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Opinión

Un gran personaje con un ego infantil, ¿lo reconocen?

Éxito y poder, autoridad y prestigio no garantizan madurez ni calidad humana. Más aún, cuando alguien construye una imagen grandiosa le aparece con frecuencia el miedo a ser descubierto en sus debilidades, que disfraza con autoritarismo y arrogancia.

Y son estos personajes, tan poderosos como frágiles, los que se ven amenazados por la irrupción de su ego infantil, intolerante y caprichoso, que aparece en sus relaciones y valores, poniendo en riesgo sus logros. 

¿Y cómo reconocemos al ego infantil? Cuando desaparecen el humor, la empatía, el sentido de la proporción; cuando son frecuentes los ataques de furia, las mentiras y exageraciones, la sensibilidad a los desaires, nos hallamos ante el ego infantil. Si además la autoestima oscila de la grandiosidad y exaltación triunfal, a la humillación y la vergüenza, con ataques de pánico y depresión, es el ego adulto el que se tambalea.

Estas reacciones infantiles aparecen siempre cuando las cosas no salen como ellos quieren. 

Las frustraciones son parte de la vida, y nos pueden aparecer como una limitación física transitoria o permanente, el abandono de un ser amado, las trabas que nos impone la realidad. Pero el personaje  las considera una ofensa personal, un crimen de "lesa majestad", y así reacciona de manera desproporcionada ante los límites a los que lo someten la realidad y los otros. Una forma de tiranía, que no admite las reglas y las leyes que deben aceptar el común de los mortales. 

La furia puede volcarse sobre un socio, los empleados, el equipo de trabajo  o la pareja, con la ilusión de borrar la causa y al causante de la ofensa.

Estas conductas ponen en peligro posiciones logradas en el campo social o laboral, y la necesidad de satisfacer reclamos infantiles impide una apreciación adecuada de las prioridades y objetivos significativos. El ego infantil genera reacciones impulsivas en las que se pierde la capacidad de juicio, y fallan la reflexión y la evaluación acertada de las consecuencias de cada acción.

Toda la energía está al servicio de frenar la “hemorragia” de autoestima. Buscar admiración, ganar una apuesta imaginaria, exhibirse, cualquier acción inmediata que los saque del lugar de perdedor y los vuelva a hacer sentir ganadores y valorados. 

Es cierto que estas son reacciones inmaduras que cualquiera puede tener ante un fracaso. Sin embargo lo importante es que en un segundo tiempo, se abandonen estos mecanismos y se refuercen y estabilicen los de largo alcance. Allí se tratará de replantearse los errores, mejorar la comunicación, aceptar las críticas y reconstruir lo dañado. 

Si este cambio de perspectiva no aparece, tampoco habrá crecimiento y aprendizaje de la experiencia, es decir madurez. En ese caso la "sobredosis” de ego será una figura trágica que preanuncie el derrumbe. La compensación se hace cada vez más necesaria y como su efecto es de corta duración, la persona va abandonando otras áreas de desarrollo a la vez que resquebrajándose.

Ante la pérdida del poder o el prestigio, las personalidades narcisistas e infantiles tienden a aferrarse a privilegios mezquinos en vez de desplegar una mayor generosidad, la que les permitiría trascender y a la vez recuperar el reconocimiento y el afecto de su gente.

Cuando la pérdida de poder real invalida la eficacia de los ataques de furia, la agresión vuelve sobre sí mismo; la queja y los autorreproches reemplazan a la ira, y concluyen en el desaliento, el sentimiento de derrota y la soledad.

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