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Opinión

No esperemos más a Godot

Por Alejandro Fidias Fabri


El presente argentino no me angustia, me espeluzna. Estoy ansioso por ver en setiembre la obra “Esperando a Godot” de Beckett en el Teatro General San Martín. Esta es una obra fundacional del teatro del absurdo. Presagió nuestra actualidad: no hay una lógica causa y efecto (puedo llegar a robar pero no iré a prisión); hay una transformación repentina del personaje (por ejemplo, un político que lidera causas sociales, de pronto termina robándole al país y a los ciudadanos); hay una intensificación progresiva del sinsentido (por ejemplo, llegar al absurdo de utilizar virginales cuadernos Gloria para anotar el camino de la corrupción); hay una inversión del principio de causalidad (por ejemplo, más roba un político, más popular es, más lejos está de ir a la cárcel);  los dichos sinsentido demandan mayor sinsentido y la comunicación es incomunicación (por ejemplo, cualquier declaración de un político). Y pareciera que no registramos que esperar a Godot es esperar una salvación que está en cada uno de nosotros.

Se podría llegar a pensar en una doble moral entre los Panamá Papers del actual gobierno y los cuadernos Gloria del gobierno anterior. También en la doble moral de un encuentro entre Cristina y Moyano. Pero en realidad no hay una doble moral, hay una única. En el caso de Cristina y Moyano es el encuentro de dos personas con un mismo código -y exprofeso no digo con una misma moral. Es la contracara de una educación moral: si elegís no drogarte y vas a estudiar a una escuela pública para ser una mejor persona corrés el riesgo de morir por una explosión de gas; si buscás el atajo de la corrupción del poder político y el sindicalismo, el riesgo máximo es pasar unos años en una cárcel VIP. Pero es posible que piensen que aun así van a tener aire acondicionado, TV y celular. Y hasta es posible que después de tan “degradante” experiencia vuelvan a tener el poder(ío). Pero nunca van a salir de la propia prisión de (in)moralidad desde la cual van a comandar a personas (o secuaces) que se obnubilen con su poder(ío); nunca van a ser dueños de sí y, no van a conocer el verdadero señorío. El señorío de uno consigo mismo.

El encuentro de Cristina y Moyano en una foto, dos archienemigos del poderío, es el encuentro desde el lugar común de dos personas que han decidido en su vida (in)moral servirse del pueblo en beneficio propio. Y a veces, una foto logra lo que el infierno del Dante no hubiera logrado. Porque Dante se habría arrancado los pelos pensando en cuál (o en cuáles) de todos los círculos del infierno los habría puesto: traición, corrupción, robo, asesinato, engaño, abuso…

Recuerdo que en mi infancia uno de los momentos más gratos era el de comprar cuadernos para la escuela. Este instante era seguido por algo mejor: la ceremonia de forrar los cuadernos con papel araña color azul y de confeccionar y colocarles las etiquetas. ¿Con qué objetivo? Si bien todos pasábamos por las etapas de querer ser bomberos, astronautas, maestros, nuestro objetivo final era ser presidente. Y cuando hablo de ser presidente hablo de ser ejemplos morales. Esta época que nos toca sí ha puesto luz en que se han derruido simultáneamente el papel o la idea del presidente honesto y ejemplar junto con lo impoluto de un cuaderno de escuela. 

Y esto no corresponde solo al poderío político, también a los privados. Podremos encontrar a una empresa como Techint, supuestamente modelo deseado por los jóvenes profesionales para ingresar a trabajar, involucrada en la “ruta de los cuadernos”. Podremos ver a esta misma empresa con presumibles actos de corrupción llevando la antorcha en el mundo del arte desde su Fundación Proa. Y así encontraremos que el arte que debiera develar los aspectos oscuros de una sociedad termina estetizándolos. Podremos ver escuelas que explotan por pérdidas de gas y personal involucrado con la educación que muere, y terminan siendo aprovechados por poderes sindicales y políticos. Podremos ver personas que hacen declaraciones en los noticieros sobre estos cadáveres, y solo buscan sus diez minutos de fama. Podremos ver mucho más. Pero estaremos ciegos de lo que verdaderamente hay que ver. Hay que ver que la sociedad está atravesada por esta doble moral. Y esta doble moral es simple: ya no hay nada que esconder, estamos en la era de que lo importante es figurar, los demás no importan, el otro no existe, el mal tampoco. Una suerte de wandanerización social.

Pero no todo está perdido. En un contexto argentino de incoherencias y absurdos se vislumbra una oportunidad: los hijos de los corruptos y los ladrones van a buenas escuelas. Es como si los padres sospecharan que hay un camino ético y que sus hijos lo deben seguir. Es como si sospecharan que sus atropellos y violaciones tienen una carrera corta. Es como si sospecharan que a sus hijos deben educarlos porque no podrán continuar robando como ellos. Es como si precomprendieran los reconocidos versos del poeta alemán Hölderlin: “Pero donde está el peligro, /crece también lo que salva…”. Es como si precomprendieran que está en nosotros los ciudadanos el buscar y construir un futuro mejor, y que en este futuro no hay lugar para personas como ellos. O mejor, este futuro solo puede ser construido sin personas como ellos.

Y para cerrar, frente a situaciones tan incomprensibles como las que estamos viviendo, quizá solo el teatro del absurdo nos ilumine en el camino a seguir: el ver la parodia del absurdo nos evitará la tristeza de tener que vivir en el absurdo. Supuestamente Godot es una salvación que nunca llega, no esperemos más a Godot. Godot es cada uno de nosotros en nuestros actos morales.

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