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Opinión

Pausa en la recuperación

Por Esteban Domecq

Tal lo esperado, el estimador mensual de actividad económica (EMAE) difundido por el INDEC de marzo no trajo buenas noticias en materia económica. El aumento de la volatilidad cambiaria y la aceleración de la inflación de febrero y marzo pasaron factura limitando el intento de dejar atrás la fase recesiva. Esto refleja el grado de vulnerabilidad que acarrea nuestra economía tras muchos años de acumular desequilibrios. Ahora bien, en un contexto tan convulsionado por la situación económica y sobre todo por el escenario político, es importante observar con claridad y frialdad lo que esconden los números y los indicadores.

El “desplome” de la actividad económica, que muchas notas mencionan constantemente, se dio específicamente en el segundo trimestre del 2018. La importante sequía y la posterior corrida cambiaria provocaron en ese trimestre una entrada a la recesión que fue muy rápida y, a su vez, muy violenta. En términos desestacionalizados, la economía cayó 4,7% ese trimestre, siendo la contracción trimestral más importante de todo el periodo de estanflación que ya lleva ocho años. Y no es para menos. En el 2012 la recesión fue consecuencia también de una sequía. En el 2014 y 2016 producto de las respectivas devaluaciones de cada año. El año pasado fue por una combinación de ambos fenómenos. Esto explica parcialmente porque este episodio es más severo que los anteriores.

Para tener una mejor noción de la magnitud de dicha contracción, basta con observar las variaciones de los cinco trimestres que ya lleva esta nueva fase iniciada en el primer trimestre del 2018: -0,3%, -4,7%, -0,3, -1,2% y -0,2%. Podríamos decir, coloquialmente, que la economía cayó siete escalones, cinco de los cuales fueron en el segundo trimestre del 2018. Con esta caída, es de esperar, lógicamente, que todas las comparaciones interanuales que se hagan estarán arrojando valores muy negativos, lo cual no implica necesariamente que la actividad se encuentre aún en caída libre. Muy importante para tomar decisiones en función de cómo viene el ciclo.

Obviando las variaciones interanuales, los datos mensuales desestacionalizados muestran que la economía habría tocado fondo en noviembre 2018. A partir de entonces, había mostrado tres subas mensuales consecutivas: diciembre +0,4%; enero +0,5% y febrero +0,1%. La esperanza de haber comenzado la fase de recuperación radicaba en esos números. No obstante, este último dato del EMAE de marzo (-1,3% sin estacionalidad) confirmó claramente una pausa en el sendero de recuperación, lo que llevó al recalibramiento de la política fiscal y monetaria que vimos en las últimas semanas.

Cuando se analiza la magnitud y la duración de cada una de las recesiones, la actual situación nos muestra que la contracción sería de 6,4% acumulado a lo largo de cinco trimestres. Poniéndolo en perspectiva, en los tres episodios anteriores la contracción había sido del orden de la mitad. Pero en la crisis de las subprime del 2008, la caída fue de 10,2% en tres trimestres, y en el fin de la convertibilidad la actividad acusó un derrape total de 20% acumulado en 15 trimestres. Muy lejos estamos de esos episodios.

La actual situación está manifestando claramente una agudización del escenario de estanflación en el cual estamos atrapados desde el año 2011, agudización explicada porque el fenómeno cambiario fue mucho más importante. Pero la dinámica de este proceso es la misma, solo varía en cuento a la intensidad. Dicha dinámica se puede apreciar visiblemente en la evolución de muchas variables económicas: el nivel de actividad, la tasa de inflación, el tipo de cambio real y en la evolución del salario real, entre otras.

El 2011 es el año en que finaliza el alza del precio de los commodities y donde se agota el modelo económico anterior producto de la asfixia fiscal sobre el sector productivo. Desde entonces venimos pateando los problemas y, a pesar de algunos avances vía gradualismo, la economía siguió acumulando importantes desequilibrios macroeconómicos, principalmente en el frente fiscal y el externo. Fue recién a partir de la crisis cambiaria (de balanza de pagos), de la pérdida de financiamiento del año pasado y del posterior acuerdo con el FMI, que la gestión comenzó a equilibrar las cuentas.

En este marco, la actividad seguirá intentando iniciar en estos próximos meses una nueva fase de recuperación en el frente real, atravesado probablemente por una mayor inestabilidad en el frente financiero fruto de la incertidumbre del ciclo electoral. Esperemos que esta agudización del escenario sirva para tomar impulso, terminar de normalizar la macro y romper finalmente con el estancamiento económico.

(*) Director de la consultora Invecq

Columnista