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Opinión

Toda crisis es un sistema de reparto de pérdidas

​La política económica está siendo objeto de severas críticas: alta inflación, recesión y desempleo. Es, a mi entender, una crítica miope. De memoria corta.

Ante todo, es oportuno recordar que la actual recesión (y el desempleo asociado), se originó hace 3 (tres) trimestres, no (1) uno, con la anterior administración. Sugiero revisar los trabajos de Ariel Coremberg al respeto. Y el régimen de alta inflación tampoco tiene 1 (un) trimestre, sino 8 (ocho) años. En consecuencia, podría acusarse al gobierno de no haber podido mitigar esta estanflación en 90 (noventa) días, pero nunca de ser responsable de su creación.

¿Por qué el gobierno no fue eficaz, hasta ahora, en comenzar a corregir estos desequilibrios? Más aún, en el corto plazo los ha profundizado. En realidad, sí los ha empezado a corregir, sólo que la salida de una crisis macroeconómica de la magnitud y complejidad de la actual requiere tiempo, y medidas impopulares. Los caminos populistas son cortos. Los caminos desarrollistas son más largos. Pero valen la pena.

¿Eligió un mal camino el gobierno? ¿Es éste un modelo inapropiado para resolver la crisis actual? En primer lugar, me gustaría resaltar que el gobierno no ha construido aún ningún modelo: no tuvo tiempo (90 días). Se ha limitado a intentar reconstruir al derecho lo que estaba al revés. Punto. Hablar de modelo tan temprano, o de “plan”, es realmente un exceso de lenguaje.

Y qué significa “al derecho”? Hacer lo que todo economista sensato decía que había que hacer a fin del año pasado, incluyendo a los economistas de los otros dos partidos de poder, R. Lavagna y M. Bein. El menú era conocido por todos: a) dado el cepo cambiario, salir de él; b) dado el fenomenal atraso cambiario, devaluar; b) dado el déficit fiscal, achicarlo lo más posible; c) dada la alta inflación, implementar un plan antinflacionario; d) dado el fenomenal atraso tarifario (12 años), aumentar las tarifas de servicios públicos.

Simplemente eso, y no otra cosa misteriosa o “neoliberal”, es lo que está haciendo el gobierno. Lo que (casi) todos los economistas sensatos de este país decían que había que hacer a fines del año pasado. Nada del otro mundo. Como se ve, el camino era casi obvio, obligado. Se pueden discutir matices. El timing de las medidas, por ejemplo. Pero no dejan de ser matices. Y habría que aclarar que las alternativas tampoco son muy felices, o menos impopulares. Por ejemplo, aumentar tarifas más gradualmente. ¿Acaso el impacto inflacionario sería diferente al final del día? Hasta me animaría a decir que sería peor: ¿un shock de oferta negativo cada tres meses es consistente con un plan antinflacionario? No te creo. Es decir, tampoco hay una alternativa claramente superadora del camino elegido por el gobierno, a veces de shock (cepo cambiario, tarifas), a veces gradual (déficit fiscal, inflación).

En segundo lugar, hay una razón de índole política para aplicar algunas medidas en forma de shock. Parafraseando a Maquiavelo, todas las malas noticias juntas (cuando el poder es grande), y las buenas de a una. Me parece una estrategia adecuada: llegar creciendo, y con la inflación bajando (“buenas noticias”) a las elecciones de Octubre de 2017. La literatura lo llama “ciclo político”.

¿Acaso alguno de estos economistas sensatos suponían que este paquete de medidas, que contaban con amplio consenso entre economistas, empresarios y oposición, no iban a agudizar en los primeros meses el escenario de estanflación pre-existente? ¿Alguien suponía que devaluar, bajar retenciones y aumentar tarifas, no iba a arrojar en marzo-abril otra cosa que no sea este duro escenario de “precios nuevos, salarios viejos”?

Dos reflexiones al respecto. La primera, toda crisis es un sistema de reparto de pérdidas. La segunda, estamos en el peor momento de la crisis. Que el árbol no nos tape el bosque.

La crítica que yo le haría a esta política económica es haber subestimado la magnitud del escenario de estanflación que generarían las medidas. Hubo, creo yo, un exceso de optimismo en el rol que las expectativas positivas jugarían en el ciclo económico. La única verdad es la realidad, la magia no ha ocurrido. ¿Cuánto durará la actual recesión? Nadie lo sabe. No mucho, pero tampoco tan poco. Las recesiones son fenómenos procesales, no puntuales. Hay fenómenos inerciales que no son de fácil reversión, las recesiones son pegajosas (“sticky”), y no se miden en meses, sino en trimestres. Difícilmente antes de la primavera veamos los primeros brotes verdes.

Ante el error de predicción, quedan dos caminos. Uno es negarlo o resignarse, y dejar que la magnitud de la recesión y del desempleo sean determinados por el mercado, una receta liberal fallecida a mediados del siglo pasado. La alternativa es hacer políticas activas para mitigar este escenario tan agudo que ha “sorprendido” al gobierno, tales como, por ejemplo, suspender la ley de quiebras por 6 meses/1 año, implementar la doble indemnización por despido, subsidiar el empleo privado, tal como muy bien hizo la administración anterior en 2009 (tal vez una de las pocas medidas eficaces de la administración anterior), implementar una línea blanda de crédito para refinanciar pasivos de las pymes, o revisar aquellos despidos del Estado que no estén debidamente justificados (los hay). Por cierto, en medio de semejante escenario privatizar el fútbol no sería la medida más feliz.

La recesión y el desempleo son dos fenómenos irreversibles: las capacidades tecnológicas y humanas que se pierden, no se recuperan al reactivarse la economía. Va un mensaje en una botella al gobierno, a quien voté y apoyo: estamos a tiempo, just do it. 

Toda crisis es un sistema de reparto de pérdidas. Las fiestas populistas suelen salir carísimas. Y llegó la hora de pagar la cuenta. El camino elegido por el gobierno es el adecuado, casi el único. Pero es posible, ante la “sorpresa” de la magnitud de la recesión, adoptar políticas específicas para mitigar el problema. El momento es ahora.


* Nicolás Salvatore, economista

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