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Especial de la Semana

Vacaciones para tu cerebro


Señales de que realmente necesitás un descanso de tu trabajo:

(a) Te sentís indispensable para la organización y no podés faltar ni un instante

(b) Estás demasiado ocupado para tomar vacaciones

Ambas son expresiones del sistema cerebral que nos lleva a buscar Autosuficiencia, el que vimos en el ensayo anterior, cuando está hiperactivo. O sea, cuando trabaja de manera disfuncional.

Las consecuencias a largo plazo de las hormonas del estrés son muy nocivas para la salud. Nuestro cerebro se estresa de la misma manera ante el antiguo escenario africano de un predador frente a frente que cuando hoy día no llegamos a cumplir con los plazos de los proyectos y nos meten presión laboral. Los cambios fisiológicos en el cuerpo son semejantes: glucocorticoides y catecolaminas cabalgan raudamente por nuestro torrente sanguíneo. Sólo que los agentes estresantes de nuestra vida moderna no son ocasionales y repentinos sino crónicos y recurrentes. Así, cada ola de hormonas del estrés se superpone sobre la ola anterior y termina por no reabsorberse en nuestra fisiología.

Para ser conciso (podríamos hablar horas de esta fenomenología): si sentís (a) o (b), es porque paradójicamente tu cerebro necesita hacer una apropiada pausa, procesar las cosas de otra manera que no parezcan una amenaza, y recuperarse exponiéndose a actividades distintas. La novedad distrae al cerebro y le permite elaborar interpretaciones desde un entusiasmo diferente.

Como buen ingeniero, podría comparar al cerebro con una fábrica inmensa. La analogía me sirve para explicarte que uno habitualmente se ve tentado a suponer que el cerebro cambia radicalmente su producción según la temporada, pero no es así. ¿En invierno fabrica chocolates mientras en verano fabrica helados? No. Esencialmente, los procesos del cerebro son exactamente los mismos a lo largo de todo el año. No cambia la maquinaria. No obstante, hay cambios en la intensidad de esos procesos, que es lo que sí merece nuestra atención.

Un episodio estacional de vacaciones puede hacer que ciertos recursos cerebrales aumenten su nivel de actividad y que otros se reduzcan.

Cuando salimos de los hábitos cotidianos y abandonamos la rutina, nuestro cerebro queda más permeable a almacenar memorias nuevas. Seguramente no recordás cómo fue exactamente el momento en que compraste el último paquete de rollos de cocina, pero sí tenés presente tu visita al supermercado en ese balneario al que nunca antes habías ido. Y ni hablar si fuiste a un destino exótico: los recuerdos pueden improntarse en tus neuronas para toda tu vida. Quedan anécdotas inolvidables y memorias emocionales que pueden revivirse intensamente una y otra vez.

Sucede que tenemos un programa cerebral que podemos llamar Búsqueda de Novedad, responsable de que desde chicos sintamos curiosidad por explorar el entorno, por conocer lo que nos rodea y por diferenciar los estímulos inesperados de los ya conocidos. Te imaginarás que un programa de este tipo es súper conveniente para todos los animales y por eso lo traemos todos de origen como resultado de la evolución a lo largo de millones de años. Favorece la supervivencia.

Lo que hacemos cuando nos tomamos vacaciones es estimular dicho programa: no sólo esperamos casi todo el año pacientemente para encenderlo (fijate que las vacaciones son la oportunidad para visitar destinos nuevos y conocer) sino que también le estamos dando al programa cerebral lo que él necesita (lo estamos dejando satisfecho, proveyéndole de materias primas). Así es que el cerebro cambia su forma de procesamiento. De hecho, como conducta humana organizada, el turismo en el fondo es una manifestación sofisticada de este recurso cerebral común a todos.

En un par de ocasiones me han preguntado literalmente si en vacaciones “se altera el campo emocional”. Me parece una pregunta extraordinaria, porque me ayuda a explicar un poquito más sobre cómo funcionan nuestras emociones. Un mito muy difundido es el de la existencia de un “campo emocional”, como si fuese un campo electromagnético. Te digo, humor mediante, que las ecuaciones de física de los campos electromagnéticos en el espacio son bastante complejas, de por cierto.

No hay ninguna evidencia científica que pruebe que las emociones existan en el espacio vacío, ni siquiera en el espacio entre nosotros por más que esté lleno de aire -o de agua, si estamos en una pileta de verano. Y menos que menos hay ecuaciones diferenciales, como las electromagnéticas, que puedan explicarlas.

Por otro lado, sí, tenemos absolutamente todas las evidencias que demuestran que las emociones están dentro de nosotros, provocadas por cambios fisiológicos en nuestro cuerpo y por las órdenes de los sistemas y programas ejecutados en el cerebro. Estos programas requieren de un sustento para funcionar: neuronas y neurotransmisores. Así que sí, efectivamente se alteran las emociones durante las vacaciones. Pero conviene decir que se alteran a través de los recursos internos de nuestro cuerpo, y no a través de ningún “campo” virtual.

Si a lo largo del año vivimos estresados y sobreestimulados, tendremos hormonas del estrés en el torrente sanguíneo como adrenalina, noradrenalina y glucocorticoides. Por el contrario, en una situación vacacional nuestro cerebro segrega serotonina y endorfinas, responsables de la sensación de bienestar. La tónica química provoca cambios efectivos en el procesamiento entero de circuitos de neuronas. Por eso, cuando estamos de vacaciones, los problemas del año suelen parecernos ridículamente pequeños y no podemos creer cómo nosotros mismos nos hicimos tanta masita mental con ciertos temas. Por otra parte, cuando el cerebro estaba bajo presión, su química lo llevaba a interpretar amenazas por todos lados y así perdía performance.

Gracias a que en un intervalo de varios días de descanso nuestro cuerpo comienza a recuperarse del estrés, nuestro cerebro se embebe de una química diferente y promueve los procesos que se encienden cuando uno no está a la ‘defensiva’.

El Sistema Nervioso Autónomo (SNA) tiene su director técnico en el cerebro, una estructura llamada hipotálamo, la cual comanda una especie de perilla ON-OFF. Cuando el SNA advierte exigencias de estrés continuadas, acelera el ritmo cardíaco, dilata las pupilas y prepara a los músculos del cuerpo para la acción vigorosa, como si tuvieras que escapar de un tigre o pelear por tu vida (de hecho, ese es precisamente el origen de este mecanismo ganado con la evolución). En simultáneo, desactiva la digestión, la salivación y la actividad de los genitales. Tiene sentido, ¿no? Si se está incendiando el departamento, conviene preservar para más tarde la energía para digerir el asado y reproducirse, e invertirla en salir de estampida.

Lo mismo, pero al revés, sucede cuando uno está en calma. La fisiología de nuestro cuerpo en vacaciones queda más propensa para sentir deseo sexual, e incluso la química de nuestro cerebro queda más propensa para interpretar afecto y promover vínculos románticos. Esa es la razón por la cual fértilmente pueden aparecer amores de verano.

Claro, luego del romance en la costa, cada uno vuelve a su rutina habitual y ya el modo de operación cerebral vuelve a ser el de siempre. Las experiencias afectivas no se sienten como en el verano y el día a día exige atención sobre cuestiones que apartan aquella experiencia, e incluso apartan el deseo de repetirla.


Con todo esto comprenderás que nuestro cerebro necesita vacaciones más frecuentemente. Hay que despejarse más de una vez al año. Más aún, otra vez a partir del conocimiento de cómo funciona nuestro cerebro y sus emociones, es posible sugerir que se instrumenten cambios en determinadas regulaciones laborales.

Dos cortes vacacionales de 15 días corridos en el año harían una gran diferencia para empleados que hoy día están regidos por leyes que lejos están de contemplar esto. Actualmente, a sus 10 días hábiles de vacaciones correspondientes, los empleados en relación de dependencia sólo pueden sumar una semana más de descanso si pasan el umbral de los cinco años en una misma empresa. Esto no se condice con la dinámica contemporánea del mercado laboral, en el que ya es habitual que alguien cambie de trabajo entre los 3 y los 5 años de antigüedad. ¡Y ni siquiera se contempla el acumulado de décadas de trabajo anterior!

Neurociencia al servicio de la sociedad, digamos, que nos permite entender mejor cómo actualizar nuestras leyes e instrumentos de convivencia y bienestar. 

*Federico Fros Campelo es Ingeniero Industrial e investigador de los procesos cerebrales de las decisiones, las emociones y el consumo.(El presente ensayo es una cortesía, fragmento de su último libro, Somos lo que Sentimos – El ser humano pensante y emocional).


Autor de varios libros, entre ellos El Cerebro del Consumo - ¿qué nos venden y por qué compramos?; Mapas Emocionales, declarado de Interés Científico de la Ciudad de Buenos Aires.
Es Consultor en empresas en cuestiones organizacionales y en estrategia comercial, y speaker internacional.
@froscampelo
www.froscampelo.com


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