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Opinión

Lo que el Nobel de Economía puede enseñarnos a los argentinos sobre pobreza

El lunes 12 se otorgó el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel (lo que se conoce como el Nobel de Economía) y el premiado fue Angus Deaton, un economista escocés que se dedica a estudiar, entre otras muchas cosas, temas relacionados con la pobreza, el ingreso y cómo estas variables son medidas, siendo un precursor en muchas de las modificaciones que se fueron haciendo a lo largo de los últimos años.


De que la pobreza es un problema mundial, no hay dudas, pero sí hay dudas de qué se considera pobreza y, entonces, cuántos pobres hay. El problema de no saber cuántos pobres hay es que, al no saber la magnitud de un problema, es muy complicado pretender saber cómo encarar una solución. A esto se dedica Deaton: a sofisticar las mediciones de pobreza. 


Las mediciones de pobreza se hacen, especialmente, de dos maneras: Con una línea de pobreza o de forma multidimensional. La primera consiste en fijar un umbral debajo del cual se considera que una persona está sufriendo una privación (no necesariamente de ingresos, aunque es la más usada). Esta línea puede fijarse en términos absolutos (un cierto monto de dinero que represente el costo de adquirir una determinada cantidad de calorías) o relativos (el 60% de la mediana de los ingresos de una población). La segunda se basa en medir más de una dimensión de la vida de una persona y no solo los ingresos. Es decir, medir la calidad de vida como un todo y no solo el poder adquisitivo.

Si bien ambas tienen importantes problemas y no hay una metodología perfecta, la enseñanza de Deaton es que, sí o sí, la pobreza debe ser medida y en eso es en lo que él dedicó su carrera, para que las mediciones sean lo más exactas posibles, considerando las variables que deben ser medidas y teniendo en cuenta las limitaciones de cada forma. En una de sus clases en las que explica a grandes rasgos los problemas de las mediciones en base a una línea, para mostrar que sí debe medirse la pobreza, busca explicarlo por el absurdo al sugerir negar la pobreza. Es decir, si no se puede medir perfectamente, cualquier aproximación es peor que nada.

Esto nos lleva al caso argentino, donde la pobreza no es relevada oficialmente desde hace casi dos años. En el último registro, que está viciado de cuanto problema Deaton ya advirtió, se hablaba de 4,7% de pobres. Con el tiempo, estos pobres desaparecieron y se llegó a decir que estimar la cantidad de pobres es estigmatizarlos. El hecho de que no existan registros oficiales de pobreza permite inferir la verdadera importancia que se le asigna a este problema. Lo mismo pasó con la inflación.

Por suerte, con mayor o menor precisión, universidades privadas, sindicatos y centro de investigación han suplido esta falta a partir de datos propios. El problema aquí es que solo el Estado Nacional tiene la escala necesaria para realizar una medición apropiada, por lo que las privadas pierden un poco de fuerza. Sin embargo, como todas están en un rango cercano y no son cercanas ni ideológica ni políticamente, se puede pensar que están en lo cierto. Por citar una, la UCA registró un aumento en el nivel de pobres bajo una medición con línea de pobreza absoluta alcanzando un 28,7% en 2014. Cuando la medición se completa y se amplían las dimensiones (imitando la metodología utilizada en México), la pobreza sigue mostrando un aumento en los últimos años pero hasta 24,7% desde un 22,2% en 2011.

En definitiva, formas de medir pobreza hay muchas y todas presentan alguna imperfección. El desafío entonces, es ver cómo se superan estos problemas. Deaton se dedica a eso y a dejar en claro que la pobreza debe ser medida de la mejor forma posible, aunque nunca es perfecta. En Argentina, nos tomamos la ironía del último Nobel muy a pecho y decidimos esconder la basura debajo de la alfombra, ocultando los pobres. Así, es muy difícil que se pueda solucionar el problema. Midamos pobreza, después vemos cómo se mejora la medición, pero midamos.


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