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Opinión

Socorro: me olvidé el celular

“Tengo que volver a casa. No puedo estar un minuto más así, me vuelvo loco. Me genera distracción porque estoy pensando que me olvido cosas, que me pierdo cosas, que necesito comunicar, preguntar, saber.”



La llaman NOMOFOBIA, que significa “no mobile phone phobia”. El término fue acuñado en 2011 luego de un estudio que se hizo en España y que reveló que más del 50% de los encuestados sentían una ansiedad y un nivel de estrés alto cuando salían a la calle sin su teléfono o cuando se olvidaban el cargador y se estaban quedando sin batería . La sensación de aislamiento y de “abstinencia” nos hace pensar en su contrario: para estas personas , el uso del celular resultaba adictivo.

En nuestros días, la mayoría de las personas dirían que sienten la incomodidad de salir sin su celular porque el pequeño adminículo se ha convertido en una verdadera oficina portátil y es parte de nuestro cuerpo. Se trata de mucho más que estar comunicados: facilita averiguar algo al instante, buscar un sitio en un mapa, tener un GPS, hacer una cuenta, consultar el tipo de cambio. Además, permite que todos estemos al alcance del otro en todo momento. Y si no queremos, lo apagamos un rato. Pero tenemos la opción.

No obstante, algunas personas llenan sus días, calman su angustia, su vacío o su aburrimiento y montan una vida en función de esta “conexión”. De manera similar a cualquier otro adicto a un comportamiento (al sexo, al trabajo, a las compras) utilizan el celular como una droga. Y cuando no lo tienen sienten mucho más que la incomodidad. Se sienten  vacíos y con un nivel de ansiedad comparable al síndrome de abstinencia de una sustancia.

Según investigaciones, el Smartphone es consultado unas 200 veces al día en promedio. Desde la mañana y aún en medio de la noche, surge la imperiosa necesidad de saber “qué pasa”: mensajes, WhatsApp, Instagram, notificaciones por Facebook o Twitter, más las noticias, estar actualizado, buscar datos o simplemente saber la temperatura.

Un cerebro que no descansa

El estado de “hiperconexión” genera la sensación de que nunca hay descanso. No hay fines de semana ni vacaciones. El trabajo se continúa en un circulito rojo y dos tildes azules.Y es como cualquier adelanto tecnológico: el problema no es el “smart”, el problema es lo que hacemos con él.

Su uso excesivo impide la concentración en algunas tareas y trae algunos conflictos en la comunicación vincular. Aún no tenemos demasiada evidencia científica de los problemas que implica para nuestro cerebro el hecho de ser “multitasking”. Hacer varias tareas a la vez, estar escribiendo un mail mientras se habla por teléfono o  chequear las redes mientras se mantiene una conversación generan una “fatiga en nuestra red neuronal”.  De hecho, no estamos “compartiendo “ tareas. Nuestro cerebro “salta” de una a la otra porque no puede hacer las dos a la vez. La consecuencia es que puede haber más errores, menos concentración y más fatiga. La dificultad no parece ser la “sobredosis de información” sino la pérdida de control: querer saberlo todo, leer todo, actualizarse al instante. Todos los diarios del mundo en tu cabeza al mismo tiempo.

Neuroplasticidad tecnológica

Habrá que esperar. El “Smartphone “ tiene unos jóvenes diez años y nuestro cerebro una enorme capacidad de adaptación. El hombre primitivo carecía del lóbulo prefrontal que nos permite hoy coordinar funciones cognitivas de complejidad y jerarquía . Quizás, en los años por venir, el desarrollo cerebral haya incorporado la habilidad para hacer varias cosas a la vez sin desgastar el sistema. Tal vez, el cerebro pueda, rápidamente , seleccionar lo esencial y descartar lo accesorio.

No obstante, por ahora y por fortuna, nada reemplaza la cálida sensación de mirarse a los ojos, sentir el perfume de los azahares o la emoción de un abrazo. 
Así que te propongo: hacé espacios y tiempos libres de tecnología; el tiempo parecerá detenerse y la vida tendrá, por un rato, sabor a eternidad. 

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Ahora bien, cuando uno viaja en colectivo o subte y ve a las personas como mónadas incomunicadas y, extasiadas operando aceleradamente sus dedos sobre sus celulares, pareciera más tratarse de zombies que de superhombres. ¿Será entonces una etapa de superación del hombre o de mayor idiotización? Porque efectivamente uno se llega a preguntar si no se trata de víctimas pasivas y encantadas de un suprasistema tecnológico que lenta y prolijamente va disciplinando a deseosos y ...

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Columnista