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Opinión

La (no) estetización de la pobreza

Por Alejandro Fidias Fabri

En el 2015 fui invitado por la curadora Nora Dobarro a participar de una muestra colectiva titulada “Calle”. El motivo de la muestra fue expuesto por Nora con las siguientes palabras: “…de la calle aprendo la diferencia, me uno a lo colectivo, pertenezco”. En esa muestra expuse un díptico titulado “Contenedores urbanos”. Un año después el díptico fue seleccionado para ser expuesto en el 93° Salón de Mayo en el Salón Nacional de Santa Fe. Si nos retrotraemos al 2015, el díptico exhibía una imagen inquietante, exhibía el vínculo entre personas desechadas y los contenedores de basura de la Ciudad de Buenos Aires. Ponía luz al producto indeseable de una ciudad “emprendedora”.  Con esas pinturas intenté capturar una experiencia que ocurría en la calle, que era parte de nuestra identidad, pero que de alguna manera el grueso de la sociedad, impulsado por el Gobierno, pretendía esconder bajo la alfombra.

Mi intensión no fue la de estetizar la pobreza sino la de exhibir las diferencias que había en el espacio “calle”. Diferencias que, por un lado, nos conforman como sociedad y, por otro lado, nos interpelan como sociedad. Los comentarios que recibí en aquel momento giraron en torno al impacto emocional que producía ese personaje porteño asomado por la mirilla del contenedor de basura, mirando estupefacto al mundo que lo hacía situar en ese indeseado lugar periférico. Mi sorpresa fue mayor cuando una de esas obras denunciantes fue comprada por alguien. Esa obra se titulaba “La mirada mirada”. Y tenía que ver con el ser mirado por el otro de la comunidad y con la conformación de la subjetividad a través de esa mirada. Pero era una mirada que interpelaba, era una mirada que provocaba la pregunta “¿qué hacés vos que me estás mirando con lo que estás mirando?”. Esa provocación logró que la obra fuera vendida pero no logró que la denuncia fuera tomada en consideración por la comunidad.

Pasaron cuatro años. Hoy me veo interpelado por la noticia que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha lanzado experimentalmente “24 grandes recipientes de basura que sólo se abren con una tarjeta magnética”. El objetivo de este avanzado diseño tecnológico e “inteligente” es que “…mediante el impedimento de ingreso de personas al interior de los contenedores se evitarán “muchísimos reclamos de los vecinos”, relacionados a la basura desperdigada en las calles y hasta respecto a los olores procedentes de los mismos tachos…”.

Y aquí aparece una nueva mirada sobre el espacio de la calle, sobre el espacio que nos encuentra a todos los ciudadanos, y supuestamente nos une. Se trata de una nueva operatoria: la sociedad produce diferencias, produce hambrientos y luego de alguna manera los tiene que disimular. O matar simbólicamente, hacer desaparecer la diferencia, que parezca homogénea la sociedad mostrable para el mundo turístico.

Creo que me quedé corto con el presagio de mis pinturas. Los nuevos contenedores de basura de la CABA son “inteligentes”. Un pobre que come de la basura requiere de una tarjeta magnética para acceder a la basura. O sea, un sistema que genera cada vez más pobres perversamente les crea la barrera digital para que no coman (de la basura). Y el Gobierno de la Ciudad expone con esta decisión su engaño de la supuesta “Basura Cero”. Generaron una Ley incumplible desde sus bases. Hoy disimuladamente transforman la mentira de la “Basura Cero” en.…”si queres comer basura requerís de una tarjeta magnética. Mientras tanto nosotros legislamos mentiras y seguimos cobrando a costillas tuyas”. Pero la basura, aún estetizada, va a seguir existiendo.

El avance tecnológico y emprendedorista del Gobierno logra el objetivo de digitalizar el hambre: el sistema no acepta hambrientos no digitalizados. Para abrir los contenedores (y retirar comida de la basura) hay que presionar un botón y luego pasar una tarjeta magnética por la pantalla. Y seguramente, en un futuro cercano, la pobreza disminuirá porque los guarismos solo tendrán en cuenta a los hambrientos digitalizados. Los no digitalizados no serán dignos de ser medibles.

Y ocurre la esperada homogenización: algunos, mediante una tarjeta magnética, retiran fondos de un cajero automático; otros, mediante una tarjeta magnética, retiran basura para comer.

Para cerrar, creo que vivimos una época tan distópica y tan poco comunitaria que la realidad supera a cualquier ficción posible.

Columnista