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Opinión

Daniel Filmus

Ningún gobierno de la democracia se atrevió a ajustar tanto en educación

De aprobarse el proyecto de presupuesto enviado por el Gobierno Nacional al Congreso, se estaría consumando el ajuste más grande de las últimas décadas sobre el sistema educativo. Ningún gobierno de la democracia se atrevió a tanto. La inversión nacional en educación y cultura viene cayendo hace tres años, aunque este nuevo presupuesto, redactado de acuerdo con las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI), agrava el recorte. En el año 2015 significó el 1,66% del PBI. Para el 2019 el Gobierno propone invertir solo el 1,25 por ciento. Como se trata de un PBI más pequeño por el achicamiento de la economía nacional en tres de los cuatro años de Gobierno de Cambiemos, es posible afirmar que se le otorga a la educación y a la cultura una porción menor de una torta más chica. Lo más grave de la situación es que, a pesar de prever una inflación mayor al 40% en el 2018 y, según la estimación oficial, del (poco creíble) 23% para el 2019, los recursos destinados a la educación inicial, primaria, media y superior no universitaria para el próximo año, aun en valores nominales, son menores. Sin incluir los recursos destinados a las universidades, el Gobierno nacional ha propuesto disminuir la inversión en programas educativos de 67 mil a 54 mil millones de pesos. Es decir, a pesar de la inflación pasada y futura, los recursos caen un 18,9 por ciento. Si tomamos en cuenta la variación de los precios, el presupuesto de estos programas disminuye, entre el 2018 y el 2019, el 39,9 por ciento.

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Sergio Sinay

La peluquera, la promesa y la confianza

Si tomamos al dinero como algo tangible, igual que el oro o la plata, y, como ellos, escaso, terminamos en donde hoy estamos y en donde cíclicamente caemos. Austeridad. Agua y ajo. Eso asegura Ann Pettifor, directora del Policy Research in Macroeconomics (PRIME) y profesora honoraria de la City University de Londres. Sudafricana, y radicada en Inglaterra, es autora de un libro contundente y didáctico (La producción del dinero: cómo acabar con el poder de los bancos) y némesis de los economistas clásicos y ortodoxos, a quienes considera ignorantes en cuestiones financieras y monetarias. El dinero es una promesa de pago, explica Pettifor. Con la tarjeta de crédito no intercambiamos dinero por producto o servicio, sino que al mostrarla le decimos al vendedor que tenemos un acuerdo con un banco y que, por lo tanto, somos confiables. Antes nos comprometemos con el banco a pagar por un monto acordado. En todo el proceso nadie ve un billete ni una moneda. Constantemente se crea dinero de la nada, señala esta economista, asesora del Partido Laborista inglés. Así ocurre con los préstamos, que se depositan en cuentas y se usan desde allí. El dinero es, entonces, una abstracción hecha de promesas de pagar y confianza en ellas. Quedan asentadas en computadoras. Nada tangible. Alguien debe regular esa relación entre promesa y confianza, dice Pettifor. Por eso el sistema financiero no puede quedar librado a la buena de Dios.

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