Newsletter Semanal equipo bulat

Opinión

Sergio Berensztein

Problemas de coordinación

Lo que debería ser normal, una rutina habitual e institucionalizada, en la Argentina constituye una excepción: comenzó una transición considerada "ejemplar" entre dos gobiernos de diferentes signos políticos por el solo hecho de mantener las formas y sonreír en las fotos. Y no solo a nivel nacional, sino también en la provincia de Buenos Aires y hasta en el Senado. De este modo, equipos de trabajo con orientaciones e identificaciones partidarias opuestas compartirán información, identificarán prioridades e intentarán que no se produzcan baches ni discontinuidad en el manejo de cuestiones fundamentales para el interés general. Bienvenido sea este proceso casi inédito: se trata de un avance destacable en virtud de la profunda disfuncionalidad de nuestro entramado político. Pero cuidado: al margen de las formas, resulta esencial priorizar los contenidos, las decisiones críticas que deben tomarse en el contexto de una enorme complejidad, sobre todo en materia económica. Es cierto que tampoco hubo tantas oportunidades para que tuviéramos pasajes ordenados: desde el regreso a la democracia, en 1983, esta peculiar circunstancia de alternancia en el poder se dio solamente en tres oportunidades: cuando Carlos Menem sucedió a Raúl Alfonsín, con un final precipitado y caótico; en el traspaso de Menem a Fernando de la Rúa, que se desarrolló sin mayores inconvenientes (aunque sin que se aprobara el presupuesto), y la más reciente (y la peor de todas), cuando Cristina Fernández de Kirchner se encaprichó en 2015 y no quiso entregar la banda presidencial.

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Alejandro Catz

La Argentina azul y amarilla

Hace ya algunos años Carlos Gervasoni, profesor de ciencia política, insiste en que el voto peronista se va trasladando del centro del país a las periferias: las provincias del norte y del sur, y los conurbanos de las grandes ciudades. El resultado de la elección presidencial de 2011, en la que el peronismo, bajo el nombre de Frente para la Victoria, obtuvo el 54% de los votos (y ganó, por ejemplo, en 11 de las 15 comunas de la ciudad de Buenos Aires) fue más bien una anomalía que una torsión de aquella tendencia: todas las elecciones nacionales y legislativas desde entonces confirman la tesis de Gervasoni, que queda refrendada por los resultados del domingo pasado: un país azul (Frente de Todos) atravesado, en su zona central, por la franja amarilla que identifica a Juntos por el Cambio. Contra la propensión argentina a pensarnos en términos particularistas, y al deseo de encontrar, en la virtud y en el defecto, los rasgos de la excepcionalidad argentina, el mapa que resulta de las elecciones del domingo no es tan extraño en el mapamundi de las democracias occidentales: las regiones más ricas, cuyas economías exigen más conocimiento y agregan más valor a sus productos y servicios, en las cuales la población tiene un nivel educativo medio mayor y que están más habituadas a interactuar con el exterior, tanto comercial como culturalmente, diferencian su voto de las otras regiones, aquellas con economías de menor valor agregado, con menor nivel educativo y más apegadas a la cultura y las tradiciones locales. También, claro, hay rasgos locales: la democracia en los distritos en ...

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Especial de la Semana

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