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Opinión

Somos un simulacro de comunidad

Por Alejandro Fabri

Tomo de Kant una frase latina que él mismo tomó de un predecesor: “Fiat iustitia et pereat mundus”, que se dé la justicia y perezca el mundo. Con esto quiso decir que un mundo sin justicia -o sin verdad- no es un mundo habitable. Es mejor que ese mundo injusto perezca y si puede surgir uno mejor, que surja. Y si no, no. Encuentro que cada ámbito en el cual ingreso es un ámbito de simulacro de la precarización, de la injusticia y de la pobreza moral y económica. Es como si el mundo de las redes se hubiera traspolado al mundo real: que parezca que todo anda bien y que como comunidad vamos en la senda correcta. Manda el discurso desarraigado o la imagen desarraigada. Qué hay por debajo de este discurso o de esta imagen: la nada misma, la incertidumbre, la desazón, la falta de esperanza, la falta de expectativa, la falta de comunidad. Es como si todas las narrativas y el afecto por el prójimo se hubieran derrumbado y llegado al caracú, y en esta instancia solo se tratara de alcanzar un mero objetivo animal bajo el simulacro de uno superior humano: adherir a la preservación de la especie, desconociendo toda trascendencia que vaya más allá de ella. Digamos, un objetivo que en esencia no diferiría del de las cucarachas. Y esto con todo respeto por las cucarachas.

Vamos a poner algunos ejemplos. Hace poco un joven en sus treinta me preguntó cuál fue mi actitud en la época de los desaparecidos. Intenté explicarle que la verdad que hoy conocemos no nos era dada a todos en el momento y que los ciudadanos comunes no necesariamente estábamos al tanto de la gravedad de lo que ocurría. Por supuesto desde el hoy lo repudio, pero en el ayer yo estaba adentro de una pecera ideológica con un pensamiento direccionado por los medios, y carecía de un pensamiento crítico. Y como este joven no comprendía mi explicación, le hice una analogía: hoy caminás por la calle y pasas junto a personas que están durmiendo en la calle tapadas con cartones o frazadas, y lo tomás como parte del paisaje. Si la humanidad evolucionara a un estadío superior es posible que dentro de treinta años algún joven te pregunte qué hacías vos en una época en que estaba naturalizado ver a personas abandonadas durmiendo en la calle. Y preguntate cuál será tu respuesta.

Vamos a otro ejemplo. Si bien no tengo aún las condiciones, se me ocurrió prepararme para la etapa de la jubilación. Ingresé en la página del ANSES y seguí las instrucciones para llegar a …ningún lado. O sea, los pasos virtuales son inconducentes. Como segundo paso fui a una oficina del ANSES siguiendo las instrucciones virtuales (en el caso en que la gestión virtual hubiera fallado, que es lo que efectivamente ocurre): presentarse solo con el DNI. Madrugué y luego de atravesar el embudo de personas, llegué al patovica distribuidor de gestiones. Ante mi pregunta su respuesta fue “tiene que traer DNI y fotocopia del DNI”. Pero la página web no especificaba la necesidad de la fotocopia. Volví al día siguiente con la fotocopia. Nuevamente al embudo de personas. Y para llevarlo al terreno lírico me imaginé que en la entrada del ANSES debiera haber un cartel como el que Dante Alighieri colocó en su Divina Comedia al frente del Infierno: “Dejad fuera toda esperanza vosotros que ingresáis”. Seguir describiendo los trámites y las colas inconducentes de personas de la tercera edad que me ha tocado vivir ya es algo tan destructivo como surrealista. Quizá debieran agregar una cola más al surrealismo, la de la eutanasia. O sea, si usted trabajó y aportó tres décadas y ya es un anciano y no tiene ni la voluntad ni la fortaleza para superar todas las barreras (inhumanas) que le ponemos a su esperado trámite simplificado, le ofrecemos un verdadero trámite simplificado, lo asistimos en la muerte. Y sarcásticamente me sonreí al pensar en las imágenes que nos vendían en los años 90 para adherir a las privatizaciones de las jubilaciones: personas de la tercera edad corriendo por bellísimos parques mientras disfrutaban de sus nietos. Y quizá para ser más perversos de lo que son debieran colocar una foto así en la entrada del ANSES. Extraño que no se les haya ocurrido. Y pienso en la pequeña diferencia que había entre estas imágenes de las personas de la tercera edad y las imágenes de los cementerios verdes y floridos. Y me refiero nuevamente a Kant: la única paz posible es la paz de los cementerios. Y esto lo logra la perversión humana.

Para ir cerrando desde una mirada más constructiva (o más crítica): me llamó la atención algo que dijo la Reina de Dinamarca que recientemente nos visitó. Comentó que su nieto es el primero de la dinastía que asiste a una escuela pública; anteriormente todos asistieron a escuelas privadas de elite. Y pienso en nuestra “realeza” de políticos, todos se atienden en sanatorios vernáculos de elite o en los mejores del mundo en el exterior. Y lo mismo con los lugares de estudio de sus descendencias. Y pienso en la perversión de esta actitud. Y pienso en la destrucción planificada de lo que significa una comunidad. Y no puedo pensar mucho más allá de estas actitudes perversas planificadas y de la razón de Kant, qué se dé la justicia y perezca el mundo. Y ese perecer pueda ser un renacer. Y dejar de ser un simulacro y pasar a ser. O pasar a no ser nada.


*Pintura "El grito mudo”, de Alejandro Fabri


Columnista