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Opinión

Vivir sin aire...

Por Alejandro Fidias Fabri

Hoy sufrimos pensando en cómo vivir sin aire, cómo vivir tratando de afrontar los pagos de alquileres, de expensas, de luz, de gas, de comida, etc. Y en este mundo es la política llevada a religión la que intenta dar una respuesta: trata de poner el Paraíso imaginario en ésta, nuestra vida real. El Libro Sagrado de esta religión lo conforman las promesas de campaña: ¨Habrá ciudadanos felices”, “No habrá deudas”, “Aquél que robó irá preso”, “Habrá una justicia justa”, “Habrá pobreza cero”, etc. Y comprar estas promesas equivale a tomar la Primera Comunión: acompañados por nuestros padres damos fe de un constructo mentiroso. Y luego sobreviene la Confirmación, el refrendar que seguimos creyendo en este engañoso discurso. ¿Por qué hacemos esto? Porque, así como no podemos vivir sin aire, tampoco podemos vivir sin ideales trascendentales, sin la idea de que la especie humana pueda lograr algo mejor de la vida. Pero extrañamente depositamos estos deseos en las autoridades políticas, no en nuestras propias acciones diarias.

Y es así que compramos un imaginario e improbable escenario: el país se está convirtiendo en un país ético, honesto y justo. O sea, vivimos sumergidos en la injusticia pensado que nos dirigimos hacia el mundo de los justos. De ciudadanos votantes hemos sido transformados en creyentes religiosos de una fe. ¿Acaso será un mundo de los justos aquél en el cual está naturalizado que los políticos que nos guían disfrutan de una calidad de vida que nos es vedada a nosotros? ¿Habrán sido tan hábiles e inmorales que han sabido secularizar el modelo de la Iglesia: pastores ricos y acomodados que guían a ovejas empobrecidas material y espiritualmente? 

Bien, pareciera ser que para el pensamiento ovino, un mundo pleno de oportunidades tiene que ser reducido a una estructura binaria: tengo que ser “un ser rentable y emprendedor” bajo un Estado del “sálvese quien pueda, pero parezcamos honestos aunque haya personas que pasen hambre” o, tengo que ser “un ser infantilizado” bajo un Estado “protector” que nos dice que somos sujetos de derecho pero no sujetos de deber, mientras también habrá personas que pasen hambre, y su verdadero y diabólico objetivo es robar sumas inimaginables de nuestros futuros. 

Hoy por hoy, con causa, escucho a muchos conciudadanos reclamar por la situación que estamos atravesando. Y lamentablemente también escucho a muchos otros decir que prefieren tener gobernantes que roben pero que le den un poco de ilusión de felicidad al pueblo. Y quizá aquí esté el pensamiento ovino: un pastor que habla de un mundo justo mientras representa la injusticia nunca te va a liberar de ser oveja; y otro pastor que supuestamente defiende causas sociales mientras roba los futuros, tampoco.

En una suerte de facilismo buscamos afuera lo que está adentro nuestro. Y mi respuesta personal es que las puertas del Paraíso están en nuestra conciencia moral. Y el Paraíso está en una comunidad de personas que nos hayamos atrevido a atravesar esas puertas, que no estemos conformes con lo que vemos y vivimos, y que nos sintamos agentes de cambio, cada uno en su vida cotidiana y con los seres que lo rodean. Esa mirada a nuestra propia y común ley moral nos ayudará a la coherencia humana de alinear pensamiento, palabra y acción. Podría no molestarme el hecho de que un gobierno se endeude, en tanto y en cuanto lo haga con un determinado plan de país para todos los ciudadanos. Cuando el plan posible parece ser solo el de sobrevivir, ahí si me molesta. Puede dolerme que un gobierno robe, pero me dolería menos si sintiera que hay una justicia justa que lo haga terminar en la cárcel. Sí me molesta escuchar a personas que digan con absoluta libertad y complacencia algo tan atroz como “roban, pero hacen”. No comprendo cómo no llegan a entender que cuando roban están robando el presente y el futuro de un país serio. Y este “a mí no me importa si robaron” lo he escuchado de personas que respetaba. Ya no me pregunto más en qué principios basarán sus profesiones y sus vidas, con qué cara le dirán esto a sus hijos.

¿Qué nos queda por hacer? Repensar el sistema imperante, repensar cuál es nuestro lugar individual dentro de este sistema y cuáles son nuestras propias acciones morales; y no esperar recibir de algún gobernante lo que nosotros mismos, como miembros de una especie superior, no sabemos encontrar. El estar atentos a “vivir sin aire” en el sentido de llevar al límite nuestras capacidades intelectuales, éticas y emocionales para lograr una verdadera comunidad.

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