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Opinión

Un 2016 con crecimiento, menor inflación que 2015 y mejora en el salario real. ¿Delirio o posibilidad?

En el primer trimestre del 2002, cuando se abandonó la convertibilidad y se liberó el dólar, los precios que venían en un sendero deflacionario, corrieron a una velocidad anual del 44% y se aceleraron hasta el 100% anual en el segundo semestre, en coincidencia con un dólar loco, que pasó del famoso 1 a 1 de la convertibilidad, a un nivel de $2,95 en marzo y $3,85 en julio.


Pero a partir de agosto, la divisa estadounidense se empezó a pinchar; para diciembre de ese año el dólar ya estaba a $3,40 y para marzo del 2003 había perforado el piso de los tres pesos. La apreciación continuó hasta junio, mes en el cual el billete verde promedió $2,80.


Cuando las expectativas de devaluación se transformaron en expectativas de apreciación la demanda de pesos se recompuso rápidamente, a punto tal que el agregado monetario M2 que tocó fondo en septiembre del 2002, subió en los tres meses siguientes un 15%. Por el lado real, en el proceso de formación de precios según costos de reposición, la creencia de que el dólar no aumentaría (incluso bajaría) desarmó las remarcaciones, contribuyendo a frenan la inflación. Los precios, que venían corriendo al 100% anual en el trimestre abril, mayo, junio, frenaron al 31% en los tres meses siguientes y permitieron que octubre, noviembre y diciembre terminaran con una inflación anualizada de solo 3,7%.

En coincidencia con la estabilización del dólar y el freno de la inflación, las expectativas de los consumidores, que en septiembre del 2002 estaban en el punto más bajo de la serie, mejoraron un 28% en octubre, en lo que fue la suba más espectacular desde que la Universidad Di Tella releva ese indicador de confianza, hasta el día de hoy.


En noviembre de ese año el estimador mensual de actividad económica (EMAE) del INDEC, mostró que la economía había empezado a crecer y ese último trimestre, con salarios públicos congelados y deuda en default, el Sector Público empezó a ser superavitario.


Contrariamente a lo que muchos piensan, no fue la expansión fiscal (inexistente entonces) la responsable de la recuperación, ni tampoco la frenaron los salarios reales súper devaluados, que para diciembre del 2002 estaban un 24% por debajo del nivel que tenían en el mismo mes del 2001.


El dato incipiente de fines del 2002 se consolidó en 2003, y Argentina creció un 8,7%, empujado básicamente por el consumo privado, que apuntalado por el fuerte crecimiento del empleo subió un 8,1% y por la inversión que volaba al 38,1%. El consumo público solo aumentó un 1,5% y el superávit externo, si bien se mantuvo en torno de los 15.500 millones de dólares, fue ligeramente contractivo porque el resultado comercial del 2002 había sido de 16.700 millones por efecto del desplome de las importaciones.


¿Dos momentos diferentes, pero con evoluciones similares?


No pretendo, por supuesto comparar aquella crisis con esta. Con el desempleo en el 21% y el uso de la capacidad instalada en torno al 54%, la profundidad de la depresión del 2002 luce como una caricatura de esta recesión industrial. Tampoco el dólar aumentó 285% y no tendremos el año próximo superávit fiscal.  Aunque el atraso cambiario de ese entonces era parecido al actual, no hubo en esta oportunidad ruptura masiva de contratos, ni salida desordenada del cepo.


Pero hay una notable coincidencia en el deterioro de la confianza de los consumidores producto de la devaluación y según conjeturo habrá similitud en la recuperación de las expectativas y la evolución de los precios en la medida que los agentes perciban al tipo de cambio como estable y sostenible, o incluso apreciándose ligeramente, al tiempo que los precios se frenaran en consonancia con la recuperación de la demanda de dinero que sobreviene a la caída en las expectativas de devaluación.


Ya hay indicios de que el mercado no espera una ulterior devaluación, lo cual es obvio en el contexto de un dólar libre, incluso cuando el precio de mercado no garantiza la eliminación del riesgo cambiario. Los contratos de futuros que se están negociando en el ROFEX a $13,92 para la posición marzo y 17,49 para diciembre del 2016, muestran una tasa implícita en línea con las que está pagando el BCRA en la colocación de LEBACS.


La estabilidad cambiaria ya ha permitido bajar las tasas de esas colocaciones de la Autoridad monetaria del 37,5 al 35% y según las mediciones de las consultoras privadas los aumentos de precios, que se habían acelerado desde mediados de noviembre se empezaron a frenar en la tercera semana de diciembre.


Aunque es prematuro asegurar que esta tendencia se profundizará en enero, de confirmarse permitiría recuperar la confianza de los consumidores e incluso le pondría un calmante a las paritarias del 2016.

Si en las expectativas de inflación, que también releva Di Tella y que subieron al 30% en diciembre, se refleja el freno de los precios y el dólar continua calmo, el Gobierno podría acelerar el cierre de las paritarias a marzo, impulsando el consumo del segundo trimestre, por la ilusión monetaria de los salarios nominales más altos, que se construye porque efectivamente los salarios reales subirán respecto de los que prevalecían cuando asumió Cambiemos, incluso cuando pudieran estar por debajo de los que había al cierre de las negociaciones salariales del 2015.


La clave es que, en materia de expectativas, tanto para los inversores como para los consumidores y en general para los agentes que deben decidir sus demandas de activos, no importan los valores absolutos de las variables, sino los cambios esperados y una máxima de la Psicología es que el mejor predictor del comportamiento futuro es el comportamiento pasado, máxima que aplica para el comportamiento de las variables. 


Tengamos en cuenta que no estamos proyectando un crecimiento del 8,7% para 2016, ni una inflación del 3,7%, porque el desempleo de los factores productivos no es tan profundo y el déficit fiscal se cerrará gradualmente, aun cuando se monetice menos que en el pasado reciente. Pero es perfectamente posible que la recuperación económica ocurra mucho antes que lo que la mayoría de los analistas piensan y que lo que esperábamos recién para el segundo semestre, empiece en el segundo trimestre del 2016. Si la economía comienza a crecer más pronto, los ingresos fiscales le darán oxígeno al tesoro, contribuyendo además a cerrar el déficit sin ajuste fiscal real y a quitarle presión a los precios. 


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