman incondicionalmente, o que son modelo de vida, o que ofrecen sus hombros para que llores sin pudor. Cyrulnik los llama "tutores de resiliencia". Porque así como a las plantas les ponés un palito para que crezcan derechas, estos "tutores" te muestran un camino distinto y te llevan de la mano para que dejes de lamentarte por lo que no tuviste o no te fue dado.

Son aquellas personas que te ven, que te descubren el alma y te hacen sentir que sos valioso. Pueden ser maestros, médicos, padres de tus amigos, terapeutas o un profesor del colegio. Cualquiera. Es otro. Alguien diferente a aquél que no pudo amarte.

Y entonces comenzás a comprender que no era tu culpa que no te amaran, que te abandonaran o que abusaran de vos. Y ponés la vergüenza donde tiene que estar: en el abandonador, en el violento, en el abusador. No fuiste vos, fueron los otros los que no pudieron. Y eso no te hizo invisible ni poco valioso. Todo lo contrario.

Cuando alguien te da la oportunidad de mostrarte otro camino empieza un verdadero proceso de transformación.Y entonces sí. Crecés atravesando todos los fantasmas . Y uno por uno los sentás en el café y los escuchás para ver qué tienen para decirte. Citás a tus demonios y hacés las paces con ellos.  O no. O decidís que algunos no merecen la banderita blanca. Pero sos el dueño de este escenario de tu vida. Y decidís quienes son los actores con los que querés jugar.

Y cuando salís de ese laberinto te encontrás diferente, tranquilo, en paz, con las cuentas saldadas. Tan contento estás que querés ir por el mundo siendo tutor de resiliencia de otros . Y contarles que es posible. Que una mala infancia no te condena. 

Así que si en la vida vas caminando y ves que se te aparece alguien con una llave no pases de largo. Pará y escuchalo. Quizás, te está dando la esperanza y la verdad: las mejores llaves para salir de tus infiernos. La vida está adelante.

Columnista