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Opinión

Mujeres en empresas de familia: la rayuela que une el hogar con los negocios

Por Laura Gaidulewicz


La empresa de familia ha sido un ámbito donde la mujer pudo desplegar, de maneras más o menos visibles, sus capacidades para llevar adelante un negocio. En este sentido, ha sido una oportunidad para muchas de desarrollar un proyecto que trascendiera las tareas del cuidado doméstico y la crianza de los hijos. No obstante, la desigualdad de género de manera más o menos sutil atravesó y sigue atravesando muchas de sus prácticas. 

Has recorrido un largo camino, muchacha…

La presencia de la mujer en las empresas ha ido creciendo, sobre todo, a partir de las guerras mundiales que signaron el siglo XX. Pero el aumento de la participación en el mundo del trabajo reprodujo las brechas de género imperantes en la sociedad. Así, las mujeres siguen aún siendo minoría en los puestos de decisión, concentran su actividad por fuera de las áreas “core” de los negocios, reciben una menor paga que sus colegas hombres por puestos de igual responsabilidad y tienen una incidencia escasa en la agenda de las innovaciones tecnológicas y científicas. 

Por otro lado, la participación de la mujer en la actividad económica se realizó sin una redefinición de roles en la familia moderna, lo cual implicó que a las tareas de cuidado se le sumaran las nuevas responsabilidades fuera del hogar. Aún hoy en día las mujeres tienen que justificar por qué quieren trabajar y sus ingresos son vistos como una contribución a la economía familiar en caso en que los ingresos del hombre no permitan financiar la calidad de vida que desean. 

Aún quienes manifiestan valorar la independencia económica de la mujer, muchas veces lo hacen desde el punto de vista de la relación con el hombre. “No depender de un hombre” es lema más usado por sobre el legítimo derecho a desarrollar a pleno un proyecto personal acorde a sus deseos y ambiciones. 

En este contexto, las empresas familiares han sido y son una oportunidad única para el desarrollo de la mujer en nuestro país, permitiendo en muchos casos su empoderamiento social y económico. En gran parte, desde mi punto de vista, el fenómeno estaría vinculado con el marco legal de las herencias y sucesiones, que establece límites a la herencia por testamento y prioriza los herederos forzosos (aquellos que no pueden ser privados de la herencia: los hijos, cónyuge y padres de la persona que fallece). 

Así, aún en las empresas fundadas exclusivamente por hombres, cuando la empresa tuvo voluntad de continuidad en manos de la familia de sus fundadores, las mujeres aparecieron tarde o temprano como dueñas, aún cuando no trabajasen en ellas. Esta cuestión abrió importantes oportunidades a muchas mujeres que vieron en la empresa familiar un terreno fértil para desarrollar su proyecto personal en el que en cierta medida el derecho a la toma de decisiones relativas al negocio estaban garantizado por su rol de accionista. 

El salto de la cocina a la oficina

La presencia de mujeres liderando empresas familiares se dio frecuentemente a partir de situaciones no buscadas sino por la ausencia de otros que pudiesen hacerse cargo del negocio. En muchos casos, esta situación fortuita permitió que estas mujeres desplieguen al máximo su potencial de liderazgo y su capacidad emprendedora. En nuestro país, el caso de Amalia Lacroze de Fortabat ha sido emblemático.

Pero también la presencia “forzosa” de las mujeres en la empresa de familia abre el terreno a conflictos más o menos solapados que atraviesan generalmente tanto la empresa como la familia y que están originados en las expectativas y estereotipos de género, los cuales al ser naturalizados, son aún más difíciles de analizar y de remover. 

La participación de las mujeres, más allá de lo que fija la ley, da cuenta de desigualdades de género a la hora de los procesos de toma de decisiones, de planificar la sucesión y del tipo de involucramiento que mantienen con el negocio.

La mayor parte de las empresas familiares han sido fundadas bajo la influencia de la estructura familiar moderna. Fundadas habitualmente por un hombre, la familia se constituyó a partir de su rol de proveedor y líder del negocio, y una esposa dedicada al cuidado del hogar y de los hijos. En muchos casos esta división de tareas fue clave para el desarrollo de la etapa emprendodora, en la que las tensiones financieras y emocionales que conlleva fueron sobrellevadas a partir de una mujer que actúa como amortiguador, acompañando también el día a día para que el emprendedor pueda focalizar el 100% de su enegía en sacar a flote el negocio. 

Muchas veces, estas mujeres colaboraron activamente en esta etapa aportando trabajo o capital. Aún así, este rol que desempeñaron en muchos casos las mujeres como fundadoras queda invisibilidado, en un segundo plano; o desvalorizado en términos económicos y sociales, cuestión que sale claramente a flote en los relatos de la empresa en relación con sus orígenes; o al momento de un divorcio, en el que este aporte no queda materialmente reconocido o contemplado. 

Las empresas familiares, en este sentido, no han quedado habitualmente ajenas a los roles del trabajo y la familia que están instaurados en nuestras sociedades y los futuros herederos han sido educados en esta matriz cultural que va a atravesar la empresa al momento de definir la continuidad. 

Si bien no existe la primogenitura en nuestro país, se “naturaliza” que sean los hijos varones mayores quienes asuman la continuidad. La preferencia por los hombres en la elección de las posiciones de decisión también se da en la empresa familiar, bajo la premisa que las mujeres no podrán poner el foco en la empresa ni dedicarle el tiempo que demanda a la hora que decidan formar una familia. Y en estos casos, aún cuando se trate de mujeres preparadas para ejercer esas posiciones y con ambición de hacerlo, muchas veces no se dan ellas mismas la oportunidad de pensar qué es lo que verdaderamente quieren para sus vidas o cuánto de sus decisiones están atravesadas por los mandatos familiares y sociales. 

Es que en las empresas familiares, el costo de “revelarse” de dichos mandatos, se vive con mayor miedo y culpa, en tanto implica no sólo herir o defraudar a la familia sino también poner a la vez en jaque las decisiones de quienes están liderando la empresa.

Pero aún en los casos en que las mujeres de la familia elijan no participar activamente de la gestión del negocio, estimular su participación a nivel de gobierno de la empresa, en su rol de propietarias, es fundamental. El tener una mirada del negocio no involucrada en el día a día puede constituir un aporte fundamental en la toma de decisiones estratégicas que muchas veces queda invisibilizado en charlas informales o conversaciones de almohada. 

En las familias en que los hombres han sido los principales motores del negocio, las mujeres han adoptado en general un rol clave respecto al mantenimiento de la comunicación y los vínculos, además de ser soporte emocional para quienes están presionados por las tensiones propias del negocio. Para ello han sido principalmente educadas desde que nacieron, como los hombres para trabajar y ganar dinero. Estos modelos de rol están cada día más resquebrajados, aunque siguen dando batalla filtrándose en nuestras palabras y acciones de manera más o menos sutiles. Es tiempo de repensar la familia y la empresa, y la empresa familiar es un nudo central de esta trama.

A seguir caminando, muchachos y muchachas…

Hoy en día el desafío que trae el debate sobre la igualdad de género es principalmente repensar los roles de hombres y mujeres tanto a nivel de la familia como en el ámbito social, económico y político. 

Por otro lado, la multiplicidad de formas que adoptan las familias hoy en día plantean nuevos desafíos cuando deciden emprender o mantener una empresa en el tiempo en manos de las generaciones venideras. Estamos asistiendo a un profundo cambio en relación con la composición de las familias que está impactando inexorablemente en las empresas familiares, en las que los herederos pueden tener diferentes padres, puede haber hijos concebidos sin un co-progenitor reconocido o los matrimonios pueden estar conformados por personas del mismo género. 

Las empresas, por su parte, enfrentan mayores dificultades para sobrevivir y quienes participan en ella deben poder hacerlo aportando su capacidad y compromiso en donde mayor valor crean. Los linajes y jerarquías familiares no deberían ser un obstáculo para el negocio ni poner en jaque dicha supervivencia. 

El debate por la igualdad de género, como decíamos, implica vindicar el derecho de cada ser humano a elegir su proyecto de vida, más allá de los mandatos y revisar nuestras organizaciones e instituciones de cara a ello. En las empresas familiares, la incorporación de nuevas generaciones es una oportunidad única para que cada uno de sus miembros pueda elegir, poniendo sobre la mesa lo que puede, quiere y sabe aportar, más allá de mandatos, prejuicios y condicionantes. Sólo así podrán superar la cultura del linaje y recrear el propósito de la nueva generación. 

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Columnista