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Especial de la Semana

Libre comercio y Tratados de Libre Comercio

​El libre comercio ha demostrado una y otra vez ser mucho más eficiente que el proteccionismo. Sin embargo, como las economías son complejas y es difícil encontrar ejemplos de libertad pura, es necesario volver a demostrarlo reiteradamente en los países, como la Argentina, que están tan afectos al proteccionismo.


Desde que David Ricardo escribió sus “Principios de Economía Política y de Tributación”, en 1817, se creyó que el debate entre libre comercio y proteccionismo había sido definitivamente ganado en favor de la libertad. Ricardo demostró que no es necesario que un país sea más eficiente en algún área de la economía para que sea fructífero el comercio, sino que el comercio simplemente era beneficioso porque siempre habría ventajas relativas, de manera que cada país se especializaría en las tareas que fueran “relativamente” más competitivas. 

En un modelo super-simplificando, si el país A (desarrollado) fuera 5 veces más competitivo en Industria que el país B, y fuera 2 veces más competitivo en el agro; ambos países se beneficiarían si el país A se especializa en industria y el país B en el agro. Sin embargo, una y otra vez, siguen apareciendo los defensores del proteccionismo con dos argumentos principales. 

El primer argumento es el de defender a “la industria infante”. La esencia del argumento es que las industrias recién nacidas no tienen las economías de escala y la eficiencia que han logrado sus competidores de países más desarrollados, y por lo tanto deben ser protegidas hasta que puedan alcanzar la misma competitividad. El argumento fue lanzado posiblemente por primera vez por Alexander Hamilton en su “Informe sobre las manufacturas”, de 1790. Pero fue posteriormente sistematizado por Daniel Raymond. Y más tarde fue popularizado por Friedrich List, en un trabajo de 1841.  

El problema con este argumento es que podría haber tenido algún sentido cuando debíamos competir con los países avanzados como EE.UU. o el Reino Unido. Pero en cambio, hoy observamos que las dificultades las tenemos todos (inclusive esos países) en competir contra los países con industrias infantes como China o incluso Indonesia. Hoy decimos que el problema es que en estos países pagan salarios muy bajos. Hoy nuestras industrias son viejas, llevamos 80 años de protección industrial.

El segundo argumento es del renombrado economista argentino Raúl Prebisch. Sostiene que existe un problema estructural en la economía internacional, donde el comercio internacional deviene en la explotación de los países periféricos  (productores de materias primas) por parte de los países centrales (ricos e industrializados). El mecanismo de explotación sería el deterioro de los términos de intercambio donde las materias primas caerían de precio en relación al precio de los bienes manufacturados. El argumento es muy atractivo, y le encanta tanto a las izquierdas como a las derechas nacionalistas y encuentra un chivo expiatorio en los países “imperialistas”, para culpar por nuestros propios errores. El argumento es atractivo, salvo por un pequeño detalle: es falso. 

El error de Prebisch fue no observar que las manufacturas cambian a lo largo del tiempo y por lo tanto es imposible comparar el precio de esos bienes, porque no son los mismos. Las manufacturas evolucionan dando cada vez mejores servicios y más baratos. Así cuando observamos cualquier rubro de bienes industriales veremos que mejorar año a año. En un trabajo de 2008, “Los términos de intercambio y el cambio tecnológico”, demostré que lo que baja más rápido de precio son precisamente los bienes manufacturados. Por la misma cantidad de dólares, las computadoras ofrecen el doble de capacidad de cómputo cada dos años. En cuarenta años, el precio de la capacidad de cómputo cayó el 99,9%. Cosas similares ocurren con los demás bienes, sea la cantidad de píxeles en las cámaras fotográficas. O las hectáreas cosechadas por hora de trabajo de una cosechadora. 

Basta observar un teléfono celular (portátil), para comprender que hoy en día este artefacto reemplaza no sólo al teléfono fijo, sino también a la cámara de fotos (y hoy es digital, sin necesidad del costo de la película), a una radio, televisión, linterna, una computadora con acceso a Internet, un GPS, agenda, grabador de voz, etc…

Incluso hoy tenemos una cantidad de bienes novedosos que se brindan a precio cero, como las llamadas internacionales gratuitas a través de Skype, los videos en Youtube, la comunicación multidireccional a través de Facebook, Twitter o Instagram, o una enciclopedia muy superior a la tradicional Británica, diccionarios, cursos de educación de todo tipo, conferencias, etc. 

Tan abrumadora es la evidencia empírica como la teórica: Cuando Argentina hizo la revolución de 1810 para comerciar libremente con Gran Bretaña, los argentinos tenían un 40% del PBI de un inglés, y para 1908 logramos alcanzarlos, es decir, que crecimos el doble de rápido. Ver www.gapminder.org/world (Es sorprendente que Prebisch no se haya percatado de este fenómeno).

Un caso más cercano en el tiempo es el de China que permaneció cerrada desde 1800 a 1979 creciendo prácticamente nada en términos de PBI per cápita. Y cuando se abrió al comercio y al los capitales extranjeros en 1979 era 30 veces más pobre que EE.UU. Tres décadas más tarde cerró la brecha a 5 veces y sus tasas de crecimiento son las más altas del mundo. 

Lo abrumador de las ventajas del libre comercio se ven claramente para los consumidores que recibirían bienes de la mejor calidad y al precio más bajo del mundo. Pero también para los trabajadores, dado que los países más abiertos, no poseen mayor desempleo y además tienen las mayores mejorías en los salarios y mayor crecimiento económico.  

El costo de la apertura es que la industria ineficiente o bien se transforma o bien desaparece. Por eso es natural que esas industrias hagan lobby para proteger su statsus quo que les permite mantener sus ganancias sin necesidad de esforzarse y disminuyendo los riesgos a costa del resto del país. 


Los Tratados de Libertad y Comercio son la respuesta que ha encontrado la política, donde en lugar de liberar todo el comercio de un día para el otro, se buscan caminos intermedios y se da tiempo a los industriales para invertir y firmar convenio con sus contrapartes internacionales para ir abriéndose a la competencia en plazos que pueden ser entre los 3 y los 7 años de acuerdo a las complejidades de cada sector. Pero este camino debe comenzar lo antes posible.


http://www.eseade.edu.ar/files/riim/RIIM_48/48_8_etschebarne.pdfEntonces


* Agustín Etchebarne es economista y director general de la Fundación Libertad y Progreso

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