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Opinión

Lo que no arruinó el populismo, lo hizo el default

Argentina viene sufriendo las consecuencias de problemas económicos que no son nuevos. El déficit fiscal, la inflación, los desequilibrios de precios relativos y la recesión son problemas prácticamente insolubles para un gobierno que sólo parece dispuesto a insistir con las mismas recetas que los generaron; y que, para colmo, hoy parece haberle sentido el gusto al default.


No hace falta más que repasar los últimos anuncios de la presidente Fernández de Kirchner para darse cuenta que no se pueden esperar cambios importantes.  Si las políticas siguen siendo las mismas, los resultados seguirán siendo los mismos.


Las crisis económicas de 1976, 1982, 1989, 1995 y 2001/2002 tuvieron 3 ingredientes básicos: problemas macroeconómicos, diferentes combinaciones de déficit fiscal, restricción externa, inflación y atraso cambiario; un evento que actuó como gatillo y coordinó expectativas de fin de régimen (la muerte de Perón, la crisis de la deuda, el “felices Pascuas” y la crisis energética, el Tequila, las crisis de Asia y Rusia, las Torres Gemelas y la devaluación de Brasil) y; un presidente débil sin gobernabilidad.  De hecho, todas esas crisis económicas de la Argentina reciente tuvieron como actor principal a un presidente débil.  Tempranamente, a partir de 2007, el populismo K comenzó a mostrar señales de agotamiento (déficit fiscal, inflación y restricción energética); sin embargo la fortaleza presidencial en términos de imagen, aprobación popular y manejo de la agenda política y mediática hizo que la dinámica de deterioro macro resultara relativamente lenta.  Y si bien hubo eventos importantes (sequías de 2009 y 2012, muerte de Néstor Kirchner en 2010, la crisis en Europa) ninguno tuvo impacto terminal ni sobre la dinámica económica ni sobre la gobernabilidad.


Pero el default, innecesario e irresponsable, ha vuelto a la economía y a la política más vulnerables. Es probable que ya no haga falta otro evento imprevisible de alto impacto (shock climático, externo o político) para que se coordinen expectativas.  A partir de ahora, puede ser suficiente que se vayan dando algunos eventos de impacto acotado pero de altísima probabilidad para que se produzca una significativa corrección macro. 


Sabemos que habrá más noticias no del todo auspiciosas en el tema deuda soberana, con otros cupones que no podrán pagarse y la muy probable aceleración de algunas especies.  Otro tanto sucederá en el mercado de trabajo con suspensiones y destrucción de empleo y una intensificación de la conflictividad y las huelgas (con varias de alcance nacional de aquí a fin de año).  Las presiones sobre el mercado cambiario también irán en aumento, al igual que las presiones sobre el resto de los precios, producto de una emisión monetaria para financiar un déficit fiscal que apunta para un nuevo récord.  Una situación de por sí preocupante pero que podría agravarse aún más si, tal como parece, el BCRA finalmente no quiere o no puede devaluar, absorber pesos y subir las tasas de interés. 


​Así las cosas, para el que prefiere no perder el optimismo queda la misma instancia de los últimos años: que el gobierno corrija el rumbo y abandone el populismo.  Algo que a esta altura ya luce toda una utopía.

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El anuncio resulta atractivo ya que, a los precios actuales de los bonos argentinos, una quita a valor presente del 20% (cuando se calcula el reperfilamiento uruguayo con una exit yield del 16%) o del 13% (cuando, ex post, esta tasa redujo al 12%) implica, si el resto del programa funciona, una oportunidad. Sin embargo, el condicional requiere entender qué nos asemeja y qué nos aleja del caso uruguayo, y cuáles son las chances de un esquema en esta dirección.

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