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Opinión

Alejandro Fidias Fabri

La (no) estetización de la pobreza

En el 2015 fui invitado por la curadora Nora Dobarro a participar de una muestra colectiva titulada “Calle”. El motivo de la muestra fue expuesto por Nora con las siguientes palabras: “…de la calle aprendo la diferencia, me uno a lo colectivo, pertenezco”. En esa muestra expuse un díptico titulado “Contenedores urbanos”. Un año después el díptico fue seleccionado para ser expuesto en el 93° Salón de Mayo en el Salón Nacional de Santa Fe. Si nos retrotraemos al 2015, el díptico exhibía una imagen inquietante, exhibía el vínculo entre personas desechadas y los contenedores de basura de la Ciudad de Buenos Aires. Ponía luz al producto indeseable de una ciudad “emprendedora”.  Con esas pinturas intenté capturar una experiencia que ocurría en la calle, que era parte de nuestra identidad, pero que de alguna manera el grueso de la sociedad, impulsado por el Gobierno, pretendía esconder bajo la alfombra. Mi intensión no fue la de estetizar la pobreza sino la de exhibir las diferencias que había en el espacio “calle”. Diferencias que, por un lado, nos conforman como sociedad y, por otro lado, nos interpelan como sociedad. Los comentarios que recibí en aquel momento giraron en torno al impacto emocional que producía ese personaje porteño asomado por la mirilla del contenedor de basura, mirando estupefacto al mundo que lo hacía situar en ese indeseado lugar periférico. Mi sorpresa fue mayor cuando una de esas obras denunciantes fue comprada por alguien. Esa obra se titulaba “La mirada mirada”. Y tenía que ver con el ser mirado por el otro de...

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Patricia Faur

Prisioneros del Pasado: de memorias y olvidos

Algunas personas quedan ancladas a su pasado con un estado de melancolía que los paraliza. Un trauma que no se pudo elaborar, la mirada puesta en las pérdidas, un viejo amor idealizado, antiguos miedos que no se superan, mandatos que te condenan. Otras, remontan sus heridas y reescriben sus vidas. Una escena que se repite en tu cabeza, un aroma, una voz, un nombre. Retazos de vida que dan vueltas por tu alma y despiertan tus emociones. Preferirías olvidar algunos, repetir otros. Pero allí están, vuelven, insisten. Y algunas heridas no cierran: abandonos, abusos, peleas, pérdidas. Quienes crecieron en familias disfuncionales viven con una vergüenza que no les pertenece. Se hacen cargo de la vergüenza que otros debieron haber sentido. Y así viven, tratando de ocultarse de sí mismos. ¿Qué vamos a hacer con esas heridas? ¿Vamos a permitir que nos atormenten toda la vida? Porque no se trata de decir “¡basta!” y que desaparezcan, eso no ocurre. Por el contrario, ya sabemos desde el principio del Psicoanálisis que es necesario recordar para no repetir. La posibilidad de ponerle palabras a una historia de angustia es lo que permite elaborar y procesar un recuerdo para que se olvide, o bien para que se recuerde de un modo menos doloroso. Hay distintas memorias. La memoria del trauma es una memoria sin palabras, es la memoria de la angustia, del dolor lacerante, la que no se puede contar. Por eso no se puede olvidar.

Las heridas infantiles que no se olvidan llevan, muchas veces, a repetir ese dolor en el presente. 

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Especial de la Semana

Análisis Semanal