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Opinión

Tecnología y dinero: cuando el cliente es el mismo, pero los costos no

Por Hernán De Goñi

Es natural que en la mayoría de las sociedades la incorporación de tecnología sea entendida como sinónimo de progreso. Sucede desde hace siglos, y se potenció con la aparición de la revolución industrial: la máquina de vapor, el automóvil, el teléfono, la lámpara eléctrica, cambiaron para siempre los procesos de producción y moldearon la sociedad moderna. El ritmo de avances se volvió una progresión geométrica desde que la electrónica facilitó la computación. Y explotó cuando nació Internet y la conectividad global.
Uno de los dilemas que este progreso innegable le inoculó a la economía es la compleja convivencia de las actividades que crecieron o se expandieron apoyadas en la tecnología, con aquellas que nacieron integralmente a partir de la tecnología. Conceptos que nadie imaginaba como negocio, hoy son realidades que crecen a paso agigantado, alterando reglas de juego y sustituyendo paradigmas viejos por nuevos.
La frase "a toda empresa le llega su Uber" le introdujo a este cambio un sentido un tanto apocalíptico. El mensaje implícito era que aquellos que no se adaptaran a los nuevos tiempos, debían estar dispuestos a quedar en el camino. El surgimiento de aplicaciones que instalaron a la economía colaborativa como nuevo estándar, y la invasión de emprendimientos tecnológicos en sectores muy tradicionales como el financiero, desató una pulseada que todavía tiene a los Estados como espectadores, pero no por mucho tiempo.
Los nuevos actores están entrando por una puerta lateral, y sienten que el vacío regulatorio que los rodea les da una oportunidad única. Por eso aprovechan para dar el salto, con un respaldo intachable: inversión e innovación. Sus beneficios tienen el atractivo del bajo costo, pero algunas de las razones que lo explican no están disponibles para todos.
El mundo fintech ofrece soluciones nuevas para problemas viejos. Y eso habilita una gran oportunidad para la inclusión financiera, una histórica asignatura pendiente de la Argentina. Pero los bancos están atornillados por decenas de regulaciones e impuestos. La industria bancaria y las fintech se disputan la misma materia prima, el dinero, pero tienen costos asimétricos. Para instalar una competencia más pareja, el Estado debe bajar los incentivos a la informalidad (como el impuesto al cheque, que estimula a pagar en efectivo). Pero sobre todo debe balancear el juego: los bancos están obligados a tener capitales mínimos para dar crédito, a inmovilizar parte de los fondos que usan y a atender con efectivo su red de sucursales, un requisito que no alcanza a sus jóvenes competidores. Hay espacio para todos, y de hecho las entidades financieras también son cada vez más digitales. Lo que falta son reglas que tomen en cuenta similitudes y diferencias.

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