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Especial de la Semana

Neurociencias e Inteligencia emocional en las escuelas

Tanto el comportamiento físico, como emocional de todo estudiante se manifiesta a diario en el marco de las prácticas educativas. Esto permite al docente reconocer dificultades y establecer los mejores contextos para el desarrollo del proceso de enseñanza y aprendizaje.


El maestro, profesor o tutor forma parte directa del entorno del alumno, es así que sus actitudes y decisiones, contribuyen a desarrollar las potencialidades de cada educando y reforzar el sentido de pertenencia al lugar que ocupan y con el grupo que los acompaña.


Trabajar los vínculos y el respeto son piezas fundamentales en la formación. El educador que trabaja con ejemplos, despierta el área del cerebro que contiene las neuronas llamadas “neuronas en espejo” que se manifiestan copiando acciones de otros.


El trabajo en clase debe experimentar espacios de relajación y búsqueda del bienestar del grupo. La actividad física oxigena el organismo, disminuye las situaciones de estrés y por ello permite al cerebro alcanzar una relajación efectiva que promueve luego una mejor “escucha activa” por parte de los alumnos.


Las mayores emociones o respuestas guiadas por los sentimientos, hacen referencia a situaciones que nos son relevantes para la vida. Hechos que le dan significancia a nuestro contexto, nos permiten relacionarlo a otros contenidos y así estimular nuestra memoria a largo plazo. Presentar actividades que promuevan y relacionen nuevos saberes, permiten que esta capacidad de recordar un concepto y relacionarlo, genere una adaptabilidad a los nuevos desafíos.


Todas las emociones están así un ciento por ciento involucradas en los actos de enseñanza. Cada actividad que esta acompañada por diversos estímulos y sensaciones, aumenta el interés y el compromiso, generando diversas formas de acción. En educación, si bien trabajamos siempre pensando en el futuro, las acciones deben ser claras y propuestas a un tiempo presente, para que de una forma u otra sean reales y concretas.


La actividad cerebral presenta un modo de trabajo positivo con cierto nivel de tensión. Es así que el desafío actúa en muchas ocasiones como un gran motivador. Los resultados de la tarea cumplida generan un aumento de la autoestima y la confianza en sí mismo, promoviendo el concepto de eficacia, a través del placer que genera “el sentir que muchas metas son posibles de alcanzar”.


De esta manera, la capacidad de trabajar en el grupo, pero reconociendo que cada estudiante es único, que tiene tiempos de maduración que le son propios, memorias, experiencias de vida y talentos, entre tantas otras características; conducen a este, a comprender sus individualidades, la forma en que ellas afectan a su entorno y las posibilidades diarias, de elevarlas a su máxima  expresión.


*Mariana Ciceri es periodista especializada en educación y nuevas tecnologías.

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Columnista