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Opinión

Prisioneros del Pasado: de memorias y olvidos

Por Patricia Faur

Algunas personas quedan ancladas a su pasado con un estado de melancolía que los paraliza. Un trauma que no se pudo elaborar, la mirada puesta en las pérdidas, un viejo amor idealizado, antiguos miedos que no se superan, mandatos que te condenan. Otras, remontan sus heridas y reescriben sus vidas.

Una escena que se repite en tu cabeza, un aroma, una voz, un nombre. Retazos de vida que dan vueltas por tu alma y despiertan tus emociones. Preferirías olvidar algunos, repetir otros. Pero allí están, vuelven, insisten. Y algunas heridas no cierran: abandonos, abusos, peleas, pérdidas.

Quienes crecieron en familias disfuncionales viven con una vergüenza que no les pertenece. Se hacen cargo de la vergüenza que otros debieron haber sentido. Y así viven, tratando de ocultarse de sí mismos.

¿Qué vamos a hacer con esas heridas? ¿Vamos a permitir que nos atormenten toda la vida? Porque no se trata de decir “¡basta!” y que desaparezcan, eso no ocurre. Por el contrario, ya sabemos desde el principio del Psicoanálisis que es necesario recordar para no repetir. La posibilidad de ponerle palabras a una historia de angustia es lo que permite elaborar y procesar un recuerdo para que se olvide, o bien para que se recuerde de un modo menos doloroso.   

Hay distintas memorias. La memoria del trauma es una memoria sin palabras, es la memoria de la angustia, del dolor lacerante, la que no se puede contar. Por eso no se puede olvidar.

Las heridas infantiles que no se olvidan llevan, muchas veces, a repetir ese dolor en el presente. Parejas tóxicas, problemas en los vínculos con los hijos, miedos y tristezas inexplicables y algo que se parece en mucho a una condena de infelicidad. “No vas a poder “, “te vas a quedar sola”, “siempre vas a ser un fracasado”, “el amor no existe, siempre te van a abandonar”.

Mantras de la desgracia, frases que resuenan en los momentos en que te acercás a tus logros y te advierten, amenazantes, que, para vos, eso no es posible, que no traés el gen de la felicidad.

Y terminás por creerlo. Por pensar que está en tus genes, que ya está escrito.  Y así, como en una profecía autocumplida, vas por la vida buscando los actores con quienes jugar la misma escena.  Jefes que te descalifican, parejas que te ignoran, desafíos imposibles para reconfirmar que no vas a poder. Y te decís otra vez: “es mi destino, es mi historia, así está escrito.”

No. Categóricamente, no. Epigenética, Resiliencia, Neuroplasticidad. ¿Te suenan esas palabras? Todas encierran la misma idea: no todo está dicho, ni en los genes, ni en el cerebro ni en el psiquismo.

La Epigenética nos vino a enseñar que, más allá de lo que traés de fábrica por herencia- tus genes- el ambiente en el que crecés y te desarrollás termina de modelar tu psiquismo con mucho más poder de transformación de lo que puedas imaginar. Lo que te rodea, ya sea en la infancia o en la vida adulta, hará que esos genes se “enciendan” o permanezcan “dormidos”. Me refiero a todo: alimentación, vínculos, sostén emocional, sustancias tóxicas en el ambiente.  Todos esos elementos van a tener una fuerte incidencia para “despertar” o no a un gen silenciado.

El cerebro es altamente plástico. Genera nuevas neuronas, elimina residuos, fabrica proteínas. Pero también responde con igual fuerza al estrés, al dolor y al trauma. En este caso mueren neuronas, se apaga, se empobrece.

La Resiliencia es nuestra capacidad para transformar las heridas luego de un trauma. No se trata de poner el pecho, de ser fuerte, resistir, levantarse una y otra vez al mejor estilo del héroe americano.  Eso es resistir y puede enfermarnos. La resiliencia en cambio es hacerle un lugar al dolor, trabajar con esas heridas, comprender, darle un sentido a lo que sucedió, buscar nuevos recursos en nuestro psiquismo, encontrar personas que nos devuelvan la confianza perdida y nos permitan volver a creer. Ser vulnerables en lugar de ser resistentes. Ser realistas, pero esperanzados. Ahora es tu tiempo de lápiz y papel, de ver qué vas a hacer para encontrar otro relato para la misma historia. En suma , reescribir la historia de la vida.

* Patricia Faur, psicóloga y escritora, docente de la Universidad Favaloro. Su último libro, “Prisioneros del pasado” de Editorial Planeta.

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