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Opinión

La mesa más poderosa del macrismo discute cómo sobrevivir después de 2019

Por Fernando González

El temblor es en la Mesa de los Cuatro. La que siempre conformaron Mauricio Macri, María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Marcos Peña. Nadie más entra en ese círculo. A veces, como consultor, asiste el ecuatoriano Jaime Durán Barba. Suelen tener participaciones especiales dirigentes como Ernesto Sanz, Emilio Monzó o Rogelio Frigerio. Y hasta algunos amigos del alma como Nicolás Caputo. Pero la mesa chica es la del Presidente, los dos gobernadores del PRO y el Jefe de Gabinete, que concentran todas las decisiones políticas del Frente Cambiemos. Allí hay ahora un debate de fondo que consiste en saber cómo conservar el poder por cuatro años más. Y esa discusión, que hace crujir la mesa, nunca será tan destructiva como para romperla.

La erupción del volcán que esconde el Gobierno desde que empezó la crisis del dólar se produjo el domingo 2 de septiembre. Aquel fin de semana de incertidumbre en el que se intentó cambiar una parte del gabinete y todo terminó en la reducción del Gobierno a una decena de ministerios y la salida solitaria de Mario Quintana como auditor del resto de los ministros. Peña, Frigerio y Nicolás Dujovne salvaron el pellejo. Y, bajo la cobertura de la UCR, Sanz, Alfonso Prat Gay y Martín Lousteau quedaron vestidos de gala en la puerta de la Casa Rosada para mejor ocasión. Macri jamás había lucido tan débil.

Los principales impulsores del cambio habían sido Vidal y Rodríguez Larreta, con el sostén emocional de “Nicky” Caputo. Y pasó lo que sucede en las mejores organizaciones. Los que conservaron el puesto esperaron a fortalecerse un poquito para tomarse algunas revanchas de los que habían pedido por sus cabezas. Peña va retomando sus funciones de jefe de ministros y Dujovne mete el cuchillo del ajuste en los gastos de los bonaerenses y de los porteños.

La Gobernadora fue la primera en poner el grito en el cielo por el Fondo del Conurbano. Presiona para que Macri le restituya unos 19.000 millones de pesos perdidos por el impacto de la devaluación. Sobre todo, teniendo en cuenta que deberá hacerse cargo del transporte público en la Provincia por la negociación con el peronismo del Presupuesto 2019. Dujovne ya le ha hecho saber que esa pretensión es imposible en las circunstancias actuales. Y Vidal culpa a Peña por el desencuentro financiero entre amigos.

Los reproches a Peña se han convertido en un clásico del macrismo que comparten Vidal, Rodríguez Larreta, Gabriela Michetti y la mayoría de los ministros. Le adjudican una característica, la de influir especialmente sobre las decisiones del Presidente, crítica que el Jefe de Gabinete considera un elogio. Los radicales, sobrevivientes de mil crisis, suelen compararlo con uno de los estigmas que sufrió el alfonsinismo en la década del ‘80. “Marcos es la cara joven del macrismo y corre el riesgo de que le pase lo mismo que a los jóvenes nuestros de la Junta Coordinadora. La sociedad los terminó culpando hasta de lo que no eran culpables”, explica un dirigente de la UCR que lo aprecia. Y que teme por lo que vendrá.

Es cierto que la estabilidad del dólar de las últimas dos semanas, un regalo inesperado de la gestión de Guido Sandleris en el Banco Central, podría haber ayudado a calmar los ánimos. Pero todo el alivio que trajo la banda de flotación negociada con el FMI se lo llevó en un suspiro la chapucería política. Primero fue el manejo de principiantes con que el Gobierno manejó los aumentos en las tarifas del gas. Y después fue la cirugía a corazón abierto que exhibió la pelea entre Elisa Carrió y el ministro Germán Garavano. Para Vidal, y también para Rodríguez Larreta, la reiteración de la mala praxis política está amenazando el futuro electoral de un gobierno que tiene más que suficiente con la crisis económica y la recesión.

Ya quedaron lejos aquellos tiempos en los que Macri, Vidal y Rodríguez Larreta planificaban una Argentina con triple reelección para el 2019. Sólo pasaron cinco meses pero ahora son otras las urgencias. El vector de Cambiemos sigue siendo la reelección presidencial y hasta Lilita Carrió, mientras dispara sin descanso sus misiles aterradores, jura que su único proyecto político es la continuidad del mismo hombre del que dice haber perdido la confianza. Pero ese es el Plan A del Gobierno, siempre que a la estabilidad todavía precaria del dólar siga la baja de la inflación y después la indispensable recuperación de la economía real.

El Plan B, si las cosas llegaran a ir peor de lo previsto, tiene dos caras. Las de Vidal y la de Rodríguez Larreta. La Gobernadora gambetea como puede los ardores sociales del conurbano bonaerense y las presiones de un kirchnerismo que todavía luce fuerte en su territorio. “Mientras en la Casa Rosada se pelean yo tengo que esquivar los piedrazos”, se ha quejado ante los suyos. Lo dijo a propósito de la agresión que sufrió esta semana por parte de gremialistas K en Chascomús. Complicada y todo, una encuesta la ubicó esta semana por encima de Macri en una eventual instancia de ballotage frente a Cristina Kirchner.

Rodríguez Larreta disfruta en cambio los vapores de los Juegos Olímpicos de la Juventud. La moderna ceremonia de apertura y las muchedumbres que siguen las competencias han compensado las críticas por la cantidad de cortes callejeros que paralizaron la Ciudad en estos días. El Jefe de Gobierno porteño celebra el poder hablar de deportes en vez de responder sobre la crisis. Y, como cualquier político con ambiciones, deja que otros distribuyan la idea de que ya está preparado para desafíos mayores


El martes pasado, mientras el país adolescente ardía por los fuegos de las tarifas del gas, Peña lideraba un encuentro de un centenar de dirigentes en un teatro porteño. Pablo Avelluto, Hernán Lombardi, Facundo Suárez Lastra, Brenda Austin, Alejandro Rozitchner y el mismísimo Durán Barba discutían sobre el cambio cultural que supone la irrupción del macrismo. Afuera, los cachetazos del dólar, la inflación y el consumo congelado golpeaban mucho más fuerte. Lo suficiente como para dejar en claro que la elección del 2019 es un puente que todavía está demasiado lejos.

*Artículo publicado en la edición impresa de Clarín


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